Capítulo 32 El Desembarco #2
El bimotor redujo gases con un silbido metálico que reverberó contra los acantilados de roca volcánica.
Niveló los flotadores de aluminio sobre la bocana de la ensenada, cortó la espuma en una estela blanca de doscientos metros y quedó meciéndose al abrigo del saliente rocoso, a unos seiscientos metros de la orilla de piedras.
Apenas se apagó el eco de los motores, la compuerta lateral de estribor se deslizó sobre sus guías con un chirrido sordo.
Dos hombres vestidos con trapos oscuros de intemperie arriaron una lancha neumática de casco rígido de seis metros de eslora.
Con una rapidez fruto de un adiestramiento riguroso, siete individuos descendieron por la escala corta y tomaron asiento sobre los flotadores de goma.
Uno de ellos accionó el arranque eléctrico del fueraborda; el motor rugió con un murmullo contenido mientras la proa cortaba las aguas oscuras de la caleta, enfilando el canal natural que se abría entre los arrecifes hacia la playa de gravilla.
Ajusté el enfoque de las lentes para fijar los detalles del contingente asaltante.
—Cuatro operadores en proa —dicté con frialdad profesional—.
Monos impermeables y chalecos portaplacas; portan subfusiles con silenciador.
Movimientos coordinados y cobertura en abanico.
Son mercenarios de contrata privada, probablemente exmilitares reclutados en Chile o Sudáfrica.
No vienen a negociar ni a pedir explicaciones.
—¿Quién va en la popa? —preguntó Valeria. La tensión en su voz era limpia, despojada de cualquier rastro de pánico.
La lancha embistió la orilla con un crujido de piedras molidas.
Los cuatro primeros asaltantes saltaron al agua con el oleaje por las rodillas, desplegándose en semicírculo para cubrir la línea de playa con los cañones apuntando hacia las lomas.
Detrás de ellos desembarcaron dos hombres de complexión ancha, armados con pistolas de gran calibre en pistoleras tácticas de muslo.
Entre esos dos custodios descendió el séptimo ocupante.
Puso los pies sobre la grava volcánica con un movimiento medido, evitando mancharse los bajos del abrigo largo de paño azul marino.
Llevaba guantes de piel oscura y una gorra calada para protegerse del viento austral.
Al pisar tierra firme, levantó el mentón y recorrió con la mirada la pendiente de pastizales que subía hacia nuestra cabaña, con la frialdad aristocrática del hombre acostumbrado a disponer de vidas y patrimonios ajenos desde despachos oficiales en Madrid.
—Es Antonio Torres —dije, afianzando el fusil contra el hombro sin perder el encare.
Valeria apretó la culata de su arma con las dos manos.
—Ha venido en persona.
—No tenía alternativa —expliqué sin apartar los ojos de su figura—.
Tras la caída de sus testaferros en Buenos Aires y la incautación cautelar de las cuentas en Ginebra, su inmunidad política en España está pulverizada.
Si no recupera los documentos originales de Setúbal y confirma nuestras muertes con sus propios ojos, el resto de sus días se limitará a un banquillo en la Audiencia Nacional y una condena a prisión mayor por homicidio continuado y alta traición.
Ha venido a quemar las pruebas él mismo.
—Y no se fía de sus propios mercenarios.
—En este negocio, cuando el dinero deja de fluir, los intermediarios se convierten en testigos de cargo. Torres necesita asegurarse personalmente de que nada de lo que hay en esta colina quede en pie.
En la playa, Torres extendió el brazo derecho señalando la elevación de nuestra cabaña de basalto y dio una instrucción breve a los cuatro operadores de vanguardia.
El jefe de la cuadrilla asintió, hizo dos señas tácticas con los dedos y dividió el grupo: dos hombres iniciaron un avance en cuña por la vaguada del este, utilizando los salientes de toba para cubrirse, mientras los otros dos tomaban la pendiente frontal flanqueando a Torres y sus dos escoltas personales.
—Se mueven en dos líneas —le advertí a Valeria, retrocediendo dos pasos hacia el centro de la estancia para asumir la disposición de combate—.
Los dos de la derecha intentarán rodear la loma para ganar nuestra espalda por el canal de lava seca del Rano Raraku.
Quieren fijarnos desde el frente mientras el binomio nos corta la retirada hacia la cantera de los moáis.
—La ventana trasera es mía —dijo ella con voz firme, dirigiéndose a la aspillera del fondo—. Desde allí domino la zanja volcánica a cincuenta metros. Si asoman por el canal, los tendré de frente.
—No abras fuego hasta que superen la línea de los moáis caídos —le ordené, revisando por última vez la palanca de retenida de mi arma y acomodando tres cargadores de reserva sobre la repisa de tiro—.
A esa distancia, sus subfusiles pierden precisión si disparan en movimiento y nosotros tendremos la ventaja de los muros de basalto.
Hay que conservar cada bala. Si vaciamos los peines antes de neutralizar a la vanguardia, nos aplastarán por saturación.
—Entendido. Esperaré a que entren en la zona despejada.
—Y recuerda: Torres debe salir vivo si queremos que el fiscal cierre el proceso. Los mercenarios son desechables; la cabeza de la hidra es él.
—No te preocupes por Torres, Silva. Me conformo con que no suba esta colina de pie.
Me aposté en el vano este, apoyando el antebrazo sobre la mampostería para fijar el pulso.
A través de la abertura rectangular, la explanada de Ahu Tongariki se extendía bajo la luz grisácea del amanecer.
El viento soplaba con furia creciente, peinando el pastizal húmedo en oleadas plateadas y estampando el salitre contra los rostros colosales de los quince moáis.
Abajo, el binomio de vanguardia avanzaba con rapidez felina, encorvando los torsos sobre la hierba para no recortar sus perfiles contra la línea blanca de la rompiente.
A ochenta metros de nuestra posición, el primero de ellos saltó con agilidad el foso de drenaje y se deslizó detrás de un bloque de toba derribado.
El segundo operador cruzó la vaguada dos segundos después, apoyando la bota con fuerza en la grava para tomar impulso.
En ese instante, un cascabeleo metálico y seco vibró a través del aire salobre: el sedal invisible acababa de ceder bajo su peso en la zanja del este.
Valeria y yo contuvimos el aliento al unísono.
La distancia se había cerrado.
Al otro lado del muro de basalto, a menos de diez metros del umbral de la cabaña, el crujido de una suela de goma clavándose en la ceniza volcánica anunció el principio del fin.