Capítulo 27 Asalto en la Nieve #3
Corrí hacia el dormitorio sorteando los cristales y las astillas del suelo.
Arranqué del rincón la mochila impermeable donde ya habíamos guardado la carpeta sellada con los peritajes de Lisboa, el disco duro externo con los análisis de pigmentos y los documentos aduaneros de Setúbal, junto con el botiquín de primeros auxilios.
Me la ajusté a la espalda de un tirón y regresé al salón justo cuando una de las vigas del techo caía sobre la chimenea en una lluvia de brasas y chispas rojas.
Adrián avanzó hacia el vano del cobertizo trasero para asegurar la ruta de escape hacia el bosque antes de que el tirador de la cresta nos cerrara la salida. Llevaba el arma levantada, pegando el costado a la pared para ofrecer el menor blanco posible.
—¡Pégate a mi sombra y corre hacia los árboles cuando yo te avise! —gritó sobre el crujido del fuego que devoraba el ala este de la cabaña.
Cruzó el umbral roto del cobertizo y asomó medio torso hacia la pendiente nevada para vigilar el promontorio rocoso.
El disparo de rifle sonó lejano y seco desde la cumbre de los peñascos.
No hubo impacto en la madera. Escuché un chasquido cárnico y húmedo, seguido de un gruñido ahogado que le brotó a Adrián desde el fondo del pecho.
La fuerza del proyectil lateral le segó el equilibrio. La bala le atravesó el muslo, desgarrando la masa muscular del cuádriceps y haciéndolo girar sobre su propio eje antes de desplomarse pesadamente sobre la nieve acumulada en el rellano exterior.
—¡Adrián! —el grito se me escapó de las entrañas.
Me arrojé hacia el umbral resbalando sobre el aguanieve.
Adrián yacía de costado en la nieve virgen, sujetándose el muslo herido con ambas manos enguantadas.
Una mancha oscura y caliente se expandía a gran velocidad por el tejido rasgado de su pantalón de montaña, despidiendo un vaho espeso al contacto con el aire bajo cero.
—Maldición... —masculló entre dientes apretados, con el rostro contraído por el dolor que le irradiaba hacia la cadera—. Me ha alcanzado en el cuádriceps...
Intentó levantarse apoyando la rodilla derecha, pero en cuanto transmitió peso a la pierna izquierda, el músculo perforado no sostuvo la articulación y cayó de nuevo con un resoplido ronco. La sangre manaba con fluidez constante, tiñendo la nieve de un carmesí denso.
—No te apoyes en esa pierna —le ordené, asegurando la pistola en el bolsillo lateral de mi chaqueta y agachándome para pasar mis brazos bajo sus axilas—. Pasa tu brazo bueno por mi cuello.
—Valeria, sal de aquí... corre hacia el linde del bosque... yo lo cubro desde el cobertizo...
—¡Ni se te ocurra pedirme eso! —le espeté con una firmeza que no admitía réplica—. No te he sacado de dos balas dentro de la casa para dejarte desangrar en esta nieve. ¡Haz fuerza con la pierna derecha y arriba!
Pasé su brazo derecho por encima de mis hombros, rodeé su torso por debajo de las costillas con mi brazo libre y clavé las suelas de mis botas en la costra de hielo del suelo.
Tensé los músculos de la espalda y tiré hacia arriba con toda la energía que me quedaba.
El peso de su cuerpo corpulento cayó sobre mi costado con una pesadez enorme, haciéndome tambalear durante un segundo crítico.
Los gemelos me ardieron bajo el esfuerzo y sentí la tensión en mis propias vértebras sosteniendo la carga, pero logré enderezar las piernas y estabilizar la postura.
Adrián sofocó un gemido al rozar apenas la bota contra la nieve, pero logró afianzarse sobre su pie sano, transfiriendo la mayor parte de su masa a mi hombro.
A nuestras espaldas, la cabaña entera se convirtió en una pira ardiente.
El tejado de zinc crujió con estrépito y la estructura principal cedió hacia el interior en un torbellino de humo negro y ascuas incandescentes que el vendaval arrastraba hacia el valle.
El calor abrasador nos empujaba por la espalda mientras el aire helado de la ladera nos golpeaba de frente.
No podíamos mirar atrás ni detenernos un solo segundo.
Nos internamos en la pendiente nevada a trompicones, paso a paso, buscando el abrigo de los coihues y los alerces más densos.
Cada metro ganado en la cuesta requería una sincronización agónica: yo apretaba el torso contra su costado para evitar que cayera, mientras él arrastraba la pierna herida sin apoyarla, dejando a nuestro paso un reguero intermitente de gotas oscuras sobre la superficie blanca.
El aire en el borde de la espesura olía a resina quemada, a nieve triturada y al rastro metálico de la sangre que empapaba la tela de su pantalón.
La ventisca arreciaba con fuerza, azotándonos los rostros como una descarga continua de agujas congeladas; pero esa misma tempestad se convirtió en nuestra aliada, borrando la huella profunda de nuestros pasos apenas unos segundos después de abrir camino entre los matorrales.
El resplandor anaranjado del incendio se fue reduciendo a nuestras espaldas hasta quedar convertido en un parpadeo tenue que la tormenta terminó por engullir.
Nos adentramos en la penumbra espesa del bosque andino, sosteniéndonos con la respiración entrecortada en mitad de la noche blanca, en busca de un refugio antes de que el frío o la hemorragia terminaran de cobrarse su parte.