Mi Jaula de Sombras Capítulo 32 El Desembarco
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Capítulo 32 El Desembarco

El amanecer sobre Rapa Nui no trajo calor ni alivio, sino una franja de luz cobalto y ceniza que hendió la niebla del océano Austral.

A través de la aspillera este de la cabaña, el Pacífico se extendía como una plancha de plomo batida por corrientes encontradas, salpicada por las crestas de espuma que reventaban con estruendo rítmico contra los cantiles de basalto negro.

En la vaguada inferior, a cuatrocientos metros de nuestra posición fortificada, las quince moles de toba volcánica del Ahu Tongariki emergían del claroscuro matinal como centinelas ciegos y milenarios.

Sus espaldas pétreas, erosionadas por siglos de salitre incesante y temporales antárticos, daban la cara a la rompiente mientras sus perfiles toscos vigilaban la llanura interior de hierba empapada.

Llevaba tres horas inmóvil junto al vano de tiro, con los prismáticos de prisma de techo apoyados contra las cuencas de los ojos y los hombros encajados en la mampostería fría.

El viento soplaba del sur con ráfagas heladas que silbaban al colarse por las juntas de la piedra sin desbastar.

Para evitar el entumecimiento de las articulaciones, repartía el peso sobre la pierna sana; en el muslo herido, la carne aún guardaba el rescoldo punzante de la emboscada en Bariloche, una advertencia de que cualquier error en carrera se paga con semanas de cojera.

La vieja herida del hombro tiraba con una rigidez sorda bajo la camisa oscura debido a la humedad marina que saturaba el ambiente.

A mi espalda, el crujido suave de la paja del jergón me indicó que Valeria había despertado.

No hubo sobresaltos ni preguntas en voz alta.

Tras semanas de huida continua a través de tres continentes, su cuerpo había aprendido a pasar del sueño a la vigilia con la economía de movimientos de quien sabe que una vacilación imprevista cuesta la vida.

La escuché incorporarse en silencio sobre las losas heladas, ajustarse la correa de lona del pantalón y asegurar su arma de la repisa de madera.

El chasquido metálico de la corredera al deslizarse hacia atrás confirmó que revisaba la uña extractora y el asentamiento del cartucho en la recámara. Un gesto sobrio, aprendido a pulso.

Valeria se acercó con pasos amortiguados sobre la tierra apisonada y se detuvo a medio metro de mi costado, resguardada tras el lienzo principal de basalto.

El aire entre nosotros olía al aceite mineral con el que habíamos lubricado los mecanismos y a la lana húmeda de los abrigos impregnada de pastizal bravo.

—¿Novedades en el canal? —preguntó en un susurro pausado.

—La marea alta está cediendo —respondí sin apartar las lentes del horizonte plomizo—.

El agua entre la restinga y el saliente rocoso de Hotu Iti empieza a estabilizarse.

Si alguien pretende arrimar un casco a la costa este sin reventarlo contra el arrecife, dispondrá de una ventana de dos horas antes de que la bajamar deje al descubierto los dientes de lava sumergidos.

—En el aeródromo no habrá vuelos comerciales hasta media tarde.

—Mataveri es una ratonera vigilada —dije, bajando la óptica un instante para descansar la vista—.

La pista única está controlada por la policía de investigaciones chilena, la aduana y la capitanía de puerto.

Nadie que pretenda ejecutar una limpieza sin dejar rastro con un contingente armado entra por la terminal civil mostrando credenciales en ventanilla.

Torres sabe que el fiscal en Santiago y la Audiencia Nacional en Madrid ya tienen nuestras órdenes de protección tramitadas con los nombres supuestos.

Si viene a por nosotros, lo hará por la vía ciega, por mar o mediante un vuelo no declarado por debajo de la cobertura de radio.

Valeria apoyó la espalda contra la pared de piedra, sosteniendo la pistola compacta con el cañón orientado hacia el suelo.

Sus dedos, acostumbrados durante años a manejar pinceles de pelo de marta, espátulas de asta, bisturís de precisión y gasas empapadas en solventes sobre tablas del siglo diecisiete en los talleres de restauración del Museo del Prado, envolvían la empuñadura de polímero con una firmeza que no admitía vacilaciones.

Había visto a especialistas veteranos de cuerpos policiales perder el pulso y la serenidad en los minutos previos a un asalto, pero en la mirada oscura de Valeria solo quedaba una determinación sobria, forjada al calor de la persecución y el instinto de supervivencia.

—La entrega de Hanga Piko llegó a tiempo —comentó ella, mirando de reojo el cajón desfondado bajo la mesa de tablones.

—Duarte Santos cumplió su parte antes de cortar amarras en el continente —asentí—.

El carguero Aquiles fondeó a cinco millas fuera de la jurisdicción aduanera al caer la noche.

La lancha de los prácticos locales soltó el fardo sellado en la dársena vieja camuflado como repuestos de maquinaria pesada para los generadores de la estación de pesca.

Habíamos recogido el fardo a medianoche en el muelle de Hanga Piko, cargándolo en la trasera de la camioneta destartalada bajo un chubasco cerrado que borró cualquier estela de neumáticos en la pista de ceniza.

El muelle estaba desierto a esa hora; solo el graznido de las gaviotas y el golpeteo de las barcazas de madera contra los neumáticos viejos del pantalán rompían el silencio del puerto.

Pagamos al patrón de la embarcación en moneda chilena sin intercambiar nombres ni miradas prolongadas.

En la isla, la discreción no era solo una costumbre antigua, sino una moneda de cambio indispensable.

Al llegar al refugio y forzar las abrazaderas de acero con una palanca de uña, encontramos en el fondo del cajón lo necesario para organizar una resistencia formal: dos pistolas Heckler el metal del morro mostraba el desgaste propio de los transportes no declarados que operan en las rutas clandestinas del cono sur.

—Tenemos visita —dije en voz baja.

Valeria se colocó a mi izquierda, apoyando los antebrazos en la piedra para estabilizar la línea de visión.

—Vienen muy bajos —observó con serenidad—. Rozan las crestas de la marejada.

—Están pilotando a la visual para evitar el contacto de radio con la torre de Mataveri. Saben con exactitud a qué punto de la costa dirigirse. Tienen nuestras coordenadas desde que alquilamos la camioneta en el pueblo.