Mi Jaula de Sombras Capítulo 26 Fuego y Nieve
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Capítulo 26 Fuego y Nieve

El olor a solvente mineral competía con el humo resinoso del ciprés que ardía en el hogar.

En una estancia de apenas cuarenta metros cuadrados, aquellos dos aromas delimitaban los dos mundos que compartíamos bajo el techo de troncos: el arte de la restauración y la rutina seca del mantenimiento de armamento.

Sobre la bayeta de fieltro verde que cubría la mesa auxiliar, tenía despiezada mi pistola reglamentaria.

Pasé la baqueta de bronce con una gota de aceite por el ánima del cañón, sintiendo la resistencia de las estrías contra el metal.

Cuatro pasadas firmes, seguidas por un paño de algodón limpio para retirar cualquier residuo de pólvora o humedad.

En el clima de la cordillera, con la condensación que empañaba los cristales dobles a medida que la temperatura caía, descuidar el pavonado significaba encontrar picaduras de óxido en menos de una semana.

A tres pasos de mí, sentada frente al ventanal que daba a los cerros de Llao Llao, Valeria trabajaba en silencio.

La luz cenicienta del mediodía patagónico caía de plano sobre su tablero de pino.

Llevaba puesto un jersey de lana gruesa de cuello alto y tenía el pelo recogido en una coleta baja sujeta con una horquilla de madera.

Con la mano izquierda sostenía una lupa de aumento de seis dioptrías; con la derecha, empuñaba un bisturí de hoja curva con el que retiraba la costra de barniz oxidado de una talla de madera policromada.

Era un San Francisco de Asís del siglo dieciocho, procedente de la pequeña capilla de la península.

El párroco local, el padre Anselmo, se la había confiado diez días atrás tras descubrir que la supuesta investigadora europea instalada en la cabaña poseía un conocimiento sólido sobre imaginería virreinal.

Para los vecinos éramos Mateo Silva y Lucía Vega, un topógrafo forestal y una catalogadora de arte sacro que buscaban el sosiego del invierno andino para redactar informes técnicos.

Observé el pulso de sus dedos. No había prisa en su muñeca, solo una cadencia aprendida tras miles de horas frente a tablas carcomidas.

—Esa policromía tiene más de dos siglos y medio —dije, encajando el muelle recuperador en la guía de acero.

Valeria no apartó la vista de la talla. Con la punta de un hisopo humedecido en alcohol etílico y esencia mineral, limpió una mota de cera adherida al pliegue del hábito franciscano.

—Doscientos sesenta años, a juzgar por el estofado al temple sobre pan de oro —respondió en un tono pausado—.

Algún aficionado le aplicó un repinte al óleo a finales del diecinueve para tapar el hollín de los cirios.

Si retiro el barniz de dammar con demasiada rapidez, arrastro la base de yeso y el dorado se volatiliza.

—Requiere paciencia.

—En mi oficio, precipitarse destruye lo que no puede reemplazarse. No hay margen para corregir un corte en falso sobre madera antigua.

—En el mío tampoco —añadí, montando la corredera sobre el armazón con un encaje seco de los raíles—. La diferencia es que una bala perdida no destruye el pasado; arruina lo que queda por delante.

Valeria depositó el bisturí sobre el soporte de corcho.

Se quitó las gafas de aumento, dejándolas junto al frasco de disolvente, y giró la silla de madera hacia el centro de la habitación.

Apoyó los codos en las rodillas y me miró fijamente, estudiando la hilera de cartuchos de nueve milímetros que descansaban sobre el fieltro.

—Para cualquier instructor de la policía o un psiquiatra de juzgado, lo nuestro encajaría en una casilla predecible —dijo, curvando la comisura de los labios en un gesto irónico—.

Me sacaste de mi taller en Madrid en mitad de una noche de disparos, me mantuviste oculta en pisos francos en Oporto, me cruzaste en ferry hasta Tánger con pasaportes falsificados y me trajiste a una cabaña aislada frente al Nahuel Huapi.

El informe diría que he terminado confundiendo la necesidad de sobrevivir con la cordura.

Dejé la pistola sobre la mesa auxiliar, con el seguro puesto y el cargador vacío a un lado. Me recosté contra el respaldo de cuero gastado de la butaca.

—¿Te sientes una rehén, Valeria?

—Sé perfectamente lo que hago y con quién estoy —repuso sin pestañear—.

En Portugal te obligué a decirme la verdad sobre Antonio Torres y la red de blanqueo.

En Tánger te cubrí la retirada cuando los hombres de Duarte Santos intentaron bloquear la bocana del puerto.

Y si estoy en esta cabaña, mirando cómo limpias un arma mientras cae la nieve, es porque decidí cruzar este charco contigo por mi propia voluntad.

—El pasaporte a nombre de Lucía Vega está en el cajón del dormitorio —le recordé, señalando hacia el pasillo—.

Es un documento auténtico, emitido con identidad puente.

Hay dinero en efectivo en la caja metálica bajo la tarima, suficiente para comprar un pasaje de autobús hacia Puerto Montt o volar desde Santiago a cualquier ciudad donde Torres no tenga contactos. Nadie te impide marcharte.

Valeria se levantó. El roce de sus calcetines sobre el entarimado de pino encerado acompañó su avance hacia mi asiento. Se detuvo frente a mí, me miró a los ojos durante un instante y luego se sentó sobre mis piernas, pasando los brazos por encima de mis hombros.

El calor de su cuerpo atravesó la tela de mi camisa.

Apoyé las manos en su cintura, sintiendo la firmeza de sus costillas y el compás regular de su respiración.

El aroma a trementina y cera de abejas que impregnaba sus dedos se mezcló con la calidez del fuego y la frialdad sutil del aire que entraba por las juntas de la madera exterior.

—No busco una salida de escape, Mateo —susurró, con los labios a escasos centímetros de mi cuello—. Si quisiera huir, no me habría aprendido de memoria los calibres de tu maletín ni las rutas secundarias del paso Cardenal Samoré. Me quedo donde decida estar.

Alcé la mano y le aparté un mechón oscuro que le caía sobre la sien. Sus ojos reflejaban el resplandor anaranjado de los leños.

—¿Te acostumbras a la cordillera?

—Me acostumbro a nosotros —contestó—. A la calma entre dos tormentas.

La besé despacio, sin la urgencia que nos había empujado durante las semanas de persecución por el norte de África y las escalas clandestinas en Sudamérica. Valeria respondió con una presión suave de su boca, buscando el calor de mis labios con una entrega serena.

La levanté en brazos y caminé hacia el dormitorio.

En la penumbra de la habitación, el frío exterior dibujaba arabescos de escarcha en las esquinas de los cristales.

Nos despojamos de la ropa bajo el abrigo del grueso edredón de plumas.

La piel de Valeria estaba templada y tersa; sus manos descendieron por mi espalda, recorriendo mis omóplatos hasta detenerse en el relieve endurecido de mi hombro, donde la cicatriz redondeada de la bala recibida en Madrid formaba una marca pálida sobre el músculo.

Sus dedos trazaron el contorno con la misma delicadeza que empleaba para examinar las microfracturas en una tabla antigua.

—Ya no duele con los cambios de presión —murmuré contra su pelo.

—La madera vieja siempre recuerda dónde se quebró —respondió ella en un susurro—. Aunque la cola y las espigas hayan sellado la grieta.

Nos encontramos en un ritmo pausado, cobijados del viento que comenzaba a silbar contra los aleros del tejado.

Fue una entrega sin prisas, un anclaje físico a la realidad de estar vivos en aquel rincón del mundo, lejos del asfalto de Madrid, de los expedientes judiciales y de la sombra persistente de quienes aún nos buscaban.

Dos horas más tarde, el panorama exterior había cambiado.

Me vestí con ropa térmica, pantalones de montaña reforzados y un jersey grueso de lana oscura. Me calcé las botas de caña alta, ajustando los cordones con firmeza para impedir que la nieve se filtrara hacia los tobillos.

El cielo sobre la península de Llao Llao se había transformado en un bloque uniforme de plomo grisáceo.

Las copas de los coihues y los radales se mecían con fuerza bajo ráfagas de viento helado que descendían directas desde los glaciares del monte Tronador.

El barómetro colgado junto al marco de la entrada marcaba una caída de cuatro hectopascales en apenas cuarenta minutos.

Valeria estaba de pie junto a la estufa de hierro fundido, sosteniendo una taza humeante de infusión entre las manos. Había vuelto a recogerse el pelo y me observaba con esa atención que no requería palabras para advertir el peligro.

—La visibilidad en el lago está bajando a menos de doscientos metros —dijo, mirando por el cristal empañado—. El temporal va a cerrar el camino vecinal antes del anochecer.

—Por eso mismo tengo que salir ahora —respondí mientras me enfundaba el chaquetón impermeable y encajaba la funda pistolera bajo la axila izquierda—.

Si el peso de la nieve vence las ramas bajas, los cables de alerta que instalé en la vaguada van a ceder.

Si alguien intenta aproximarse aprovechando la cortina blanca, nos quedaremos sin aviso.

—¿Vas a recorrer toda la línea perimetral?

—Solo la senda inferior y el cruce entre los dos coihues centenarios. Quince minutos.

Me acerqué a ella. Tomé la taza de sus manos, la dejé sobre la mesa de madera y le sostuve la mirada.

—Si escuchas ruidos en el porche, no abras bajo ningún concepto. Si soy yo, daré tres golpes secos con los nudillos y diré mi apellido falso antes de meter la llave.

—Tres toques y Silva —repitió Valeria con voz firme—. Y si no oigo la consigna, la tranca de hierro se queda puesta.

—Exacto.

Revisé la linterna táctica, metí un cargador de repuesto en el bolsillo del pecho y deslicé la corredera de la pistola para verificar visualmente el cartucho en la recámara antes de enfundarla.

Abrí la puerta principal lo justo para pasar, sintiendo el impacto seco del aire polar en el rostro, y cerré de inmediato tras de mí.

El cerrojo interior encajó con un chasquido metálico.