Capítulo 28 Sangre en la Escarcha
El aire de la cordillera no entraba en los pulmones: los cortaba.
La ventisca encajonada entre las faldas del cerro Otto y el Nahuel Huapi soplaba con fuerza salvaje, arrojando nieve granulada que flagelaba la piel y reducía la visibilidad a ocho metros.
Cada inhalación quemaba los alvéolos con un regusto agrio a corteza de coihue y hollín frío de pólvora.
Avanzaba pegado a los troncos centenarios, cargando el peso en la cara exterior de las suelas para no quebrar la costra de hielo.
Un crujido en falso viajaría por la vaguada con la nitidez de una campana de cristal.
Sesenta metros ladera abajo, la cabaña de troncos y pizarra quedaba devorada por el temporal.
Valeria permanecía allí dentro, resguardada tras el muro de la cocina, con el revólver todavía tibio entre los dedos.
La imagen de su silueta junto a la alacena rota me quemaba el pecho con un dolor lacerante.
Había tenido que disparar a quemarropa para no morir sobre las baldosas.
La había arrancado de su taller del barrio de las Letras en Madrid, de sus microbisturís y el silencio minucioso de restaurar tablas quebradas, para arrastrarla a este matadero blanco en el sur del mundo.
Aquella cuenta era mía. Me tocaba a mí asegurar el perímetro antes de que el tercer tirador alcanzara la cresta de granito que dominaba la ladera norte.
El rastro sobre la nieve mostraba una técnica depurada: zancadas uniformes, con la puntera asentándose con suavidad antes de apoyar el cuerpo.
Aquel hombre no corría presa del pánico; se replegaba con el rigor de un profesional de campo.
Si lograba apostarse sobre el saliente basáltico, dispondría de una línea de tiro limpia hacia los ventanales partidos del refugio.
Le bastaría una ráfaga para barrer el salón.
Mantuve la nueve milímetros pegada a la pechera, memorizando el relieve de la corredera.
La vieja cicatriz del hombro, recuerdo del plomo portugués en los muelles de Setúbal, tiraba con una punzada sorda bajo las capas térmicas.
El frío extremo despertaba el tejido fibroso, pero mi mente lo relegó al archivo de sensaciones prescindibles.
Con una amenaza armada en el bosque, el dolor secundario se clausura.
Rodeé una pared de lajas cubiertas de liquen petrificado.
El vendaval aullaba en las copas de los cipreses con un estruendo continuo que devoraba el crujido de las ramas secas.
Me detuve tres segundos bajo un tronco inclinado, soltando el aire despacio por la nariz para evitar que el vaho revelara mi posición.
El terreno parecía despejado a la derecha, pero una anomalía en el manto blanco me detuvo: el dibujo de las suelas desaparecía de golpe frente a una barrera de ramas de calafate, sin huellas de salto ni marcas de apoyo hacia las rocas superiores.
Una trampa de distracción.
El instinto me obligó a alzar el cañón y la mirada en una sola fracción de segundo.
El tirador no subía a pie. Se había encaramado a la horqueta de un ciprés corpulento, a diez metros ladera arriba, buscando una posición cenital.
El fogonazo anaranjado rasgó la neblina antes de que pudiera completar el encare.
No hubo tiempo. El estampido llegó amortiguado por la ventisca, un chasquido metálico en el aire helado.
El impacto en el muslo me golpeó como un mazo de demolición.
No sentí el corte del metal en el primer segundo; fue una transferencia de energía bruta que me arrancó los pies del suelo y me segó la pierna de apoyo.
El proyectil perforó el cuádriceps, rozó el fémur y abrió un boquete ardiente de salida.
Giré en el aire sobre mi costado y me estrellé contra una placa de hielo.
El choque me vació los pulmones. Por reflejo del impacto, los dedos enguantados se abrieron; la pistola resbaló sobre la costra helada dos metros y quedó encajada en una fisura profunda entre dos peñascos.
Intenté rodar sobre el vientre, pero la pierna izquierda quedó atrás como un leño empapado. La descarga de calor líquido fue inmediata: una marea humeante que empapó el pantalón térmico y horadó la nieve bajo mi cadera.
Apreté los dientes hasta escuchar el crujido de mi propia mandíbula, sofocando el grito. Clavé los codos en la nieve y me arrastré de espaldas hasta apoyar los omóplatos contra el tronco rugoso de un coihue caído.
Un crujido pesado de madera anunció el descenso del tirador.
El hombre saltó sobre el manto blanco amortiguando el golpe con una flexión limpia de rodillas. Llevaba anorak de camuflaje invernal, pasamontañas oscuro y gafas de ventisca alzadas sobre la frente. Avanzaba con el arma apuntando al centro de mi pecho, midiendo las pisadas en la pendiente.
—Te advertí en Lisboa que no tenía sentido prolongar esto, Silva —dijo al frenar a cuatro pasos, con acento castellano seco filtrado por la lana—. Con un agujero en la pierna en mitad de esta tormenta no duras ni diez minutos.
Dejé caer la barbilla sobre el pecho, aflojando los hombros para simular que el shock hemorrágico me dejaba inconsciente. A través de las pestañas cubiertas de escarcha, vigilaba sus pasos, calculando la distancia entre sus botas y mi mano derecha, oculta bajo la solapa de mi abrigo.
Deslicé la palma hacia el bolsillo interior hasta aferrar la empuñadura de mi navaja táctica.
—Nos habéis hecho mover recursos por medio continente —continuó el sicario, ladeando la cabeza—. Desde Setúbal hasta este agujero del sur. Pero Torres no deja facturas sin cobrar.
—Torres... terminará entre rejas en cuanto la documentación de la aduana llegue a la fiscalía —murmuré con voz rota, forzando un silbido asmático.
El hombre soltó una risa breve.
—Esos papeles no van a salir de este bosque. Me aseguro de que te congeles aquí arriba, bajo a la cabaña a quebrar a la restauradora y recojo la carpeta azul. Trabajo limpio.
—Valeria no sabe nada de vuestros negocios —insistí, mientras mi pulgar liberaba en silencio el resorte de la hoja de acero.
—Esa mujer vio demasiado desde que Duarte Santos le puso delante los documentos de Lisboa. Y el cliente no tolera testigos con pulso.
El sicario dio dos pasos al frente. La boca del cañón quedó a setenta centímetros de mi frente. Adelantó su bota izquierda para fijar la postura sobre la nieve apelmazada, clavando el talón junto a mi rodilla derecha para asegurar el disparo al centro del pecho.
—Saluda a tu padre cuando llegues abajo.
No esperé a que completara la presión.
Mi brazo emergió del abrigo con una velocidad fulminante. La hoja de acero templado surgió con un chasquido y, descargando todo el peso del torso en una trayectoria descendente, clavé la punta en el empeine de su bota izquierda.
El filo atravesó el cuero reforzado y la lengüeta hasta quebrar los huesos del tarso con un chasquido seco, anclándose en la tierra congelada bajo la nieve.
El alarido del sicario fue un bramido salvaje que desgarró el viento.
El golpe le hizo perder el equilibrio hacia atrás, pero el pie ensartado quedó inmovilizado en el suelo como si un perno lo hubiera soldado a la roca. Al caer, el arma se le desvió hacia las copas y percutió un tiro ciego que segó ramas y arrojó nieve sobre nosotros.
Aproveché la fracción de segundo en que el dolor anulaba sus reflejos.
Rotando sobre la cadera derecha, ignorando el fuego que me abría el muslo en canal, me lancé en plancha sobre la costra helada hacia la hendidura basáltica. Estiré el brazo derecho; mis dedos rozaron el metal escarchado de mi nueve milímetros y se cerraron con firmeza sobre las cachas.
Me volteé sobre la espalda en un giro brusco.
El sicario, con los ojos desorbitados por la agonía, intentaba nivelar su pistola con una mano mientras con la otra tiraba inútilmente de la navaja clavada en su bota.
No le di esa opción.
Alineé el alza en el centro de su anorak y apreté el disparador dos veces.
Las detonaciones retumbaron contra la ladera rocosa.
Los proyectiles impactaron en su pecho a quemarropa, quebrando las costillas y arrojando el torso hacia atrás.
La fuerza del choque arrancó el mango de la navaja del suelo y el cuerpo se desplomó pesadamente sobre el manto blanco.
Su pistola rodó pendiente abajo y quedó sepultada en la nieve.
Un estertor húmedo tiñó de rojo el vaho de su boca antes de que sus pupilas quedaran fijas en la cerrazón del cielo andino.
El silencio del bosque volvió a caer de golpe, pesado y cortante.
Me dejé caer de espaldas contra la roca, jadeando. El aire gélido entraba en mi pecho como limaduras de hierro. Un pitido sordo me taladraba los oídos, síntoma directo de la caída de presión arterial por la pérdida de sangre.
Miré hacia abajo. El charco oscuro bajo mi muslo izquierdo se expandía derritiendo la nieve a su alrededor. Si no cortaba la hemorragia de inmediato, el colapso me dejaría sin sentido en minutos.
Me quité los guantes con los dientes. Con los dedos rígidos por el frío, desabroché la hebilla metálica de mi cinturón de cuero y lo extraje de las trabillas con tirones secos. Pasé la tira de cuero por debajo del muslo, cuatro dedos por encima del orificio de entrada.
Enhebré el extremo en la hebilla de acero, apoyé el talón derecho contra la roca y traccioné con toda la fuerza de los brazos y la espalda.
El torniquete fue un castigo abrasador. El cuero se incrustó en la carne viva, aplastando los haces musculares y comprimiendo la arteria contra el fémur.
Un velo de puntos oscuros nubló mi vista, seguido de una oleada de náusea amarga.
Tragué saliva, mantuve la respiración y pasé la traba por el agujero más apretado que alcancé.
El flujo continuo menguó hasta convertirse en un rezume lento y espeso. El torniquete compraba tiempo; marcaba la frontera entre resistir o quedar congelado en la ladera.
—Valeria... —murmuré con la lengua reseca.