Mi Jaula de Sombras Capítulo 34 Bajo los Gigantes de Piedra #2
91%

Capítulo 34 Bajo los Gigantes de Piedra #2

Desde la base ceremonial de Ahu Tongariki sonaron dos detonaciones firmes y espaciadas.

Pum. Pum.

Valeria no intentaba abatir al francotirador a ciento veinte metros con su pistola corta en mitad de la noche; aplicaba una maniobra de distracción calculada.

Sus proyectiles impactaron en la saliente rocosa situada a un palmo sobre la cabeza del mercenario, arrojando una cascada de gravilla y astillas de basalto sobre las lentes de su mira telescópica.

El hombre levantó el rostro instintivamente para limpiar el visor con la manga.

Esa fracción de segundo fue todo el margen que necesité.

Emergí desde el foso de la escultura, apoyé la culata retráctil del MP5 contra mi hombro bueno —cuidando de no forzar la articulación lesionada— y solté una ráfaga de cuatro disparos hacia la repisa del volcán.

Los primeros dos plomos reventaron la culata sintética del rifle enemigo; los dos siguientes atravesaron el cuello y el tórax del tirador por encima de las placas de protección.

El impacto despidió el arma de sus manos; el cuerpo resbaló por la pendiente empapada hasta quedar inmóvil entre los helechos de la cantera, con los ojos vidriosos fijos en el cielo ceniciento.

Me acerqué al cuerpo con el cañón bajo, comprobé la ausencia de signos vitales en el pulso de la muñeca y desarmé el rifle arrojando el cerrojo hacia las grietas profundas del cráter. Del cinturón del tirador descolgué una radio portátil de frecuencia cerrada.

A través del altavoz en miniatura se filtró una voz entrecortada por la estática:

—Puesto uno abatido. Puesto dos no responde. Torres a equipo tres: cierren el cerco sobre la plataforma de inmediato. Silva está herido en la pierna, no puede sostener una carrera larga. Mátenlo a él y capturen a la mujer viva. El cuadro tiene que aparecer.

Reconocí el timbre arrogante y desesperado de Antonio Torres.

El banquero que había movido millones en cuentas opacas desde Zúrich y orquestado ejecuciones sumarias en despachos de Madrid se encontraba ahora a menos de doscientos metros, escondido en el fango de la isla más remota del planeta, viendo cómo su última línea de defensa se desintegraba en la oscuridad.

No contesté. Apagué el transmisor. Arranqué la batería y la tiré al lodazal.

Descendí por la ladera de Rano Raraku a paso vivo, amortiguando la bajada para no sobrecargar el tendón de la pierna herida.

Al llegar a la explanada ceremonial, me deslicé entre los pedestales hasta encontrar a Valeria resguardada tras el sexto coloso.

Tenía las manos manchadas de tierra negra y hollín, pero sus ojos oscuros brillaban con una determinación serena y fría.

—Dos tiradores menos —le informé en un susurro, entregándole dos cargadores del subfusil que había recuperado en la cantera—. El francotirador de la ladera y el explorador de los pukao están neutralizados.

Valeria encajó los cargadores en los bolsillos de su abrigo con movimientos metódicos.

—Quedan dos contratistas en el flanco del acantilado y Torres cubriéndose en las zanjas de drenaje —dijo, señalando con el mentón hacia la línea donde la plataforma de piedra se unía con el pasto costero—.

Escuché voces hace un minuto. Se están reorganizando para lanzar granadas y barrer este pasillo.

—No les daremos tiempo de armar los seguros.

—¿Cuál es la maniobra?

—Movimiento envolvente —le expliqué, trazando una línea invisible con el cañón sobre el suelo de grava—.

Tú mantienes la posición en este pedestal y abres fuego de supresión a ráfagas cortas sobre el muro de contención este.

Eso los obligará a agachar la cabeza y buscar refugio en el lecho del canal.

Yo entraré por detrás aprovechando el desnivel del mar y los cazaré en el cruce.

Valeria me miró fijamente durante dos segundos. Extendió la mano y me ajustó con firmeza la correa del subfusil sobre el pecho.

—No te expongas innecesariamente, Silva. Ese hombro no aguantará un cuerpo a cuerpo prolongado si te sorprenden dos a la vez.

—No habrá cuerpo a cuerpo. Tres segundos después de tu primera ráfaga, salgo.

—Cuenta con ello.

Me deslicé hacia el borde sur de la plataforma, saltando con suavidad sobre las losas húmedas de basalto hasta alcanzar la rompiente del acantilado.

El rocío helado de las olas me empapó la cara por completo.

El rugido del Pacífico ahogaba cualquier fricción de mis ropas mientras avanzaba pegado a las rocas negras que delimitaban el perímetro ceremonial.

A doce metros de mi posición, dos hombres con cascos balísticos y fusiles HK416 se encontraban agachados tras el murete de contención. Uno de ellos extraía una granada de fragmentación de su chaleco, preparando la anilla para lanzarla por encima del tercer moái.

En ese instante exacto, el subfusil de Valeria comenzó a escupir plomo desde la hilera de gigantes.

Ta-ta-ta. Ta-ta-ta.

Las ráfagas cortas y disciplinadas de Valeria impactaron contra el borde superior del muro de basalto.

Las esquirlas de piedra saltaron como metralla ardiente sobre los cascos de los dos mercenarios, desorientándolos por completo y forzando al que sostenía la granada a meter el artefacto de nuevo bajo su arnés para no detonarlo entre sus propios pies.

Salí de la sombra del acantilado con el MP5 encarado a la altura del hombro.

El primer contratista intentó girar el cañón largo de su fusil hacia mi flanco, pero la inercia del arma pesada jugó en su contra.

Apreté el disparador dos veces.

Los proyectiles impactaron en la unión lateral de su chaleco antibalas, perforando la zona desprotegida bajo la axila. El hombre se desplomó de costado sobre las lajas empapadas, soltando el fusil con un estertor apagado.

El segundo sicario reaccionó arrojándose de espaldas hacia una hendidura entre dos bloques caídos de toba, soltando una ráfaga automática desesperada que barrió el aire a la altura de mi cintura.

Me lancé en plancha sobre el pastizal húmedo, rodando sobre el hombro derecho para absorber el golpe mientras las balas enemigas perforaban la tierra a escasos centímetros de mis piernas.

El mercenario agotó los treinta cartuchos de su cargador en un solo barrido continuo. El cerrojo de su arma quedó trabado atrás con un chasquido metálico hueco.

Antes de que sus dedos alcanzaran el repuesto en el cinto, me incorporé sobre una rodilla, alineé los puntos de mira en el centro de su masa corporal y disparé un único proyectil certero.

El hombre cayó de bruces contra la toba volcánica, inmóvil.

El eco de los disparos se apagó de golpe en la inmensidad de la llanura.

Solo quedó el silbido constante del viento del Pacífico colándose entre las quince moles de piedra de Ahu Tongariki y el rumor distante del mar reventando contra la costa negra.

Me puse en pie despacio, respirando hondo para calmar el ritmo cardíaco mientras el dolor del muslo y del hombro remitía a una punzada sorda y controlada. Tras sustituir el cargador semivacío por el último peine de doce proyectiles, avancé con paso cauto hacia el centro de la plataforma.

Valeria emergió de la sombra del sexto coloso, con el arma baja y la mirada clavada en la bruma matinal que comenzaba a disiparse sobre los pastos.

—Cuatro tiradores neutralizados —dije al llegar a su altura, recorriendo con la vista el perímetro despejado—. Toda la escolta armada de Torres está fuera de juego.

Valeria contempló los cuerpos caídos entre la hierba y la piedra, antes de girar la cabeza hacia la vasta llanura que descendía hacia los canales de drenaje cubiertos de helechos.

—Torres sigue vivo —afirmó con voz serena, sin apartar la mirada del fango—. Y está escondido en algún punto de esas zanjas.

—Sabe que no tiene escapatoria —respondí, asegurando el agarre de mi arma—. La niebla se está levantando y el amanecer nos dará visibilidad completa sobre la explanada.

La luz dorada del alba comenzaba a teñir las cabezas de piedra de los gigantes de Ahu Tongariki, proyectando sus inmensas sombras hacia el océano.

La cacería que nos había arrastrado desde las galerías oscuras de Madrid y los muelles de Lisboa hasta el confín más remoto de la tierra estaba a punto de resolverse en el barro de Rapa Nui.

—Vamos a terminar con esto, Valeria —le dije en voz baja, avanzando juntos hacia la llanura—. Hasta el final.