Capítulo 28 Sangre en la Escarcha #2
Pronunciar su nombre fue el único anclaje que me impidió ceder al entumecimiento que me invadía la nuca. Ella seguía abajo, en una cabaña tiroteada, custodiando los expedientes y esperando un regreso que no admitía demora.
Recuperé mi arma, limpié la nieve del cañón contra la tela de mi abrigo y la enfundé en la cadera.
Me arrastré sobre los codos hasta el cadáver del sicario.
Con manos temblorosas registré sus bolsillos: extraje dos cargadores de nueve milímetros, un teléfono satelital bloqueado y una radio portátil sintonizada en una frecuencia táctica cerrada.
Guardé el material en el bolsillo interior de mi anorak.
Llegaba el tramo más duro: ponerse en pie.
Planté ambas palmas sobre el reborde de granito, flexioné la rodilla derecha y empujé con los tríceps y el torso para levantar el peso muerto de la cadera.
Al intentar cargar un ápice de equilibrio sobre el lado herido, la pierna izquierda fue una masa insensible atravesada por descargas punzantes.
Un calambre lacerante me subió hasta la fosa ilíaca, arrancándome un resoplido sordo.
Me tambaleé sobre la roca con el horizonte girando en un torbellino blanco, hasta que logré clavar la suela derecha en una fisura del suelo.
La ventisca soplaba de frente con rachas del sudoeste, arrojando agujas de hielo que castigaban el rostro.
Inicié el descenso.
Cada metro ganado exigía un esfuerzo brutal del tronco y la cadera sana para arrastrar la pierna inutilizada a través de la nieve acumulada, que superaba los cuarenta centímetros.
La bota izquierda se hundía como un bloque de plomo, obligándome a balancear los hombros y apoyarme en los troncos de los coihues para no caer.
A mitad de camino, el pie derecho resbaló sobre una laja húmeda oculta bajo la nieve virgen.
Caí de costado contra un talud de raíces.
El golpe en el muslo vendado me arrancó un gemido que el viento barrió al instante.
Quedé tendido sobre las agujas de pino congeladas, con la mejilla pegada a la escarcha, sintiendo el frío que comenzaba a anestesiarme los pómulos.
Una pesadez de plomo se asentó en mis hombros, una llamada sutil que me tentaba a permanecer inmóvil y dejar que el temporal hiciera su trabajo.
«Muévete, Silva. Arriba.»
Clavé los dedos en la tierra helada. Avancé medio metro, un metro, dejando tras de mí un surco continuo donde la sangre filtrada por el cinturón dibujaba una línea oscura sobre la nieve.
La vista se me nublaba por intervalos; los troncos del bosque parecían doblarse como sombras líquidas en la luz cenicienta del crepúsculo.
Cuando alcancé el linde del claro que rodeaba el refugio, la fuerza en los brazos se agotó por completo. Me apoyé de rodillas contra el tronco quebrado de un radal, jadeando, con los latidos martilleándome las sienes con un pulso débil.
A través de la cortina de nieve, la pesada puerta de madera del refugio se abrió de golpe.
Valeria salió a la intemperie envuelta en su abrigo oscuro, con la capucha levantada y los guantes empapados de nieve.
Buscaba el origen de los disparos ladera arriba, escudriñando la penumbra entre los troncos.
Quise gritar su nombre, pero de mi garganta solo brotó un murmullo que el viento devoró de inmediato.
Alcé el brazo derecho y golpeé la corteza del árbol dos veces con el canto de la mano.
Valeria giró la cabeza en seco. Sus ojos tardaron apenas un instante en recortar mi figura medio sepultada en la nieve.
No dudó un solo segundo. Se lanzó ladera arriba a través de los ventisqueros, hundiendo las botas en la nieve hasta la pantorrilla, braceando contra las ráfagas heladas con energía decidida. Tropezó con una raíz oculta, pero recuperó el equilibrio sin detenerse hasta llegar a mi altura.
Se arrojó de rodillas en la nieve a mi lado. Sus manos me sujetaron los hombros y el rostro con una mezcla de firmeza y urgencia.
—¡Adrián! —su voz quebró el rumor del vendaval, cargada de una angustia que me devolvió la lucidez—. Dios mío, estás perdiendo demasiada sangre...
—El tercer hombre está neutralizado —conseguí articular, notando los labios acorchados por la congelación—. El bosque está despejado... pero la pierna no responde.
Valeria bajó la mirada hacia el muslo izquierdo, donde el cinturón de cuero estrangulaba la tela ensangrentada.
Su expresión se endureció en un instante, adoptando esa concentración fría y meticulosa que tantas veces le había visto al examinar la degradación de un pigmento antiguo o el soporte quebrado de una tabla en su taller.
—Te tengo —dijo, pasando su brazo por debajo de mi axila izquierda y aferrando mi costado con fuerza—. No te vas a quedar aquí fuera. Apóyate en mí y empuja.
—Peso demasiado, Valeria... te voy a tirar al suelo.
—Cállate y usa la pierna buena. ¡Ahora!
Reuní el último residuo de energía que quedaba en mi sistema nervioso.
Afiancé la bota derecha en el terreno firme y empujé hacia arriba mientras ella tiraba de mi torso con una potencia sorprendente para su complexión.
Logré ponerme en pie, tambaleándome; pasé mi brazo derecho sobre sus hombros y descargué una parte considerable de mi peso sobre su cuerpo.
Valeria encajó el impacto con un gruñido ahogado, abriendo la base de sustentación de los pies para no ceder ante la inercia. Sus suelas crujieron contra la costra de hielo, pero mantuvo la verticalidad sin retroceder un milímetro.
—Paso a paso —me indicó al oído, con el aire caliente de su respiración rozándome la mejilla helada—. No mires el suelo. Fija la vista en el porche.
Cruzamos el claro nevado como un único bloque castigado por el temporal.
Cada paso representaba un combate contra el viento en contra y la nieve profunda que nos trababa los tobillos.
Yo arrastraba la extremidad inutilizada sintiendo el latido abrasador del torniquete en cada flexión, mientras ella sostenía el rumbo con obstinación muda, absorbiendo mis traspiés y corrigiendo la trayectoria cada vez que el mareo amenazaba con derribarnos.
El olor a resina de pino y a sangre tibia nos envolvía en una atmósfera cerrada, aislándonos del resto del mundo en aquel rincón desolado de la cordillera.
Alcanzamos los escalones de madera del porche. Valeria subió el primer peldaño tirando de mi abrigo, me ayudó a salvar el desnivel con la pierna sana y empujó la puerta hacia el interior con el hombro.
Entramos en el refugio.
El aullido del temporal quedó amortiguado al cerrarse el batiente de madera maciza tras nosotros.
Pero en cuanto mis botas pisaron los tablones secos del suelo, el flujo de adrenalina que sostenía mis conexiones motoras se interrumpió de golpe.
La articulación de la pierna derecha cedió sin previo aviso; la fuerza en mis brazos se desvaneció y caí de costado sobre la madera de pino, a dos metros de las cenizas frías de la chimenea.
Valeria cayó de rodillas a mi lado, respirando con dificultad, con las manos ya desabrochando las correas de mi anorak mientras sus ojos recorrían el muslo empapado en busca del maletín de emergencias.