Capítulo 34 Bajo los Gigantes de Piedra
El salitre del Pacífico se mezclaba con el humo acre del propulsor y el barro volcánico removido por los fogonazos.
En Rapa Nui, la noche no concedía términos medios: cuando la niebla bajaba desde la ladera del volcán Rano Raraku, la oscuridad borraba cualquier referencia visual, calando la ropa mientras el estampido del oleaje reventaba contra los acantilados de basalto.
Frente a nosotros, a menos de setenta metros, los quince colosos de Ahu Tongariki recortaban sus perfiles macizos contra un cielo plomizo que aún tardaría cerca de una hora en clarear.
Me pegué contra la toba lapilli del tercer pedestal ceremonial, sintiendo la humedad helada de la piedra filtrarse a través del tejido empapado de mi cazadora.
Apoyé el peso del cuerpo sobre la pierna sana, aliviando la tensión del muslo castigado durante la huida por la estepa patagónica, cuyas fibras protestaban con una punzada sorda a cada flexión.
La vieja herida del hombro respondía con una rigidez fría que me obligaba a cerrar el ángulo del codo y estabilizar el armazón de la pistola contra el pecho.
Años de operaciones especiales me habían grabado una regla elemental en los huesos: jamás se lucha contra las secuelas del propio cuerpo; se compensa el retroceso con el brazo dominante y se ajusta el ángulo de tiro a la estabilidad real de los apoyos.
A cuatro metros a mi izquierda, resguardada en el ángulo ciego de la plataforma, Valeria permanecía en cuclillas.
Tenía la respiración controlada mediante inhalaciones breves por la nariz, regulando el fuelle del pecho para que el vaho no formara columnas visibles en la penumbra.
Sostenía la pistola con ambas manos, los dedos firmes sobre la empuñadura sintética y los codos apoyados sobre las rodillas para fijar la puntería.
No había rastro de temblor en sus brazos; solo esa fijeza analítica y concentrada que utilizaba en su taller de restauración cuando examinaba el craquelado de una tabla del siglo XVI antes de aplicar el solvente.
—Se despliegan en abanico —le susurré, sin desviar los ojos del pastizal bajo que se extendía hacia la cantera—. Dos avanzan por el cauce de la zanja central, uno busca cota en la ladera del volcán y el cuarto cubre la retirada hacia la pista de tierra.
Valeria modificó la posición de sus botas sobre la grava sin levantar un solo guijarro.
—El que sube por la ladera de Rano Raraku busca la línea de tiro sobre la parte trasera de los pedestales —respondió ella con un hilo de voz que apenas se distinguía del viento marino—. Desde esa altura, este bloque de toba no nos cubrirá la espalda si el día empieza a abrir.
—No va a tener tiempo de fijar la posición.
Quédate pegada a esta arista. La toba de este moái tiene más de dos metros de espesor; absorbe cualquier proyectil de calibre intermedio sin fragmentarse.
Si observas destellos en el sector norte, sueltas dos disparos de contención hacia la base del terraplén y cambias de ángulo de inmediato.
Jamás dispares dos veces desde el mismo resquicio.
—Entendido. Muévete antes de que ganen la elevación.
Deslicé la corredera de mi nueve milímetros un centímetro hacia atrás para comprobar la recámara.
El extractor retenía el latón de un cartucho sin percutir; el cargador alojaba once proyectiles en el depósito.
En el bolsillo lateral de mi pantalón llevaba un segundo cargador completo con doce disparos.
Era una dotación escasa frente a un grupo de contratistas equipados con fusiles de asalto y visores nocturnos, pero en la guerra de guerrillas sobre terreno abierto la ventaja no pertenecía a quien saturaba el aire de plomo, sino a quien leía el relieve del terreno con mayor frialdad y obligaba al adversario a moverse a contratiempo.
Me descolgué hacia el lecho de una antigua acequia ceremonial que discurría paralela a la plataforma de piedra.
El agua acumulada por las tormentas del Pacífico cubría el fondo de lodo negro, amortiguando las pisadas de mis botas.
Avancé con el torso inclinado a ras de tierra, manteniendo la cabeza por debajo de la línea de los helechos secos para no recortar mi figura contra el brillo tenue del mar.
El viento del sureste soplaba con rachas violentas, arrastrando partículas de ceniza y salitre que se adherían a la piel sudorosa de mi rostro.
A unos treinta metros hacia el este, entre dos grandes pukao derribados —los pesados cilindros de escoria volcánica roja que en el pasado coronaban las cabezas de las estatuas—, una silueta oscura avanzó en saltos cortos.
El mercenario vestía mono de intemperie oscuro bajo un chaleco portaplacas, con casco de perfil bajo y montura para monocular nocturno.
Portaba un subfusil compacto con silenciador, apuntando al frente mientras barría el terreno con desplazamientos laterales aprendidos en academias de seguridad privada.
El hombre se movía con soltura técnica, pero cometía una falta crítica: fiaba toda su percepción a la pantalla de fósforo verde del visor, reduciendo su campo de visión periférica a un túnel de cuarenta grados mientras ignoraba las irregularidades del fango volcánico bajo sus pies.
Esperé a que una serie de olas rompiera con violencia contra el farellón costero.
Cuando el trueno del agua y la espuma llenó por completo la noche, me incorporé desde la acequia.
Gané la distancia en zancadas rasas, absorbiendo el impacto en la planta de los pies para no golpear la roca basáltica. El contratista se detuvo junto a la curva de un pukao de escoria, levantando una mano con dos dedos extendidos para señalar la posición de Valeria al tirador de la vaguada.
No le permití completar el gesto.
Me abalancé sobre su flanco ciego con un movimiento seco.
Desvié la bocacha de su subfusil hacia la tierra húmeda con un manotazo seco, mientras mi hombro sano chocaba con violencia contra su caja torácica, despojándolo del equilibrio.
El hombre soltó un bufido ronco e intentó zafarse girando el cuerpo para extraer una hoja de combate de su arnés pectoral; trabé su muñeca derecha neutralizando la hoja antes de descargar la corredera de mi pistola directamente sobre la unión entre el cráneo y la columna, en el espacio desprotegido bajo el borde del casco.
El impacto sonó a madera crujiendo bajo una prensa.
El sicario se dobló de rodillas en el barro.
Antes de que pudiera emitir un solo quejido o golpear el suelo con el pecho, le pasé el antebrazo por debajo de la mandíbula y apliqué una estrangulación carotídea con el peso de mi cuerpo como palanca.
Sostuve la presión cinco segundos, hasta que los músculos de sus extremidades perdieron toda rigidez y su respiración se convirtió en un suspiro inerte.
Lo arrastré hacia el hueco cóncavo del cilindro de escoria roja, ocultando el cuerpo entre los matorrales.
Le retiré el subfusil MP5 con silenciador integrado, verifiqué que la recámara no estuviera obturada por el lodo y desenganché tres cargadores rectos de su arnés.
El monocular térmico del casco se había rajado durante la caída, pero el subfusil y los setenta cartuchos del nueve milímetros equilibraban el tablero de inmediato.
Un chasquido metálico y sibilante rasgó el viento a cincuenta metros por encima de mi cabeza.
El proyectil de gran calibre mordió la cresta del tercer pedestal donde se resguardaba Valeria, desprendiendo una lluvia de esquirlas ardientes y polvo de toba que el aire dispersó en espirales.
—¡Adrián! —el grito de Valeria me llegó con nitidez por encima del oleaje—. ¡Tirador en la cornisa media de Rano Raraku! ¡Está apostado entre las figuras inacabadas de la cantera!
Me pegué a la base del pukao y encaré el MP5 sobre el borde de piedra roja.
A poco más de cien metros, en la ladera del volcán donde los antiguos isleños habían abandonado cientos de esculturas a medio tallar en la roca madre, un fogonazo sordo recortó la posición del francotirador entre las rocas.
El hombre utilizaba un rifle de precisión con mira de aumentos y supresor sónico, barriendo el pasillo central que comunicaba los pedestales de Ahu Tongariki con la pista de acceso.
—¡Valeria, no asomes la cabeza! —grité, modulando la voz contra el viento—. ¡Tiene la mira fijada en la plataforma!
—¡Si me quedo aquí me rodearán por el canal este! —replicó ella desde su parapeto—. ¡Escucho pisadas en la gravilla del acantilado!
—Aguanta sesenta segundos. Voy a neutralizar la altura.
La punzada en el muslo herido me abrasó la pierna cuando me puse en movimiento, pero ignoré la quemazón concentrando cada apoyo en el lado sano.
Ascendí por la ladera inferior de Rano Raraku zigzagueando entre las figuras colosales que emergían de la tierra.
Aquel paraje era un laberinto de piedra y sombra: moáis de seis y ocho metros enterrados hasta el torso junto a bloques de toba a medio desbastar que formaban trincheras naturales en la pendiente.
El barro de la ladera resbalaba como grasa bajo las suelas de mis botas. Me impulsé con los brazos, aferrándome a las raíces de los arbustos silvestres y a las rugosidades del basalto milenario. Cada respiración me llenaba los pulmones de aire salino y polvo volcánico.
El francotirador advirtió el movimiento en su sector bajo. Giró el cañón largo del rifle hacia mi posición y disparó dos veces en cadencia rápida.
Los proyectiles perforaron la nariz de un moái semienterrado a escasos centímetros de mi hombro, levantando una nube de fragmentos pétreos que me golpearon la mejilla y la frente con fuerza de perdigones.
Me arrojé de costado hacia el foso de una escultura tumbada, encajando la espalda contra la roca viva mientras el plomo enemigo desgranaba la toba por encima de mi cabeza.
El tirador disponía del ángulo dominante, pero su atención estaba completamente absorbida por mi ascenso.