Capítulo 29 Cura y Huida #2
—Apenas puedes mantenerte sentado. La pérdida de sangre te va a nublar la vista en mitad de la cuesta.
—Quedarnos aquí es esperar las esposas —replicó, sentándose a pulso y apoyando la espalda contra los leños de la pared—.
Duarte Santos no mandará más gente esta noche, pero la policía argentina cortará la ruta cuarenta antes del amanecer.
Los pasos fronterizos de carretera estarán cerrados en tres horas.
Me puse de pie, guardé el instrumental limpio en mi estuche de trabajo y eché las gasas usadas al fuego del hogar para no dejar rastros biológicos en el refugio.
—¿Por dónde salimos? —pregunté.
—Por el Paso Pérez Rosales —dijo él, señalando hacia el ventanal, donde las crestas de la cordillera se recortaban como sombras negras contra la neblina—.
Es una senda de herradura que sube por la divisoria de aguas hacia los lagos chilenos.
Si alcanzamos Peulla antes del mediodía, estaremos fuera de la jurisdicción argentina.
—Son horas de marcha entre ventisca y piedra suelta.
—Es el único paso sin puestos fijos de control vehicular. O subimos ahora o nos cercan aquí.
Me sequé la frente con la manga y tomé las mochilas de lona impermeabilizada.
En la mía acomodé los registros contables de Setúbal y el disco duro con los peritajes del maestro de Coímbra, junto con los cuadernos técnicos.
Añadí las vendas sobrantes, el frasco de antiséptico, tabletas potabilizadoras, analgésicos de acción rápida, frutos secos y dos cantimploras con agua caliente del infiernillo.
Le acerqué a Adrián su chaqueta impermeable y sus guantes forrados. Recogí la pistola del banco de madera, comprobé el asiento del cargador y la deslicé en el bolsillo interior de mi abrigo, al alcance de la mano diestra.
—¿Puedes levantarte? —pregunté.
—Ayúdame a enderezar el lado bueno. El hombro herido no va a soportar peso.
Me agaché junto a su costado sano, pasé su brazo derecho por detrás de mi cuello y afirmé las botas sobre los tablones.
—Arriba. Toda la fuerza con la pierna sana.
Adrián descargó su peso sobre el pie sano y se alzó con una espiración profunda y contenida.
La corpulencia de su torso cayó sobre mis hombros con la pesadez de una viga, obligándome a doblar las rodillas para no perder el equilibrio.
Tensé el abdomen, busqué el centro de gravedad y sostuve la carga.
Su aliento cálido me rozó la sien; sus dedos se cerraron sobre la tela de mi chaqueta con un agarre firme que me transmitió su determinación intacta.
—Puedo avanzar —dijo tras nivelar el aire—. Vámonos.
Cruzamos la puerta desvencijada y salimos a la intemperie.
El viento patagónico nos azotó de frente, barriendo el calor del refugio y envolviéndonos en una cortina de aguanieve que picaba en las mejillas como virutas de cristal.
Dejamos atrás el cobertizo humeante y el olor a gasóleo, encarando la cuesta pedregosa que ascendía hacia los riscos fronterizos.
La senda del Paso Pérez Rosales era una hendidura abierta en la roca volcánica, un tajo estrecho entre farallones de basalto que ascendía en zigzag hacia los collados altos. El viento soplaba encajonado por los desfiladeros, arrojando granizo menudo que golpeaba la ropa con la fuerza de perdigones.
Cada metro exigía una sincronización milimétrica.
Adrián volcaba la mayor parte de su corpulencia sobre mi hombro derecho; su mano enguantada se aferraba a mi solapa para mantener el eje vertical y evitar que el muslo herido rozara las aristas de piedra.
Yo avanzaba con las piernas semiflexionadas para absorber las irregularidades del terreno, tanteando con la punta de la bota las lajas firmes antes de comprometer el paso en las placas de hielo negro.
—¿Aguanta el vendaje? —pregunté alzando la voz por encima del bramido del viento.
—Sostiene —respondió él, con la respiración acompasada pero áspera—. El frío de la altura adormece la carne... no siento filtración de calor.
—Si notas humedad tibia en la pierna o sientes mareo, avísame de inmediato. Si caes en este pedregal, no podré levantarte sola.
—Sigo lúcido, Valeria. Marca tú el paso.
Avanzamos durante dos horas por la cornisa desolada.
La cellisca fue dando paso a una llovizna helada y continua que empapó las capas exteriores de la ropa, volviéndolas pesadas y rígidas como lonas enceradas.
Los músculos de mi espalda ardían por el esfuerzo de sostener su costado y las plantas de mis pies acusaban el castigo del terreno escarpado, pero me concentré en mantener una cadencia invariable: clavar la suela, asentar el apoyo en roca sólida, recibir el impulso de Adrián y ganar otro palmo de ladera.
—Alto —murmuró él de pronto, tirando con suavidad de mi hombro.
Nos detuvimos al resguardo de un peñasco saliente que cortaba las ráfagas directas.
—¿Qué has visto?
Adrián señaló con la barbilla hacia el fondo del valle, varios cientos de metros más abajo.
A través de la cortina de lluvia se distinguían dos reflectores halógenos proyectando conos de luz blanca sobre una barrera metálica y dos casetas prefabricadas de chapa.
—El puesto de control de Gendarmería Nacional —susurró con tono bajo—. Tienen sensores de movimiento en la senda principal de herradura. Si seguimos por la traza ancha, entraremos directos en su campo visual.
—¿Hay alguna ruta alternativa?
—Hacia la derecha. Una trocha antigua de arrieros que corta por la ladera boscosa de la selva valdiviana. La pendiente es más pronunciada y el suelo estará convertido en una balsa de barro, pero cruza la divisoria de aguas por debajo del rango de los sensores.
—Pues entremos en el bosque. No nos quedaremos en esta cornisa a esperar que aclare el día.
Nos desviamos por la vertiente occidental, internándonos bajo la fronda tupida.
El bosque austral nos tragó en un laberinto umbrío: los troncos centenarios de coihues y alerces cerraban el paso al viento, pero el terreno se tornaba traicionero entre acumulaciones de turba y raíces expuestas.
El aire hedía a corteza podrida y mantillo saturado por la lluvia continua.
El descenso con un hombre de su corpulencia herido en la pierna exigió una resistencia extrema.
Los helechos gigantes nos azotaban los brazos y el lodo nos cubría el calzado por encima de los tobillos.
Cada pocos metros, la pierna izquierda de Adrián cedía bajo su peso y yo debía apoyar la cadera contra el tronco más cercano para evitar que ambos rodáramos por la pendiente resbaladiza.
—Apóyate en este alerce mientras sorteo el escalón de barro —le indiqué, guiando su mano hacia la corteza fibrosa del árbol—. Déjame asegurar las botas en el fondo antes de que te sueltes.
—Cuidado con las piedras del arroyo, tienen verdín y resbalan como manteca.
Salté el lecho de agua que discurría por el fondo del barranco, afirmé los pies en una repisa de grava firme y le ofrecí los dos hombros para amortiguar su descenso.
—Ahora tú. Despacio, sin brusquedad.
Adrián se descolgó apoyando todo el impulso en su pierna derecha, soltando una espiración ronca cuando la tensión muscular repercutió en el cuádriceps herido.
Lo recibí contra mi pecho, absorbiendo el impacto y sujetándolo con fuerza por el cinturón de cuero.
Su frente empapada de sudor y lluvia rozó mi cuello; respiraba con esfuerzo, con el pulso acelerado latiéndole en la yugular, pero mantuvo la verticalidad sin doblar la rodilla vendada.
—Ya estamos abajo —dijo tras recuperar el compás de la respiración—. Las aguas de esta quebrada vierten hacia el Pacífico. Estamos en territorio chileno.
Continuamos la marcha durante otra hora por la penumbra verde del bosque, guiados únicamente por la inclinación del terreno y el rumor creciente de un torrente cercano.
La fatiga amenazaba con entumecerme los brazos y las rodillas, pero la certeza de haber quebrado el cerco policial actuaba como un motor constante que me impedía flaquear.
Hacia las seis y media de la mañana, la maraña de vegetación comenzó a clarear. La noche se disolvió en una claridad plomiza que descendía desde las cumbres nevadas.
La senda desembocó en una orilla ancha de arena volcánica y cantos rodados.
Frente a nosotros se abrió la inmensidad del Lago Todos los Santos.
El agua era una lámina quieta de tono verde esmeralda, profunda y limpia de oleaje, donde se reflejaba con nitidez la mole del volcán Osorno.
La cumbre nevada se alzaba solitaria contra un cielo que clareaba en tonos cobalto hacia el este.
La serenidad fría de aquel espejo de agua contrastaba con el tiroteo y la sangre que habíamos dejado a nuestras espaldas.
—Peulla —dijo Adrián, señalando hacia un embarcadero de maderos oscuros a unos doscientos metros sobre la ribera.
Amarrada a los pilotes cubiertos de líquenes flotaba una barcaza de carga de casco bajo, reforzada con planchas de acero remachado, de las que realizaban tareas de cabotaje lacustre trasladando combustible y fardos de provisiones hacia los poblados del oeste.