Mi Jaula de Sombras Capítulo 36 Cenizas al Viento #2
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Capítulo 36 Cenizas al Viento #2

En la pantalla apareció una barra de progreso que avanzó con lentitud metódica, fragmento a fragmento, mientras el transmisor emitía un zumbido apenas perceptible contra la carcasa plástica.

Nos quedamos inmóviles, viendo cómo el porcentaje subía: cuarenta por ciento... sesenta y cinco... ochenta y ocho...

A las seis y dieciocho de la mañana, un pitido doble confirmó la recepción completa en los servidores seguros de Madrid.

El paquete de datos estaba en manos de Ramos; en cuestión de horas, los autos judiciales tramitados en la Audiencia Nacional declararían la extinción de la responsabilidad penal de Torres por fallecimiento, el sobreseimiento libre de cualquier sospecha sobre Valeria y el cierre formal del caso.

Desconecté el cable. Coloqué el teléfono satelital sobre una piedra volcánica de aristas vivas, levanté la bota derecha y descargué el talón con todo el peso de mi cuerpo.

La carcasa crujió con un chasquido seco; la pantalla se fragmentó en mil astillas oscuras y los circuitos de la placa base quedaron convertidos en virutas aplastadas contra el basalto.

—Falta lo nuestro —dijo Valeria en un susurro.

Señaló la mochila de lona que descansaba junto al pedestal del moái.

Caminé hacia ella y vacié el contenido sobre una repisa de piedra resguardada del viento: los pasaportes falsificados que habíamos usado para cruzar la frontera entre España y Portugal, las libretas con anotaciones a mano sobre las rutas de navegación, los recibos de combustible de Valparaíso y las tarjetas de embarque del carguero.

Documentos que llevaban impresos nombres que ya no nos pertenecían y que ataban nuestro pasado a una persecución que acababa de extinguirse.

Me arrodillé en la oquedad natural de la toba, donde las corrientes marinas no alcanzaban el fondo. Apilé los papeles, los cuadernos y las piezas de plástico de las tarjetas bancarias.

Valeria se inclinó a mi lado, sacó del bolsillo la caja de cerillas de madera que conservábamos desde el puerto y encendió una de ellas contra el raspador. La llama brotó con un chasquido vivo, amarilla y luminosa en la semioscuridad que todavía cubría la base de la plataforma.

Acercó el fuego a la esquina de mi viejo pasaporte con el alias portugués.

El papel prendió al instante. El fuego avanzó voraz sobre la celulosa, curvando las tapas de plástico y devorando los sellos de aduanas, las fotografías y los nombres ficticios que nos habían servido de escudo durante meses de fuga.

Una columna de humo gris y denso se elevó hacia el cielo abierto, desprendiendo un olor acre a tinta chamuscada y barniz sintético.

Nos quedamos mirando cómo las llamas reducían a ceniza cada vestigio de la cacería. Los rostros de papel se retorcieron en el fondo de la oquedad, quebrándose en láminas negras que el calor transformó en polvo mineral.

Valeria apoyó el hombro contra el mío. Noté el latido sereno de su pulso a través de la tela de nuestras ropas; la respiración contenida que la había acompañado desde la noche en que irrumpí en su taller de la calle Claudio Coello parecía haberse disuelto al fin en el aire puro de la isla.

—Cuesta creer que quepa todo en un puñado de cenizas —murmuró ella, con la mirada fija en las brasas que se apagaban lentamente.

—Todo lo que necesitaban para encontrarnos está ahí dentro —respondí, pasando el brazo derecho sobre su espalda para cobijarla del viento frío que subía del mar—. A partir de este minuto, Silva y Soto solo son dos nombres en un archivo cerrado en Madrid.

El viento del este sopló con renovada fuerza entre las esculturas ceremoniales.

Una ráfaga limpia penetró en la oquedad volcánica, levantó las cenizas negras en un remolino veloz y las dispersó sobre la hierba de Ahu Tongariki, arrastrándolas hacia los acantilados hasta disolverlas en la inmensidad del océano.

No quedó nada sobre la piedra.

Me puse en pie y ayudé a Valeria a incorporarse, sosteniéndola firmemente por la cintura para evitar cualquier torsión brusca sobre el flanco herido.

Ella asintió con una leve inclinación de cabeza, indicándome que el dolor del vendaje era manejable mientras mantuviéramos un ritmo de marcha constante.

Miré hacia el sendero que serpenteaba a lo largo de la costa norte.

—Debemos movernos ya —dije, ajustándome la correa de la mochila al hombro bueno—.

Los disparos habrán resonado en las laderas del Poike.

Es cuestión de tiempo que algún pescador o los guardaparques de Conaf den aviso a los carabineros en Hanga Roa.

La capitanía de puerto de la Armada chilena tardará menos de dos horas en despachar una patrulla hacia este sector.

—¿La cala sigue despejada? —preguntó ella.

—Dejamos la lancha neumática fondeada en la ensenada de Hanga Nui, a cuatrocientos metros tras el saliente de lava. Con la marea baja podremos doblar la punta sin ser vistos desde la pista principal y navegar pegados a la rompiente hasta la ensenada de Tahai.

Emprendimos la marcha a paso medido, dejando atrás la explanada ceremonial y los quince colosos de basalto que montaban guardia eterna de espaldas al mar.

Descendimos con cautela por la senda de tierra rojiza, sorteando bloques desprendidos de toba y helechos silvestres hasta alcanzar la cala protegida.

La lancha cabeceaba suavemente sobre las aguas oscuras de la ensenada.

Ayudé a Valeria a acomodarse en la bancada central, solté el cabo de amarre fijado a un saliente de roca negra y empujé la quilla hacia aguas más profundas antes de subir a bordo.

El motor fueraborda arrancó con un ronquido sordo y uniforme.

Maniobré despacio entre los arrecifes volcánicos, dejando a estribor las rompientes bravas de la costa este.

El mar abierto nos recibió con un oleaje largo y tendido que meció el bote con regularidad mientras doblábamos el cabo meridional de la isla.

El sol de la mañana terminaba de inundar Rapa Nui con una luz dorada y limpia, recortando los perfiles de los antiguos volcanes contra un cielo despejado.

Valeria apoyó la cabeza en mi hombro, con la mirada perdida en la estela blanca que se desvanecía sobre el agua azul profundo.

No volvimos la vista atrás ni una sola vez. Al final del trayecto costero, en la ladera verde de Tahai frente al océano infinito, nos esperaba una cabaña de madera curtida por la sal y una vida entera por estrenar.