Mi Jaula de Sombras Capítulo 33 Sangre y Ceniza #2
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Capítulo 33 Sangre y Ceniza #2

El entramado de madera y paja fue destrozado en una llamarada expansiva.

La onda de choque nos proyectó contra el pavimento de basalto, expulsando el aire de mis pulmones con una violencia aplastante.

Una masa de ceniza candente, fragmentos de piedra y astillas de madera cayó sobre nuestras espaldas.

La detonación anuló mi audición durante varios instantes, sustituyendo el rugido exterior por una vibración continua en los oídos.

Tosí con aspereza, tragando partículas de hollín que me irritaron las vías respiratorias.

Adrián se levantó a mi lado con movimientos rápidos.

Un corte sangrante le marcaba la sien izquierda, donde el impacto de una esquirla le había abierto la piel; un hilo de sangre espesa descendía por su rostro hasta manchar la solapa de su abrigo.

Su arma corta yacía sepultada bajo los restos de un madero humeante en el centro de la estancia.

El techo de la cabaña había desaparecido en su totalidad; sobre el muro este, la explosión había derribado un tramo de mampostería, abriendo una brecha irregular de más de dos metros de ancho.

—¿Puedes moverte? —preguntó Adrián, con la voz tomada por el polvo en suspensión.

—Puedo —respondí, comprobando que mis dedos mantenían la presión correcta sobre la empuñadura de la pistola—. ¡Entran por la brecha!

Entre la cortina de humo surgió una silueta corpulenta. El mercenario irrumpió a través de los escombros con el subfusil alzado, dispuesto a rematar a los ocupantes antes de que pudiéramos organizar la defensa.

Adrián no retrocedió a buscar su pistola.

Aprovechó el impulso de las piernas para cargar frontalmente contra el atacante.

El choque derribó al sicario contra las piedras calcinadas del acceso.

Con el antebrazo izquierdo, Adrián desvió la boca de fuego del subfusil hacia el exterior en el momento en que una ráfaga incontrolada se perdía contra el cielo; acto seguido, asestó un golpe directo con el codo derecho contra el lateral del cuello del agresor.

El hombre soltó el arma automática con un bufido, pero recuperó la compostura con rapidez: metió la mano en el correaje lateral y extrajo un cuchillo de hoja recta.

El filo trazó un recorrido descendente en busca del pecho de Adrián.

Adrián sujetó la muñeca armada del mercenario con ambas manos a escasa distancia de su cuerpo.

La resistencia exigió que afianzara los talones contra la tierra revuelta; la sobrecarga muscular reabrió la rigidez de su antigua herida de proyectil en el hombro, dibujando en sus facciones un rictus de esfuerzo sostenido.

El sicario cargaba todo su peso hacia adelante, intentando forzar el recorrido del acero mientras la respiración entrecortada de ambos se mezclaba en el humo.

Me puse en pie sobre los cascotes calientes sin titubear.

Di dos pasos firmes entre las maderas carbonizadas, asenté las botas en el suelo y apoyé la boca de mi Heckler el cuchillo cayó sobre el lecho de cenizas y el hombre se desplomó pesadamente sobre las lajas de basalto.

Adrián empujó el cuerpo a un lado y se puso en pie, apoyándose un instante contra el muro agrietado para normalizar el pulso. Se limpió con el dorso de la manga la sangre que descendía hacia su ojo izquierdo y me dirigió un asentimiento sobrio.

—Buen trabajo —dijo, con tono áspero.

—Teníamos un reparto de tareas establecido —respondí, verificando que el cargador de mi pistola permanecía encajado en su alojamiento.

Adrián se inclinó sobre el mercenario abatido, desprendió el arnés táctico y recogió el subfusil MP5 junto con dos cargadores rectos de reserva. Accionó la palanca de montar con un movimiento seco para verificar la alimentación del cerrojo y se ajustó la correa al hombro.

—Este edificio ya no ofrece protección —indicó, señalando las fracturas verticales que cruzaban los bloques restantes de la pared—. La estructura amenaza ruina y carecemos de cubierta para protegernos de otra granada. Si permanecemos aquí, el próximo proyectil derribará el muro sobre nosotros.

—¿Cuál es la línea de escape? —pregunté, observando el exterior. El viento del sur dispersaba los últimos bancos de niebla, dejando visible la ladera de pastizal que descendía en suave pendiente hacia la costa—. La pradera no tiene obstáculos defensivos.

—Nos moveremos hacia Ahu Tongariki —respondió con voz firme, señalando hacia el este a través del boquete—.

Son cuatrocientos metros en diagonal atravesando la vaguada.

Tendremos que cruzar bajo fuego hostil, pero la plataforma de los quince moáis nos proporcionará una barrera impenetrable.

Los pedestales de toba volcánica resistirán cualquier calibre ligero.

—Tienen tiradores controlando el sector bajo de la ladera.

—Por eso utilizaremos los desniveles de la antigua acequia. Yo abriré la marcha neutralizando sus posiciones con disparos cortos. Tú avanza pegada a mi flanco izquierdo y no te detengas bajo ningún concepto, Valeria. Si uno es alcanzado, el otro continúa hasta la plataforma ceremonial.

—Llegaremos los dos —le sostuve la mirada.

—En marcha. Ahora.

Cruzamos la brecha del muro y nos lanzamos a la carrera sobre el terreno abierto.

El viento oceánico nos recibió con una ráfaga húmeda cargada de salitre.

La claridad fría del alba comenzaba a perfilar en el horizonte la silueta monumental del Ahu Tongariki: quince gigantes de piedra alineados sobre su basamento de basalto oscuro, dando la espalda a la inmensidad del océano con una solemnidad pétrea que parecía ajena a cualquier violencia humana.

Apenas habíamos avanzado cincuenta metros cuando dos proyectiles rasgaron el aire sobre nuestras cabezas con un silbido metálico.

—¡A la zanja! —ordenó Adrián, pivotando sobre el pie derecho.

El fuego de su MP5 trazó dos ráfagas precisas hacia el promontorio oriental. Los impactos levantaron tierra negra y fragmentos de roca a poca distancia del tirador que intentaba asomar el cañón, obligándolo a replegarse tras la loma.

Me arrojé al lecho de la acequia seca, resbalando sobre el fango sin soltar el arma corta. El barro helado me caló los pantalones y se adhirió a las rodillas, pero la depresión del terreno nos brindó un parapeto natural frente a la línea de tiro enemiga.

—¡El tirador del flanco sur gana altura sobre el peñasco! —advertí a Adrián mientras me reincorporaba en cuclillas.

—¡Fíjalo con dos disparos! —indicó él mientras sustituía el cargador del subfusil con un gesto coordinado—. ¡Yo aseguro el último tramo hasta los monolitos!

Me asomé por encima del borde de la zanja, apoyé los antebrazos sobre la tierra para amortiguar el retroceso y ejecuté dos disparos orientados hacia la silueta que recortaba la cima de la elevación.

El plomo arrancó esquirlas de roca a poca distancia de su posición, forzándolo a interrumpir el encare de su fusil.

Aquel instante de repliegue nos concedió el margen necesario.

Adrián superó el reborde de la hondonada y recorrió los últimos ochenta metros con zancadas firmes, dosificando ráfagas cortas para mantener a cubierto a los hostiles.

Avancé tras su estela, sintiendo la exigencia física en los músculos y el peso del lodo en el calzado, hasta alcanzar la base sur del monumento ceremonial.

Nos pegamos a la parte posterior del primer pedestal de la hilera.

El bloque de toba y basalto superaba los dos metros de espesor. Los proyectiles enemigos comenzaron a estrellarse contra la cara frontal de la piedra con detonaciones sordas que desprendían polvo mineral, pero la masa del monumento absorbió los impactos sin ceder un solo fragmento crítico.

Permanecí apoyada sobre la grava volcánica, regulando el ritmo de la respiración mientras la frialdad de la piedra se transmitía a través de mi ropa empapada. A escasa distancia, Adrián vigilaba el perímetro tras la arista del sillar, observando la llanura con atención sostenida.

—¿Cuántos efectivos conservan? —pregunté en un susurro, verificando la recámara de mi pistola.

—Tres operativos y Torres —respondió él, con un tono neutro y despojado de vacilaciones—. Saben que un asalto directo a la plataforma resultaría inviable. Tratarán de envolvernos aprovechando los ángulos muertos entre las estatuas y los canales que desaguan hacia el acantilado.

—Torres no participará en el primer escalón de asalto.

—Permanecerá resguardado en la retaguardia hasta considerar que el sector está asegurado. Es su método habitual: delegar el riesgo en terceros mientras preserva su posición.

Me apoyé contra el bloque de toba, percibiendo la rugosidad de la materia mineral bajo mis dedos. El estruendo del oleaje reventando contra los acantilados de basalto, a espaldas de la plataforma, envolvía la llanura en una cadencia constante que mitigaba cualquier rumor distante.

—El cilindro con las pruebas sigue seguro en el conducto de lava —le recordé, cruzando su mirada en la penumbra matinal—. Si resistimos en esta posición, disponemos de todo el material necesario para llevar a Torres ante la justicia internacional y clausurar su entramado de expolio.

Adrián asintió con un movimiento sobrio, afianzando el subfusil contra el torso.

—Resistiremos en esta posición, Valeria.

El viento austral aumentó su intensidad entre los quince colosos de piedra, agitando el pasto de la explanada mientras dos figuras oscuras iniciaban un avance cauteloso entre los pedestales de la línea central.