Capítulo 31 El Ombligo del Mundo
Tomamos tierra en la pista de Mataveri, una franja de asfalto encajada entre conos volcánicos y el rumor sordo del oleaje austral.
Al poner un pie en la escalerilla metálica, el viento me sacudió la ropa con fuerza.
El aire traía el salitre limpio del mar y el aroma áspero de la tierra volcánica humedecida por el chubasco.
Adrián caminaba un paso por delante de mí.
Cargaba la bolsa de lona sobre el hombro bueno.
El otro seguía sin perdonar cargas. Al bajar el último peldaño, amortiguó el peso sobre la pierna sana para proteger el muslo herido, que aún se recuperaba del impacto sufrido durante nuestra huida.
Llevaba el cuello de la cazadora alzado contra las rachas de aire.
—Mantén el paso —dijo en voz baja, sin girar la cabeza—. Si preguntan en la cabina, venimos por las prospecciones arqueológicas. Dos semanas.
—Conozco la historia, Mateo —respondí, ajustando la correa de mi bolso.
—La documentación es sólida, pero basta una vacilación para despertar sospechas. Entramos y salimos sin cruzar miradas innecesarias.
—No voy a cometer errores.
En el puesto de control aduanero entregamos los pasaportes a nombre de Lucía Vega y Mateo Silva.
El funcionario ojeó las páginas con lentitud de aduana.
Tras cotejar las fotos con nuestros rostros, estampó el sello sobre el papel con un golpe seco.
Nos devolvió los cuadernillos sin pronunciar una sola palabra.
La documentación que Ramos nos había facilitado en Lisboa, pulida y registrada con precisión, volvía a superar los filtros sin levantar alertas.
Cruzamos la terminal pequeña y salimos a la resolana de media tarde.
Descartamos buscar alojamiento en el pueblo de Hanga Roa, donde cualquier presencia extraña llamaba la atención de vecinos y pescadores.
En un cobertizo de chapa junto al linde del aeródromo, pagamos en efectivo el alquiler de una camioneta vieja con tracción doble y recogimos la llave de una cabaña de piedra en la costa sureste, apartada de las rutas habituales.
Subimos al vehículo. El motor arrancó con un traqueteo bronco que transmitió su vibración a la chapa del suelo. Adrián desplegó la carta topográfica sobre sus rodillas, repasando las cotas con la yema del índice.
—Sal por la pista de tierra hacia el este —me indicó—. No toques la travesía principal. Cuanto menos nos vean rodar por el pueblo, más tardarán en atar cabos si alguien empieza a preguntar por dos forasteros.
—¿Crees que Torres tiene gente apostada aquí? —pregunté, engranando la marcha corta.
—En la isla todavía no —dijo, vigilando el retrovisor exterior—.
Pero mantiene contactos en la Dirección de Aeronáutica en Santiago.
En cuanto revisen los manifiestos de pasajeros del vuelo mixto y salten dos pasaportes europeos recién sellados, sabrán hacia dónde mirar.
Tenemos entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas antes de que muevan ficha.
—Tiempo para asegurar la posición.
—Un día si la suerte aguanta. Menos si ha comprado a algún enlace en la capitanía de puerto.
Conduje con calma por la pista de tierra rojiza.
El camino costeaba llanuras desiertas salpicadas de escoria volcánica donde pastaban caballos salvajes de crines alborotadas por el vendaval.
A la derecha, el océano levantaba crestas blancas que reventaban contra los cantiles de roca porosa.
A la izquierda se elevaba la ladera cenicienta del volcán Rano Raraku.
Más adelante, la pradera descendía en una suave pendiente hacia la plataforma de Ahu Tongariki: quince gigantes de piedra erguidos de espaldas al mar, con sus rostros toscos tallados en la toba volcánica mirando hacia el corazón de la isla.
—Impresionan —murmuré, aflojando la presión en el acelerador al cruzar frente a la hilera de gigantes.
—Son un excelente punto de referencia visual —comentó Adrián, estudiando la explanada con mirada táctica—. Pero a su alrededor no hay una sola mata alta donde cubrirse. La pradera entera es un campo abierto.
—Nuestra cabaña está en la loma superior, justo encima del cantil.
—Por eso acepté esa ubicación. Domina la ladera y no deja puntos muertos en el acceso marítimo.
Llegamos al refugio diez minutos después.
Era una construcción baja y circular, levantada con bloques gruesos de basalto poroso para resistir los temporales del océano austral.
Tenía vanos rectangulares estrechos en los muros y una cubierta de chapa ondulada sujeta con vigas de eucalipto ancladas a la roca madre.
Adrián descendió de la camioneta. Dio una vuelta completa al perímetro exterior, examinando la caída del terreno y los salientes de lava antes de empujar el portón de madera curtida.
—La línea de tiro es limpia —dijo, señalando el declive de pastizal que bajaba hacia la caleta—. Desde esta cota se domina cualquier avance a más de trescientos metros. Nadie puede aproximarse sin quedar expuesto a la luz.
—Y nosotros tampoco tenemos vías de escape si nos cercan por el norte —añadí, descargando mi macuto sobre las losas frías del suelo.
—Llevamos meses sin rutas de escape, Valeria. Al menos aquí el terreno es franco. No hay callejones ciegos ni los recovecos oscuros de Valparaíso.
Adrián pasó la tranca de hierro y recorrió la estancia.
El refugio se reducía a un espacio amplio con una mesa de tablones sin cepillar, dos bancos de madera tosca, una alacena empotrada en la piedra y un jergón de lana en el rincón más resguardado de las corrientes.
Al fondo, un hogar de piedra negra conservaba ceniza seca de fuegos anteriores.
Colocó sobre la mesa el cajón de madera que habíamos recogido media hora antes en el muelle de Hanga Piko, llegado desde la costa chilena bajo la etiqueta de repuestos para motores marinos.
Con una palanca de hierro forzó los precintos metálicos y levantó la tapa.
En el fondo, envueltas en bayetas impregnadas en grasa mineral, descansaban las pistolas, varios cargadores de repuesto y tres cajas de munición de nueve milímetros.
Me acerqué a la mesa y me senté en el banco frente a él. El olor denso del lubricante sintético y el aceite de armería llenó de inmediato el aire de la habitación.
—¿Por cuál empezamos? —pregunté.
—Coge la compacta —dijo, pasándome las piezas despiezadas de la Heckler & Koch—. Limpia los raíles de la corredera y encaja el resorte recuperador.
Tomé el armazón de polímero negro entre las manos.
Durante años, mis dedos solo habían manipulado mangos de madera de abedul, cerdas finas de marta, espátulas de asta flexible y gasas impregnadas en esencia de trementina o alcohol bencílico para levantar barnices oxidados en las salas de restauración del Museo del Prado.
Ahora mis yemas reconocían con la misma minuciosidad el tacto frío del acero pavonado y la tensión precisa del cerrojo.
Encajé la corredera sobre las guías metálicas, comprimí la varilla guía y tiré hacia atrás hasta escuchar el clic seco del fiador al trabar el mecanismo.
—Recorrido limpio —dije, comprobando el juego de la retenida.
—Bien montada —asintió Adrián, sin apartar los ojos de su propio armazón—. Tienes una precisión envidiable en las manos.
—En restauración trabajas con márgenes de décimas de milímetro. Si te pasas un milímetro al retirar una reintegración antigua con el bisturí, destruyes una veladura original del siglo diecisiete.
—Aquí un milímetro de fallo te cuesta la vida.
Terminó de ensamblar su arma y alineó los cargadores sobre la madera. Abrió una caja de cartón y empezó a introducir los cartuchos uno a uno. El muelle del peine cedía con un crujido metálico bajo la presión de su pulgar.
—Ochenta y seis balas en total —dijo, deslizando dos cargadores llenos hacia mi lado de la mesa—. Nada de apresurarse si la situación se complica. Si asoman por la pista del norte, cúbrete tras el saliente del hogar. Yo cubriré la senda que sube de la playa.
—¿Vendrá Torres en persona? —pregunté, cargando mi segundo peine. Sentí el metal frío contra la piel de mis dedos.
—No encabezará el asalto, pero estará cerca para cerciorarse de que no quedamos vivos —respondió él, apoyando la pistola montada sobre los tablones—.
Alquilará una embarcación en el continente o contratará un pesquero de altura para entrar de noche por alguna cala desprotegida.
Traerá a tres o cuatro hombres de su círculo cerrado.
No necesita un ejército para registrar una isla de estas dimensiones.
—Sabe lo que tenemos guardado.
—Sabe que los documentos de Setúbal lo conducen directo a prisión —afirmó Adrián—. Las transferencias de Ginebra y las sociedades ficticias de Lisboa bastan para demoler toda su red. No puede permitirse dejar testigos.
Me levanté del banco y caminé hacia la esquina más sombría del habitáculo. Me arrodillé junto a una losa de basalto que presentaba una holgura mínima sobre el suelo de tierra apisonada. Introduje la punta de mi navaja en la junta seca y levanté el bloque de piedra con un esfuerzo medido.
Bajo la losa, el hueco excavado en la toba estaba seco. Coloqué allí la carpeta plastificada con los manifiestos marítimos y las copias de las transferencias. Devolví el bloque a su posición y froté tierra volcánica sobre las ranuras hasta que la junta quedó sellada, invisible a simple vista.
Adrián me observaba apoyado en el borde de la mesa, con los brazos cruzados y la respiración acompasada.
—Si no sobrevivimos a esta noche, esos papeles saldrán a la superficie de todas formas —dije, sacudiéndome el polvo oscuro de las rodillas.
—Vamos a salir de aquí, Valeria —contestó con voz pausada—. Pero antes hay que acondicionar el exterior. No quiero puntos ciegos cuando caiga la noche.
Salimos a la ladera. El viento soplaba del suroeste con mayor violencia, trayendo ráfagas de aire húmedo que peinaban el pastizal en ondas continuas.