Capítulo 29 Cura y Huida #3
Caminamos por la grava con pasos cansinos hasta pisar los tablones crujientes del muelle. Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un impermeable amarillo de hule grueso y un gorro de lana calado hasta las cejas, revisaba el cabo de proa junto a la bita de hierro.
El barquero alzó la mirada al escuchar el roce de nuestras suelas.
Observó nuestras ropas salpicadas de barro seco, la pernera rasgada del pantalón de Adrián, el vendaje compresivo en el muslo y las mochilas cargadas al hombro.
No formuló ninguna pregunta ni alteró el rictus de su rostro curtido por el viento; en aquellas encrucijadas de frontera, la discreción constituía la única ley no escrita.
Adrián deslizó la mano derecha bajo la solapa de su abrigo y extrajo un fajo doblado de billetes: dólares húmedos de su reserva de emergencia. Se los extendió con un movimiento sobrio.
—Necesitamos cruzar a Petrohué de inmediato —dijo con voz templada—. Travesía directa, sin paradas intermedias.
El patrón evaluó la suma bajo la manga de su impermeable, asintió con un movimiento seco de cabeza y guardó el dinero en el bolsillo interior de su peto.
—Suban a popa —dijo con acento pausado y cantarín—. El motor ya tiene temperatura de trabajo.
Ayudé a Adrián a superar los tres peldaños de la escala de madera.
Nos acomodamos en el sector trasero de la barcaza, al resguardo de la cabina de mando, sentándonos sobre un rollo grueso de amarra de cáñamo.
Desplegamos una lona azul de polietileno doblada junto a la borda y nos cubrimos con ella hasta los hombros.
El tejido olía a brea y gasóleo quemado, pero frenó de golpe el viento helado que descendía de los ventisqueros andinos.
El motor diésel de la embarcación arrancó con un traqueteo grave y rítmico que hizo vibrar las planchas del casco.
El patrón soltó las amarras con una pértiga, metió máquina avante y la proa hendió la superficie esmeralda del lago, quebrando el reflejo del cono volcánico en una estela de espuma blanca que se abría en abanico.
Adrián apoyó la cabeza contra el mamparo de hierro y cerró los ojos, dejando escapar una espiración larga y liberadora.
—Dejamos la cordillera atrás, Valeria —dijo con tono pausado—. Los retenes y la gente de Duarte Santos no cruzarán esta línea hoy.
—Ganamos un margen de maniobra, nada más —respondí, retirándole un mechón de pelo mojado de la frente—. ¿Cuál es el plan en cuanto toquemos tierra en Petrohué?
—En Petrohué solo hay un muelle de madera y un par de casas de colonos —explicó, abriendo los ojos para mirarme con fijeza—. Caminaremos hasta la parada del autobús rural que baja hacia Puerto Varas y Puerto Montt. Estaremos en la terminal costera antes de las doce.
—En Puerto Montt lo prioritario será localizar una farmacia —puntualicé, comprobando el estado del vendaje sobre su pantalón—.
Necesitas antibióticos de amplio espectro y material de curas esterilizado.
El empaquetamiento que llevo dentro de tu cuádriceps no puede permanecer más de cuarenta y ocho horas; si no retiramos esa gasa a tiempo y drenamos el tejido, la infección cerrará el canal muscular.
—Lo sé. Compraremos en dos farmacias distintas de la periferia para no generar patrones de sospecha.
Luego buscaremos un hostal discreto cerca de las dársenas pesqueras, un hospedaje que cobre en efectivo y no registre pasaportes en el libro de huéspedes.
Allí descansaremos doce horas para que recuperes fuerzas y revisemos la herida.
—¿Y la salida del sur?
Adrián desvió la vista hacia el horizonte, donde las aguas del lago se fundían con los bosques de la orilla opuesta.
—El puerto comercial de Angelmó. Hay cargueros de cabotaje que suben hacia el norte transportando harina de pescado y maquinaria industrial. Esos capitanes no reportan nóminas de pasaje si pagas el camarote en mano con moneda extranjera.
—¿Hacia dónde pondremos rumbo?
—Valparaíso.
—¿Por qué Valparaíso? —pregunté, acomodando el borde de la lona para resguardar su pierna del frío lacustre.
—Porque es un entramado vertical y caótico —respondió él, y en sus ojos volvió a encenderse esa lucidez fría con la que estructuraba cada repliegue táctico—.
Cerros abruptos, pasajes sin salida, escaleras interminables entre las quebradas y un puerto donde atracan barcos de medio mundo a diario.
En semejante desorden de calles y muelles es imposible que una red como la de Santos monte un rastreo eficaz.
Allí conseguiremos identidades limpias y prepararemos el salto final a Europa sin tener que mirar la espalda en cada esquina.
Asentí con lentitud, repasando la lógica de la ruta.
—La carpeta con los balances de Setúbal y el disco duro con los peritajes de Coímbra están intactos en mi mochila —le aseguré, apoyando mi mano sobre la suya—. No consiguieron borrarnos en Bariloche.
Adrián giró la palma bajo el plástico de la lona y me estrechó los dedos con un apretón firme, desprovisto de dramatismo.
—No van a borrarnos, Valeria.
Bajo nuestros pies, el motor de la barcaza mantuvo su marcha constante sobre el agua esmeralda del lago, alejándonos de las sombras nevadas de los Andes para abrirnos camino hacia la costa del Pacífico.