Capítulo 30 Valparaíso #3
Completamos el equipaje en menos de diez minutos.
Guardé los documentos de Portugal, los pasaportes y el dinero en los bolsillos interiores de mi chaqueta de cuero.
Desmonté la pistola compacta y distribuí sus piezas entre los estuches de trabajo de Valeria: el cañón entre los tubos de solvente orgánico, la corredera en el fondo de la caja de pigmentos minerales y los cargadores envueltos en trapos de lino junto a los pinceles de pelo fino.
Era una disposición calculada para superar una revisión visual apresurada en un mostrador de carga.
Cuando ajustaba las correas de mi macuto, el sonido grave de un motor diésel rompió la calma del callejón superior.
Me asomé por la rendija de la cortina: un todoterreno oscuro con lunas tintadas acababa de detenerse en la esquina del pasaje, a unos cincuenta metros de la entrada.
Dos hombres con impermeables descendieron del vehículo con movimientos rápidos, comprobando la numeración de los portales mientras uno de ellos hablaba por un teléfono satelital.
—Salimos por detrás —le susurré a Valeria, tocándole el hombro.
Cruzamos el portillo trasero sin hacer ruido.
Avanzamos por la senda angosta entre los limoneros, protegidos por los muros altos de piedra, y descendimos con paso ágil por los recodos de la quebrada de San Agustín.
La llovizna fría que comenzaba a caer sobre Valparaíso humedeció los adoquines, pero mantuvimos la marcha entre los callejones sombríos hasta dejar atrás las lomas del cerro, mientras las sirenas de maniobra de los buques resonaban en la dársena.
Llegamos a la terminal de buses de la avenida Pedro Montt mezclados con los grupos de trabajadores que salían de los talleres portuarios.
Compré dos billetes en ventanilla abonando el importe exacto en efectivo y subimos al autobús con destino a Santiago en el momento en que el chófer ponía el motor en marcha.
Nos acomodamos en la última fila de asientos.
El vehículo arrancó, recorrió las avenidas de la costa y comenzó a ganar altura por las curvas de la Ruta 68 hacia el valle central.
A través del cristal empañado por la condensación vi alejarse las luces amarillentas de Valparaíso, dispersas sobre los acantilados como brasas que se extinguían contra el agua oscura.
Valeria entrelazó sus dedos con los míos en la penumbra del asiento y recostó la cabeza contra mi hombro herido.
Su respiración era templada y regular. Mantuve la vigilancia en los retrovisores y en los faros de los automóviles que circulaban por la autopista, pero ningún vehículo intentó emparejarse ni recortar distancia.
Llegamos al Aeropuerto Internacional de Pudahuel minutos después de las diez y media de la noche.
La terminal de carga y vuelos de enlace era una nave austera de hormigón y chapa metálica, apartada del movimiento de las rutas comerciales ordinarias.
El ambiente olía a queroseno quemado y humedad fría de la pista.
Había poca gente en el recinto: operarios con chalecos reflectantes, dos familias de la isla con fardos atados con cuerdas de cáñamo y varios técnicos equipados con chaquetones térmicos.
En el mostrador de enlace presenté los pasaportes a nombre de Mateo Silva y Lucía Vega junto con los justificantes de flete que había tramitado desde la consignataria de Valparaíso.
El funcionario de aduanas, un hombre maduro de uniforme azul oscuro, pasó los documentos por el escáner óptico despacio, sin apresurarse burocrática.
Selló los pases de embarque con un golpe seco sobre el papel, pesó nuestros dos bultos de mano y nos autorizó el paso hacia la zona de pista sin formular preguntas sobre los botes de resina y los estuches de restauración.
Diez minutos después atravesamos la plataforma de hormigón bajo una llovizna constante que brillaba bajo los focos halógenos del aeródromo.
El avión asignado al servicio era un veterano Boeing 767 de configuración combinada: la sección delantera acondicionada para palés de carga sujetos con redes de nailon y las últimas filas de la cabina habilitadas para el pasaje de servicio.
Subimos por la escalerilla metálica, esquivando el calor residual de las turbinas en ralentí, y nos acomodamos en dos asientos junto a una ventanilla ovalada.
El interior olía a lona impermeable y aire acondicionado seco. Valeria abrochó su cinturón de seguridad, apoyó la espalda en el respaldo de tela gastada y cerró los párpados un instante, tomando aire con calma.
—Ya no hay marcha atrás, Adrián —dijo en un susurro que se fundió con el rumor grave de los motores.
—Nunca la hubo desde Madrid —le respondí, apoyando la mano sobre su nuca.
El personal de tierra cerró las compuertas de carga con un chasquido metálico.
El avión inició el rodaje hacia la cabecera de pista señalizada por las balizas verdes, encaró el rumbo y aceleró con un empuje potente que transmitió su vibración a todo el fuselaje.
Las ruedas se despegaron del asfalto húmedo y el aparato ganó altura en un viraje amplio hacia el oeste, perforando la capa de nubes bajas.
Miré a través de la ventanilla. Abajo, el contorno luminoso de la costa chilena se fue disolviendo en la bruma hasta convertirse en una línea tenue de claridad. Instantes después, la negrura inmensa del océano Pacífico cubrió cualquier vestigio de tierra firme.
Por delante se extendía la soledad de cuatro mil kilómetros de mar abierto, y en su centro, una roca volcánica esperándonos para librar la última partida.