Capítulo 31 El Ombligo del Mundo #3
—No me estoy confiando —respondí, acortando la distancia hasta rozar la tela gruesa de su cazadora—.
Llevamos meses saltando de una frontera a otra, calculando cada paso y cada trasbordo como si ya no tuviéramos derecho a existir fuera del peligro.
Pero esta noche estamos aquí. En este rincón del mundo donde nadie más nos conoce.
—Están navegando hacia esta isla. Torres no se detendrá hasta cerrar el círculo.
—Lo sé —dije, apoyando las palmas de mis manos sobre su pecho.
Sentí el latido regular y firme de su corazón bajo el tejido de lana—.
Sé lo que traerá la primera luz del día.
Pero estas horas nos pertenecen a nosotros, no a ellos.
Y no voy a pasarlas con la mirada fija en una rendija de piedra esperando que nos alcancen.
Adrián me miró a los ojos. La dureza de su semblante se atenuó, dejando aflorar esa mirada limpia y profunda que guardaba únicamente para mí.
Levantó las manos con calma y las posó en mi cintura antes de recorrer mi espalda, transmitiéndome un calor firme y seguro que deshizo la frialdad de la habitación.
—Valeria...
—No digas nada.
Me alcé hacia él y busqué sus labios.
El beso comenzó con lentitud, con una contención profunda que pronto se transformó en una necesidad compartida y verdadera.
No hacían falta palabras entre nosotros; solo existía la certeza tangible de estar vivos en mitad de la noche oceánica.
Sus brazos me envolvieron con firmeza, atrayéndome contra su cuerpo hasta que el contacto de su pecho borró por completo el frío de las paredes de basalto.
Me alzó con suavidad y me llevó hasta el jergón del rincón, al abrigo del viento que silbaba a través de las aspilleras.
Nos despojamos de la ropa sin premura ni titubeos, buscando el contacto directo de la piel contra la textura áspera de la manta de lana.
Mis manos recorrieron el relieve de su espalda y las cicatrices que marcaban su costado, reconociendo cada centímetro de su cuerpo como un territorio preservado frente a la violencia y el desgaste.
Hicimos el amor sobre la lana densa, al compás del viento austral que hacía crujir los anclajes del tejado y el aroma a queroseno y salitre que impregnaba la penumbra.
Fue un encuentro silencioso y hondo, donde cada caricia buscaba afirmarse en el presente con serenidad.
Afuera el océano bramaba contra los acantilados de roca volcánica; dentro solo existía el peso compartido de nuestros cuerpos, la respiración templada sobre mi cuello y el pulso acompasado de dos personas que habían decidido encarar juntas cualquier destino.
Cuando el ritmo de la respiración volvió a sosegarse, Adrián extendió la manta sobre nosotros y me atrajo contra su costado. Apoyé la cabeza contra la base de su clavícula, siguiendo el compás tranquilo de su respiración mientras las ráfagas de aire golpeaban la cubierta del refugio.
—¿En qué piensas? —pregunté en un susurro, trazando con las yemas de mis dedos la línea de su clavícula.
—En el taller de restauración del Prado —respondió con una leve sonrisa que se adivinaba en la penumbra—. En la mañana en que entré a hacerte preguntas sobre las tablas flamencas del siglo dieciséis. Me miraste como si fuera un sabueso buscando un culpable a cualquier precio.
—Tenías la mirada de alguien que llevaba años sin permitirse una tregua —dije, apoyando el mentón en su pecho—. Creí que eras otro funcionario dispuesto a cerrar un expediente sin mirar a quién se llevaba por delante.
—Cumplía mi deber porque creía en la estructura. Hizo falta que me traicionaran mis propios mandos y que enterrara a mi padre para comprender que las normas solo atan a quienes carecen de poder para cambiarlas.
—Pero no te quebraron.
—No me quebré porque te encontré a ti en el camino, Valeria.
—Nos encontramos el uno al otro —murmuré, entrelazando mis dedos con los suyos.
Adrián me besó con ternura en la frente y apretó mi mano entre las suyas, con un agarre cálido y constante.
—Mañana cerraremos esta historia, Mateo.
—Mañana ajustaremos la cuenta pendiente, Lucía —respondió él en voz baja.
Permanecimos abrazados en la oscuridad mientras las horas de la madrugada avanzaban con lentitud. Al otro lado de los muros de piedra, el oleaje del Pacífico mantenía su cadencia pesada contra el arrecife de basalto, marcando el compás de la espera.
Hacia las cuatro y media de la madrugada, Adrián se incorporó sin hacer ruido.
Se vistió en la penumbra con movimientos medidos, ajustó la funda a su cinturón y recogió su pistola de la repisa de piedra.
Yo me puse los pantalones de lona, me calcé las botas de montaña atando los cordones con firmeza y tomé la Heckler & Koch compacta de la mesa, encajando el cargador en la empuñadura hasta que el retén bloqueó el metal con un enganche seco.
Avanzamos juntos hacia el vano del este.
Sobre la línea lejana del horizonte, un resplandor ceniciento y frío comenzaba a recortar las siluetas colosales de los quince moáis de Tongariki frente al mar abierto.
Adrián tiró de la corredera de su arma hacia atrás y la soltó, dejando que el mecanismo alimentara la recámara con un golpe metálico y seco.
La noche había quedado atrás. El amanecer sobre el ombligo del mundo traía consigo la hora de la verdad.