Capítulo 27 Asalto en la Nieve #2
Levanté el arma corta con las dos manos.
Apoyé los codos sobre el saliente rugoso de la mampostería volcánica para fijar la estructura de mis brazos, tal como Adrián me había corregido en el claro del bosque, encajé la mira delantera en el centro del chaquetón empapado del intruso y oprimí el disparador con un movimiento continuo y firme.
La pistola detonó tres veces seguidas.
El retroceso me sacudió los antebrazos y me comprimió los hombros contra la pared de piedra.
Las llamaradas de la boca de fuego iluminaron el pasillo con fogonazos cegadores y el eco ensordecedor rebotó contra las vigas maestras de la techumbre, llenando el espacio confinado de un humo acre que me escoció en los ojos.
El impacto detuvo al sicario en seco. Dos de las balas le atravesaron el pecho a quemarropa, perforando la tela impermeable y el chaleco blando con un chasquido sordo de tejido desgarrado.
El choque lo empujó hacia atrás contra la jamba astillada de la cocina.
El hombre resbaló de espaldas por la madera, soltando el arma con silenciador, que rebotó sobre las tablas hasta quedar detenida junto a la pata de la mesa auxiliar.
Cayó con la pesadez inerte de un fardo húmedo, sin emitir un solo quejido, mientras un reguero oscuro y humeante empezaba a manchar la madera clara del entarimado.
Quedó inmóvil, con el rostro cubierto apuntando hacia las vigas del techo.
Me quedé congelada en la misma posición, con los brazos extendidos y el cañón temblando levemente entre mis dedos entumecidos.
El aire gélido me quemaba la tráquea con una aspereza insoportable.
La realidad se asentó sobre mi pecho con la fuerza de un derrumbe: no había sido un tropiezo, ni un disparo ciego para asustar en la oscuridad; había buscado el bulto, había alineado las miras y había apretado el gatillo hasta verlo caer.
Adrián giró sobre el suelo con el arma levantada, buscando el origen de los estampidos a su espalda. Cuando vio el cuerpo tendido en el umbral de la cocina y reparó en mi figura apoyada en la piedra, la rigidez de sus hombros cedió en un descenso apenas perceptible.
—Maldita sea, Valeria... —articuló con la voz raspada por la pólvora, bajando el arma unos centímetros—. Me has salvado la vida.
—Iba a dispararte —conseguí murmurar; la mandíbula me vibraba por la descarga de adrenalina y apenas reconocí la aspereza de mi propia voz—. Tenía el silenciador a la altura de tu cabeza.
—Has hecho lo que tenías que hacer —dijo él, avanzando agachado hacia mi posición sin dejar de vigilar la abertura del salón—. No bajes el arma todavía. Mantén el ángulo.
Afuera, el tirador del bosque, descolocado por las detonaciones internas y comprendiendo que el asalto por la retaguardia había fracasado, intentó replegarse corriendo entre los troncos hacia la loma rocosa.
Adrián se asomó por el marco deshecho de la ventana, apoyó el antebrazo sobre la madera rota y disparó dos veces con una cadencia seca.
A unos treinta metros ladera arriba, una sombra se desplomó pesadamente sobre la nieve profunda junto a la base de un coihue. El fusil se le escapó de las manos y se deslizó pendiente abajo hasta quedar medio enterrado en la escarcha.
—Dos fuera —dijo Adrián, retirándose de inmediato de la línea del ventanal.
Pulsó el retén del cargador, dejó caer el armazón vacío en la palma enguantada e insertó uno nuevo con un golpe seco de la base de la mano. Luego se arrodilló a mi lado y me sujetó la muñeca con firmeza para bajar despacio el cañón de mi pistola.
—Mírame, Valeria. Escúchame.
Alcé la vista. El estampido confinado aún me resonaba en los oídos como un silbido metálico y los dedos se negaban a aflojar el agarre sobre el polímero.
—Está muerto, ¿verdad? —pregunté, señalando con la barbilla hacia el hombre del pasillo—. No se mueve.
—Está muerto. Y gracias a tu pulso seguimos respirando los dos —afirmó él, escrutando mis ojos con una gravedad serena—. Pocas personas habrían mantenido la calma para encajar dos tiros limpios en el centro del blanco en su primera vez. Has reaccionado a tiempo.
—Siento las manos como si las hubiera metido en un baño de ácido frío. No puedo estirar los dedos.
Adrián envolvió mis manos con las suyas, presionando los nudillos con un calor constante hasta que los tendones cedieron y la pistola descansó sobre mis rodillas.
—Es el golpe de la adrenalina cuando el cuerpo asimila el impacto. Deja que tiemble lo que tenga que temblar, pero no te disperses, porque todavía nos queda uno.
—¿El tercero? —pregunté, sintiendo un escalofrío que me recorrió la nuca.
—Eran tres en el rastro —explicó, señalando con la mano hacia el promontorio rocoso que dominaba la ladera norte—. El que falta es el líder del grupo. No disparó desde los árboles ni se arriesgó por el cobertizo. Está rodeando la cabaña por la cota alta para ganarnos la posición desde los peñascos.
—¿Por qué no huye si sus hombres han caído?
—Porque no son mercenarios que se asusten con bajas; son profesionales que no pueden volver con las manos vacías ante Varel.
Si gana la cima de las rocas, tendrá ángulo sobre toda la pendiente y sobre este tejado de chapa.
O peor aún: si lleva material de demolición o incendiario, convertirá esta madera en una trampa en cuestión de segundos.
Apenas terminó de hablar, un silbido agudo cruzó la ventisca exterior, seguido de un golpe sordo contra los tablones del porche delantero.
Un resplandor anaranjado y crepitante tiñó de golpe el marco destrozado del ventanal.
Una botella incendiaria o una carga de fósforo había estallado sobre las maderas del acceso principal.
En pocos segundos, los tablones de ciprés resecos por las heladas y saturados de resina prendieron con una rapidez voraz.
Llamaradas espesas treparon por las columnas del porche, devorando los pasamanos y alcanzando las vigas del alero.
Un humo negro y denso, cargado del olor asfixiante de la resina ardiendo y de compuestos químicos acelerantes, empezó a colarse en la vivienda empujado por las ráfagas del vendaval.
—¡Fuego! —tosí, cubriéndome la boca con el cuello de la chaqueta cuando la primera bocanada de humo me arañó la garganta.
—¡Tenemos que evacuar ahora mismo! —ordenó Adrián, incorporándose de un salto y sujetándome del codo para ponerme en pie—. ¡Esta estructura colapsará en menos de cinco minutos!