Capítulo 26 Fuego y Nieve #2
El frío me golpeó los pulmones en una inhalación profunda. Afuera, el mundo se reducía a un murmullo blanco. Los copos caían con una inclinación de cuarenta y cinco grados, arrastrados por un vendaval que barría las laderas y levantaba torbellinos de escarcha sobre la nieve acumulada.
Avancé a paso elástico por la senda que bordeaba la cabaña, manteniendo el peso del cuerpo adelantado para no resbalar en las placas de hielo ocultas bajo el manto fresco.
Llevaba la mano resguardada en el bolsillo del abrigo, con los dedos a escasos centímetros de la empuñadura de la pistola.
Mi cabeza se movía en barridos constantes, escudriñando la arboleda espesa, los bloques de roca volcánica y los ángulos muertos donde alguien podría apostarse.
El terreno descendía hacia una hondonada natural cubierta de matorrales de calafate y ramas caídas. Allí, a cien metros de la estructura de troncos, había tendido una línea de monofilamento de pesca de alta resistencia, anclada a una campana de latón enterrada bajo un tocón hueco.
Llegué al primer punto de anclaje. El hilo estaba tenso, cubierto por una fina película de escarcha.
Seguí la pendiente hacia el linde oriental, donde el bosque se abría hacia la vaguada por la que subía el antiguo camino maderero. Al aproximarme al segundo coihue, me detuve.
El cable no estaba tenso. Colgaba lacio, apoyado sobre una mata de helechos congelados.
Me agaché sobre una rodilla, pegando la espalda al tronco rugoso del árbol para reducir mi silueta contra el fondo blanco. Saqué la linterna, tapé el cristal con los dedos para filtrar el haz y proyecté una franja estrecha de luz sobre el suelo.
El extremo del monofilamento presentaba un corte nítido. No había sido el peso del hielo ni el paso de un animal; el plástico había sido seccionado con alicates o una navaja afilada.
Dirigí el haz de luz hacia la nieve virgen que cubría la vaguada.
A tres metros del tocón, el relieve del manto blanco mostraba tres depresiones profundas y regulares.
Huellas de botas de montaña con suela de dibujo militar, frescas, apenas cubiertas por el polvo de nieve que la ventisca arrojaba desde la ladera.
Los tres individuos avanzaban separados entre sí por intervalos de ocho a diez metros, utilizando los troncos de mayor porte como parapeto sucesivo en su ascenso.
Eran profesionales. Sabían cómo moverse en terreno quebrado sin apiñarse, evitando formar un blanco conjunto y manteniendo campos de fuego cruzados hacia la parte alta del cerro.
Apagué la linterna y me la guardé en el bolsillo.
No había tiempo para tender una emboscada en el bosque.
Con la visibilidad cayendo con rapidez y el viento borrando las marcas, buscar un enfrentamiento en campo abierto contra tres hombres entrenados era inviable.
La cabaña, con su muro central de mampostería de piedra volcánica, ofrecía la única posición defendible.
Me puse en pie y retrocedí sin hacer ruido, manteniéndome agachado en las vaguadas del terreno y usando los desniveles de la roca para cortar cualquier línea de visión directa desde la parte baja del sendero.
Corrí con zancadas largas y controladas, midiendo cada apoyo sobre la nieve blanda para no perder el equilibrio.
Llegué al cobertizo trasero de la cabaña con la respiración contenida. Golpeé la madera tres veces con los nudillos, con un intervalo de un segundo entre cada impacto.
—Silva —dije con voz clara pero baja.
El sonido de la barra de hierro al deslizarse fue instantáneo. La puerta se abrió hacia adentro y me deslicé al interior, cerrando de un empujón con la espalda. Valeria bajó la tranca de hierro, bloqueando el marco con un golpe seco.
Tenía el rostro pálido y la mirada fija en mi chaqueta, donde la nieve acumulada empezaba a derretirse en gotas oscuras.
—Están aquí —dije, regulando el ritmo de mis pulmones mientras me quitaba los guantes con los dientes.
—¿Cuántos? —preguntó ella, sin que la voz le temblara.
—Tres hombres. Han cortado la línea de la vaguada con alicates y suben por la arboleda este. Llevan equipo de montaña y avanzan en formación de asalto.
—Antonio Torres.
—O sicarios locales contratados a través de su gente en Buenos Aires —respondí, caminando hacia el centro del salón—.
Pudieron rastrear el pago de combustible en la estación de Bariloche o alguien vendió la matrícula del todoterreno en el control de Confluencia.
Saben que estamos dentro y no van a esperar a que caiga la noche; la ventisca les tapa el ruido de las botas, pero también les quita visión.
Entrarán antes de que la luz se apague del todo.
Metí la mano bajo la solapa de mi chaquetón y extraje la segunda arma que guardaba en el equipaje: una pistola compacta de nueve milímetros, ligera y fiable, con armazón de polímero.
Verifiqué que el cargador estuviera lleno, monté la corredera para alimentar la recámara y se la entregué a Valeria, encajando la empuñadura en su mano derecha.
Sus dedos se cerraron sobre el picado sintético con firmeza.
—Quince cartuchos en el cargador y uno listo para disparar —le indiqué en un susurro grave, mirándola a los ojos—.
El seguro está quitado. Si la puerta cede o rompen los cristales laterales, no preguntes quién es ni esperes a que den una orden.
Agarras el arma con ambas manos, mantienes los codos flexionados y disparas al centro de la masa corporal hasta que el blanco caiga.
Valeria asintió con un gesto breve de la cabeza.
—¿Cuál es mi posición?
Señalé con la mano hacia la estructura de piedra volcánica que sostenía la chimenea y separaba el salón del pasillo de servicio.
—Te cubres detrás de ese muro de sillería. Los troncos exteriores de la fachada no resistirán un impacto directo de fusil si traen armas largas, pero la piedra basáltica detiene cualquier calibre. Desde esa esquina tienes tiro limpio hacia la puerta del cobertizo y el acceso a la cocina.
—No voy a dejarte solo si entran por el frente.
—No me dejas solo, Valeria. Cubres mi retaguardia. Si intentan una maniobra de pinza entrando por delante y por detrás al mismo tiempo, necesito tener la certeza de que nadie cruzará ese pasillo a mi espalda. Confío en ti.
Valeria sostuvo el arma a la altura del pecho, con el cañón apuntando hacia el suelo en un ángulo de cuarenta y cinco grados, tal como le había enseñado en las prácticas de tiro en las canteras de Portugal.
—Nadie va a cruzar ese pasillo —afirmó.
Fui hasta la mesa de trabajo y apagué la lámpara de queroseno de un soplido.
La estancia quedó sumida de inmediato en una penumbra azulada y fría, iluminada únicamente por el resplandor rojizo de las brasas en el fondo del hogar y por la claridad mortecina de la nevada que rebotaba contra los cristales.
Me desplacé agachado hacia el ventanal del frente.
Me aposté bajo el alféizar de madera gruesa, con la espalda apoyada contra el tabique y la pistola desenfundada en la mano derecha, apoyada sobre la rodilla.
Con dos dedos aparté la cortina de lana apenas un par de centímetros para observar el claro que se extendía frente al porche.
A diez metros a mi espalda, escuché el roce de la ropa de Valeria al acomodarse tras los bloques de piedra volcánica.
Afuera, la tempestad alcanzó su punto más violento. El viento aullaba entre los cipreses con una furia sorda, arrojando ráfagas de nieve congelada contra la madera de la cabaña con el estrépito de mil perdigones de plomo.
Entonces, amortiguado por el rugido del temporal pero inconfundible para un oído entrenado, sonó un crujido seco en el linde del porche: una rama partida bajo la suela de una bota pesada.
Levanté la pistola y alineé los puntos de tritio de las miras con la sombra de la puerta principal.
El silencio dentro de la cabaña se volvió tan denso como el hielo que cubría los cristales. Esperé el primer impacto.