Capítulo 33 Sangre y Ceniza
El crujido de la gravilla volcánica al otro lado del muro este no duró más que una fracción de segundo, pero bastó para que la quietud dentro del recinto de piedra quedara anulada.
Adrián no realizó ningún movimiento brusco.
Descendió el centro de gravedad con una flexión pausada del cuerpo, transfiriendo la mayor parte de su masa a la pierna sana para evitar presión en el muslo magullado, y se llevó el índice a la altura de los labios.
Sus ojos, habituados a la penumbra grisácea del refugio, repasaron los tres ángulos de tiro del perímetro antes de fijarse en la abertura por donde entraba el viento helado del océano.
Me arrodillé junto al jergón de lona sin producir la menor vibración.
El suelo de la cabaña estaba formado por lajas de basalto poroso encajadas sobre tierra negra apisonada, una superficie áspera cuyas irregularidades había memorizado durante las horas de vigilia previa.
Deslicé las yemas de los dedos por la junta que separaba la tercera piedra de la base del muro.
El tacto mineral me trajo el recuerdo exacto de los sillares de caliza sin desbastar en los claustros cistercienses que restauré en Coímbra: superficies frías, porosas, capaces de absorber la humedad ambiental sin ceder un milímetro de su rigidez estructural.
Introduje la uña del pulgar en la ranura lateral y tiré hacia arriba con fuerza calculada.
La laja cedió con un chasquido seco.
Bajo la piedra, en la oquedad natural de un antiguo conducto de lava fósil, descansaba el cilindro de aluminio estanco con cierre roscado de neopreno.
En su interior se custodiaba el núcleo probatorio de toda la investigación: los duplicados en microficha de los manifiestos aduaneros de Setúbal rubricados por Duarte Santos, las actas notariales de las corporaciones instrumentales domiciliadas en Ginebra y los informes periciales donde yo había desglosado la trazabilidad del expolio patrimonial atribuido a Antonio Torres.
Había dedicado semanas a clasificar cada una de aquellas pruebas con el mismo método riguroso que aplicaba al elaborar un informe de autenticidad en el laboratorio: cotejo de tintas ferrogálicas, análisis espectral de pigmentos sobre tablas flamencas y reconstrucción cronológica de los inventarios dispersos por media Europa.
Aquellos documentos no eran simples papeles; constituían la cadena de custodia irrefutable que vinculaba las cuentas bancarias de la trama con el expolio sistemático de colecciones privadas durante décadas.
Era una documentación meticulosa, sellada dentro de dos fundas de polietileno termosellado para aislarla del salitre y de las filtraciones freáticas.
Si la choza quedaba reducida a escombros o si caíamos abatidos sobre la ladera, aquel cilindro permanecería sepultado en las entrañas basálticas de la isla, protegido del fuego y del tiempo con la misma tenacidad con que los pigmentos de tierras naturales sobreviven en la penumbra de una cripta medieval.
Volví a encajar el bloque en su hueco, cubrí las ranuras con una capa fina de polvo volcánico y me incorporé con la Heckler el bloque de basalto saltó en fragmentos diminutos que me golpearon el pómulo izquierdo con un ardor repentino.
El polvo de piedra pulverizada me cubrió la boca con un sabor acre a azufre y ceniza fría.
—¡Cuerpo a tierra! —indicó Adrián mientras se pegaba al alféizar de la entrada.
Asomé la boca del cañón por la rendija inferior de la aspillera.
A través de la bruma que se deshilachaba lentamente sobre la hierba empapada, distinguí dos siluetas oscuras desplazándose en saltos alternos entre los montículos de toba.
Vestían monos tácticos oscuros y chalecos con placas balísticas.
Eran operativos de seguridad privada, precisos en sus movimientos y entrenados para barrer sectores sin dejar margen a la improvisación.
Adrián soltó dos disparos desde su posición. Los casquillos rebotaron sobre las lajas con un sonido limpio. El primer mercenario rodó hacia un desnivel del terreno para evitar la trayectoria, buscando la protección de un bloque de piedra desprendido.
—¡Disparan con supresores de sonido! —advertí, manteniendo la línea de mira fija en la vegetación—. No quieren alertar a los puestos de Hanga Roa.
—No les servirá de mucho en cuanto los proyectiles empiecen a desgajar la piedra —repuso Adrián.
Apoyó la espalda contra el muro maestro y comprobó la recámara de su arma con un retroceso corto de la corredera—.
Valeria, no pierdas de vista el sector de Rano Raraku.
El canal de drenaje es la única vía cubierta que tienen para rodearnos.
Si alcanzan la cota alta del terraplén, dominarán el interior de la cabaña por encima de los muretes.
—El canal está bajo control —le aseguré, asentando con firmeza las suelas de mis botas en la tierra compactada para estabilizar la postura de tiro.
—Asegura cada disparo. No podemos derrochar munición.
Una ráfaga cerrada sacudió el paramento exterior.
El plomo castigó los bloques de basalto con una frecuencia incesante, desprendiendo trozos de mortero antiguo y astillando los maderos que clausuraban los vanos laterales.
El aire de la estancia se saturó de una humareda densa con olor a pólvora quemada y resina recalentada.
El viento del Pacífico forzaba la entrada de humo a través de las fisuras abiertas en la mampostería.
Mantuve la concentración en mi cuadrante, aislando el estruendo de los impactos continuos que hacían vibrar los sillares.
Mi oficio de restauradora me había habituado a descomponer planos complejos en unidades mínimas: rastrear las microfisuras en una tabla de madera flamenca, aislar la superposición de barnices oxidados bajo luz ultravioleta o calibrar la tensión milimétrica de un lienzo antiguo requerían la misma templanza nerviosa y la misma precisión motriz.
El terreno exterior respondía a la misma lógica: una ladera de pasto gris donde la menor inclinación anómala en los tallos de los helechos mostraba el paso de un cuerpo en movimiento.
A cuarenta metros, entre los matorrales húmedos que flanqueaban la zanja de drenaje, una forma alteró la continuidad del pastizal.
El atacante progresaba encorvado, con el cañón del arma orientado al suelo mientras buscaba la cobertura de un montículo de escoria roja.
Aguardé dos segundos, calculando la velocidad de su desplazamiento con la mirada fija en el claro de tierra que debía atravesar antes de alcanzar la base del terraplén.
En el instante en que su bota pisó el barro de la acequia, presioné la cola del disparador dos veces.
El retroceso de la nueve milímetros transmitió una sacudida seca a mis brazos.
El primer tiro golpeó la gravilla a escasos centímetros de sus pies; el segundo perforó la pierna derecha del mercenario.
El hombre emitió un gruñido sordo, resbaló sobre el lodo y cayó de costado tras el recodo del canal, perdiendo el control de su arma larga en la maleza.
—¡Neutralizado el avance en el canal norte! —anuncié sin levantar la vista del punto de mira—. Ha caído en la zanja, no puede mantener la marcha.
—¡Mantenlo bajo presión! —respondió Adrián desde el vano principal, respondiendo con dos detonaciones medidas para contener a los tiradores de la hondonada—. ¡El segundo hombre del flanco frontal busca envolvernos por el muro este!
—¡No permitas que alcance el ángulo ciego!
—No llegará.
Desde el exterior se escuchó un golpe mecánico grave, un sonido hueco que difería por completo de las descargas de los fusiles. Era la percusión pesada de un lanzagranadas de cuarenta milímetros alimentado desde la vaguada.
Adrián reaccionó sin una sola vacilación.
—¡Granada! —gritó, abalanzándose hacia mi posición en una zancada larga—. ¡Al suelo!
Cayó sobre mí en el mismo segundo en que el proyectil explosivo perforaba la techumbre de vigas secas. Su cuerpo me cubrió contra las piedras del suelo mientras sus brazos protegían mi cabeza de la dispersión de materiales.
La deflagración sacudió los cimientos de la estructura.