Mi Jaula de Sombras Capítulo 30 Valparaíso
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Capítulo 30 Valparaíso

El puerto de Valparaíso se levantaba como un despeñadero de madera vieja y chapa oxidada encajado en la roca viva.

Atrás quedaban las jornadas por los canales del sur en un barco maderero que apenas vencía la corriente, y el tramo nocturno de tren envuelto en hollín húmedo.

La bahía nos recibió con marejada espesa: el viento arrastraba salitre sobre las caletas y una vaharada de fueloil quemado que soltaban los remolcadores entre los cargueros fondeados en la rada.

Con parte del dinero en efectivo de la huida cordillerana, alquilamos una casona de dos plantas en lo alto del Cerro Alegre.

El dueño, don Osvaldo, era un antiguo patrón de lancha con las manos encallecidas y la mirada habituada a ignorar lo ajeno; le bastó ver los billetes de dólar y comprobar que pagábamos dos meses por adelantado sin exigir contrato ni hacer preguntas.

La arquitectura quebrada del barrio jugaba a nuestro favor: pasajes estrechos donde el empedrado cedía paso a la tierra batida, escaleras que morían en recodos ciegos y un tránsito continuo de estibadores y estudiantes de dibujo.

En medio de ese revoltijo portuario, dos recién llegados con poco equipaje y acento extranjero pasaban inadvertidos.

La vivienda crujía entera cuando el viento del suroeste azotaba las ventanas, pero las vigas de roble mantenían la estructura firme.

Tenía un balcón de madera con vistas a los muelles comerciales y un portillo trasero que desembocaba en un sendero angosto, flanqueado por limoneros silvestres y tapias de piedra.

Al entrar aquella primera tarde, Valeria dejó los estuches de restauración sobre la mesa del comedor, se despojó del abrigo de lana y caminó directa hacia el balcón.

Abrió las hojas acristaladas y apoyó las palmas en la baranda pintada de añil.

El aire del océano le revolvió el pelo oscuro mientras observaba las grúas pórtico recortadas contra el horizonte grisáceo.

Yo me detuve junto al quicio de la puerta, descargando el peso en la pierna sana para no forzar el muslo herido.

La herida de bala sufrida en Bariloche cicatrizaba con lentitud.

Bajo la tela del pantalón, el tejido muscular tiraba con una punzada sorda cada vez que forzaba el paso en las cuestas; el orificio que Valeria había desinfectado y vendado en el refugio de montaña cerraba de fuera hacia dentro, aunque requería cambios periódicos de gasa para evitar que el roce desgarrara la costra.

El hombro herido, en cambio, mostraba una línea nacarada y dura sobre el deltoides: la cicatriz del disparo de Portugal estaba sellada, soportando el tirón de las correas del macuto a cambio de una ligera rigidez cuando la humedad marina calaba las articulaciones.

Recorrí la planta baja con paso pausado.

Aseguré las ventanas que daban al callejón lateral y encajé dos cuñas de madera seca bajo la puerta del sótano.

En la cocina saqué la pistola compacta que había cruzado la cordillera en el forro del petate: retiré la corredera, limpié el polvo con un retal empapado en aceite lubricante y volví a montarla con un chasquido seco.

Oculté el arma tras la moldura inferior del aparador, accesible al tacto pero invisible a cualquier mirada fortuita.

Salí al balcón junto a Valeria. El olor a brea de las fachadas vecinas competía con el frescor amargo de los eucaliptos que bajaban de las lomas altas.

—Tenemos dos salidas despejadas hacia abajo si hace falta largarse rápido —le dije, midiendo las distancias—.

La escalinata de piedra llega a la plaza de la Aduana en cuatro minutos, y la senda trasera bordea la quebrada de San Agustín hasta la calle baja.

Si alguien vigila el acceso principal, no podrá cubrir ambos flancos.

Valeria mantuvo la vista fija en las lanchas de prácticos que cortaban el oleaje antes de mirarme. Sus dedos, fríos por la brisa, buscaron el dorso de mi muñeca con una presión suave.

—Llevamos dos horas en Valparaíso y ya has calculado las líneas de retirada, Mateo.

—Es el único motivo por el que seguimos respirando.

—Lo sé —murmuró, recostando la sien contra mi brazo—. Llevábamos semanas entre paredones de nieve que parecían venírsenos encima. Este mar abierto ayuda a despejar la cabeza.

Le pasé el brazo por la cintura para resguardarla de la corriente marina. Valeria se acomodó contra mi pecho con un suspiro lento, aflojando la rigidez que le marcaba la línea de la clavícula desde la huida de la cabaña.

—Aquí disponemos de margen para pensar, Lucía —le aseguré en voz baja—. Ganamos este espacio palmo a palmo.

Durante los diez días siguientes nos amoldamos a un ritmo metódico y discreto.

Conseguí empleo en los muelles de abrigo bajo la identidad de Mateo Silva.

Una pequeña consignataria de cabotaje requería un auxiliar para cotejar manifiestos de pañol y supervisar las cuadrillas de estiba sin llamar la atención de la guardia aduanera.

El trabajo era idóneo: me permitía circular con ropa de faena entre tinglados y depósitos, y a la vez me daba acceso directo a los registros de atraque de la capitanía y a las hojas de ruta de los buques mercantes que recalaban en la costa central.

Valeria se colocó en la trastienda de don Luigi, un veterano encuadernador genovés que regentaba un taller de antigüedades y mapas en el Cerro Alegre.

Bastó que lo ayudara a fijar el pigmento desprendido de una carta hidrográfica del siglo diecinueve mediante una disolución precisa de cola de conejo e hisopos de lino para que el viejo le cediera un banco de trabajo como Lucía Vega.

Pasaba las mañanas entre frascos de trementina pura y bisturís de filo curvo, recomponiendo grabados carcomidos por el salitre.

Nuestra prioridad táctica en Valparaíso consistía en establecer una cabeza de puente fuera del alcance del continente.

La amenaza de Manuel Torres seguía activa; si lograban rastrear el cruce fronterizo desde Bariloche, el territorio chileno se transformaría en un embudo.

Necesitábamos pertrechos en un punto remoto sin carreteras secundarias ni fronteras terrestres.

La oportunidad surgió a través de la consignataria portuaria. Cada mes zarpaba del muelle de abrigo un carguero mixto de cabotaje insular hacia el archipiélago de Rapa Nui, transportando víveres y repuestos para las cooperativas locales.

La mañana del jueves busqué a don Braulio Ormeño, el armador y gestor de carga de la naviera, en su oficina sobre los almacenes del muelle Barón.

El despacho olía a tabaco negro y papel carcomido por la humedad. Don Braulio, un hombre corpulento de sesenta años con bigote cano y tatuajes marineros desvaídos en los antebrazos, repasaba con un lápiz gastado las listas de cubicaje.

Al verme entrar, alzó las cejas pobladas y dejó el lápiz sobre el tablero.

—Silva —dijo con voz áspera—. ¿Qué pasa con la estiba del pañol dos?

—Los estibadores ya están trincando los palés de harina, don Braulio —respondí, cerrando la puerta a mi espalda sin ruido—. Vengo por un encargo particular.

El armador entornó los párpados, apoyando los codos sobre los documentos.

—No hago fletes raros, muchacho. Bastante trabajo tengo con que la capitanía no me pare el barco por exceso de carga.

—No es carga rara —dije con tono pausado—.

Es una caja de madera de pino flejada con zunchos de acero.

Pesa unos cuarenta kilos. Son repuestos rectificados de propulsión y bujes de bronce para un motor fuera de borda.

Va consignada a la cooperativa de pescadores de Hanga Piko, a nombre del mecánico don Tane Pakarati.

Don Braulio bebió un sorbo de café y me miró de arriba abajo de arriba abajo.

—Las piezas mecánicas pesadas pagan tarifa de aforo especial si no traen factura timbrada —apuntó, tanteando el terreno—.

Y la aduana revisa los bultos no estandarizados antes de autorizar el precinto del contenedor.

Si los carabineros abren la madera y encuentran algo que no cuadra con el manifiesto, el responsable de la bodega soy yo.

—No habrá inspecciones que le compliquen el despacho —contesté.

Extraje un sobre de papel kraft de mi chaleco de lona y lo deposité sobre la mesa junto a su cuaderno de registro. En su interior descansaban trescientos dólares en billetes nuevos, junto con la guía de transporte cumplimentada bajo el nombre de Mateo Silva.

El armador miró el sobre y calculó su grosor sin tocarlo.

—El flete oficial a Rapa Nui no cuesta tanto.

—El flete oficial tarda tres semanas en pasar por la báscula y a veces queda retenido por falta de espacio —repliqué con calma—.

La diferencia cubre la gestión de despacho prioritario y la exención del aforo manual.

La caja entra directamente al cajón estanco del Aquiles y se entrega en el muelle de Hanga Piko contra presentación de la guía original.

Don Braulio guardó silencio unos segundos. Fuera, el silbato de una grúa resonó sobre la bahía. El hombre tomó el sobre, lo deslizó bajo el legajo de facturas y estampó un sello húmedo de tinta azul sobre la copia de la guía.

—El Aquiles termina la carga esta noche y suelta amarras de madrugada —dijo, firmando en el casillero del armador—.

La caja tiene que estar en el muelle cuatro a las nueve en punto, con los zunchos soldados y la etiqueta de la cooperativa.

Si la traes a tiempo, yo mismo firmo la recepción y la meto en el pañol de popa.

Y una cosa más, Silva: en este puerto no pregunto de dónde saca la plata un capataz nuevo, pero en la isla la gente se conoce por el nombre de los abuelos.

Cuando recojas ese bulto allá, procura no hacer ruido.

—El ruido es malo para los negocios, don Braulio.

—Exacto. Ahora vete a supervisar el pañol dos.