Capítulo 30 Valparaíso #2
Aquella misma tarde completé el embalaje en un cobertizo alquilado cerca de la calle Blanco.
En el interior del cajón de pino, fijadas entre tacos de madera atornillados y virutas secas, acomodé dos pistolas semiautomáticas de nueve milímetros con sus cargadores de repuesto y tres cajas de munición encamisada que había adquirido a través de un enlace naval.
Todo quedó engrasado con vaselina densa y sellado en plástico impermeable para resistir la humedad del viaje.
A las nueve menos cuarto entregué el bulto en el muelle cuatro; don Braulio cumplió su palabra y el cajón quedó estibado en el pañol seco del carguero.
Nuestra reserva táctica estaba en camino.
Por las tardes nos reuníamos en la casona del Cerro Alegre. Comprábamos pan caliente en un obrador de la esquina y pescado fresco que vendían en fuentes de lata.
Valeria me hacía tomar asiento en una banqueta de madera junto al fogón, ponía a calentar agua en un cazo de aluminio y retiraba los vendajes de mi muslo con la delicadeza precisa de quien limpia una tabla policromada del Renacimiento.
Sus dedos, firmes y templados, recorrían el contorno de la herida evaluando la elasticidad de la piel.
—El tejido está granulando de forma limpia —comentaba, observando el cierre progresivo del orificio—. La inflamación profunda ha desaparecido, pero si sigues levantando cajas en los tinglados vas a desgarrar las fibras que están soldando.
—Tengo que trabajar para mantener el papel de Mateo Silva —le respondía, apoyando la espalda en la pared de adobe—. Y el dinero en efectivo nos dará margen de maniobra en cuanto tengamos que movernos.
Ella levantaba los ojos, mirándome con fijeza mientras ajustaba la gasa estéril con una tira de esparadrapo adhesivo.
—Sé reconocer cuándo estás forzando el paso para disimular el dolor, Adrián. Llevo días viendo cómo calculas cada peldaño al subir por el cerro.
Luego se lavaba las manos con jabón de glicerina, servía dos tazas de café y nos sentábamos juntos frente al ventanal.
A través del cristal veíamos cómo la niebla vespertina cubría las quebradas y los buques mercantes encendían sus luces de posición en la rada.
Eran momentos de sosiego silencioso, los primeros en muchos meses donde la persecución parecía haberse detenido en los riscos de la cordillera.
La tregua concluyó de golpe un martes a media tarde.
Eran cerca de las tres y media cuando me hallaba en la caseta de la consignataria revisando los teletipos de arribo de la capitanía marítima.
Una anotación en el registro de embarcaciones privadas captó mi atención: un motovelero de gran eslora, con casco de fibra de vidrio y bandera de las Islas Caimán, acababa de fondear en la rada exterior tras una escala técnica en Guayaquil.
La nave figuraba a nombre de una sociedad fiduciaria panameña cuya denominación conocía con exactitud; era una de las mercantiles pantalla que aparecían en las carpetas contables de la Quinta de Sintra, vinculada a las cuentas opacas de Manuel Torres.
Me puse en pie sin brusquedad, caminé hacia la cristalera que dominaba la dársena de servicio y ajusté los prismáticos de la oficina hacia el muelle de prácticos.
Una lancha rápida acababa de atracar junto al pantalán de cemento.
De la embarcación desembarcaron cuatro hombres.
Vestían impermeables oscuros de corte urbano y cargaban petates de viaje sin marcas.
Su forma de moverse —el paso coordinado y la costumbre de avanzar cubriendo las esquinas de los tinglados— correspondía a personal con entrenamiento en vigilancia táctica.
Uno de ellos se aproximó al puesto de la policía marítima, exhibió una credencial plastificada y mostró una carpeta al suboficial de guardia.
No cabía margen para la duda. Habían rastreado el cambio de moneda en Bariloche o habían sobornado a algún funcionario en el paso de montaña. Sabían que estábamos en Valparaíso y comenzaban el peinado sistemático de la costa.
Apagué el terminal de la oficina, tomé mi chaqueta de abrigo y salí por el portón de servicio del tinglado sin cruzar palabra con el encargado de turno.
Evité los ascensores mecánicos y las escalinatas principales del puerto.
Subí hacia el Cerro Alegre por las trochas de cascajo que serpenteaban al borde de las quebradas, controlando la respiración y forzando la pierna izquierda a responder con ritmo continuo.
El muslo me ardía con una tirantez aguda bajo el vendaje, pero mantuve la zancada constante hasta alcanzar el portillo trasero de nuestra vivienda.
Entré en la casa y pasé la tranca de madera. Apenas cuatro minutos más tarde, la puerta principal se abrió con rapidez y Valeria apareció en el zaguán.
Cerró de inmediato, echó el cerrojo de hierro y se apoyó contra la madera maciza, recuperando el aliento. Tenía restos de polvo de tiza en los puños del suéter y una leve mancha de tinta en el índice.
—Están peinando el barrio —dijo con voz contenida, mirándome de frente—.
Había dos tipos apostados en la plazoleta del ascensor El Peral.
Llevaban audífonos de cable fino y hablaban por radio de mano.
Mostraban una fotografía a los taxistas y en los puestos de fruta.
Era una captura de la cámara de seguridad de la estación de trenes de Puerto Montt.
—Los vi desembarcar en el muelle de prácticos hace media hora —respondí, dirigiéndome al dormitorio para coger los macutos preparados—.
Un velero vinculado a las cuentas de Sintra fondeó en la rada exterior.
Han bajado al menos cuatro hombres al puerto y es probable que tengan refuerzos llegando desde Santiago.
Valeria se acercó a la mesa, donde reposaban la carpeta impermeable con la documentación bancaria de Setúbal y el dinero restante.
En su semblante no había rastro de pánico, sino esa concentración analítica que empleaba al examinar los daños estructurales de un lienzo antes de iniciar la restauración.
—Este cerro tiene muchas salidas peatonales, pero si bloquean los funiculares y sitúan vehículos en la avenida Errázuriz, cerrarán el perímetro en pocas horas —analizó ella—. Quedarnos en esta casa es convertirnos en un blanco fijo.
—El continente entero es una trampa ahora mismo —añadí, retirando los pasaportes falsos y los fajos de billetes del doble fondo del aparador—.
Torres maneja recursos suficientes para alertar a los retenes policiales del norte.
Si intentamos enfilar hacia el desierto de Atacama o la frontera con Perú por carretera, bastará un control rutinario de carabineros para quedar cercados.
Valeria guardó silencio. Se giró hacia el muro lateral, donde colgaba una carta náutica general del Pacífico Sur que había estado limpiando para don Luigi.
Dio dos pasos hacia el mapa y apoyó la yema sobre las coordenadas del dedo sobre un punto aislado en mitad del océano, separado por miles de kilómetros de la masa continental.
—Por tierra no tenemos salida viable —afirmó con voz firme—. Y hacia el este solo está la cordillera que acabamos de cruzar. Si queremos quebrar su capacidad operativa, debemos forzarlo a buscar en un terreno donde su dinero y sus mercenarios no dispongan de cobertura urbana.
Me acerqué a la carta marina y observé la coordenada bajo su dedo.
—Rapa Nui —murmuré.
—Cuatro mil kilómetros de agua abierta —prosiguió ella—. Una isla volcánica sin autopistas ni pasos clandestinos, con un solo punto de entrada formal. Si Torres envía gente allí, tendrán que operar a cuerpo descubierto, sin vehículos camuflados ni sicarios escondidos en cada esquina de la ciudad.
—El cajón con las dos pistolas y la munición zarpó esta madrugada en el Aquiles hacia Hanga Piko —le informé, revisando mentalmente los tiempos logísticos—.
Y hay un vuelo regular de enlace mixto de la Fuerza Aérea y la Dirección de Aeronáutica que sale a medianoche desde el aeropuerto de Pudahuel, en Santiago.
Transporta personal de servicio y un cupo reducido de pasajeros autorizados.
Si tomamos el autobús de las cinco en la terminal baja, llegaremos a la capital con tres horas de margen para embarcar con las identidades de Mateo Silva y Lucía Vega.
Valeria asintió sin dudar.
—Recojamos lo necesario. El resto se queda aquí.