Capítulo 25 Patagonia #2
Adrián cerró la puerta a sus espaldas y escuché el chasquido del cerrojo al trabar contra el marco de piedra.
Me quedé a solas en la cabaña. La soledad de la montaña era absoluta, rota únicamente por el silbido continuo del viento entre las ramas de los coihues y el impacto menudo de la nieve contra los cristales.
Dejé mi equipaje sobre un banco de madera y me acerqué a la chimenea.
En el leñero descansaban varios troncos de alerce partidos y un fajo de astillas de ciprés.
Como restauradora, mi memoria sensorial siempre ha respondido a las propiedades físicas de los materiales: la madera de alerce posee una estructura celular apretada, impermeable y resistente a la putrefacción gracias a su alta concentración de taninos y resinas, pero requiere una base de fuego viva para prender cuando el ambiente está saturado de humedad.
Coloqué un lecho de virutas secas en el fondo del hogar, dispuse encima cuatro teas cruzadas para asegurar la circulación del aire y encendí una cerilla larga.
La llama vaciló un segundo sobre la corteza grisácea antes de morder la fibra vegetal y levantar un hilo de humo aromático que ascendió por la campana de piedra.
Acomodé dos troncos más gruesos en los laterales y dejé que el tiro hiciera su trabajo.
Mientras el fuego cobraba cuerpo, fui hasta la cocina económica, llené un hervidor de hierro fundido con agua del bidón de reserva y lo asenté sobre la plancha caliente.
Me acerqué al ventanal que daba a la ladera posterior para seguir los movimientos de Adrián.
A través del cristal empañado por mi propia respiración, lo vi descender entre los troncos cubiertos de líquenes.
Caminaba con esa cautela calculada que formaba parte de su naturaleza, midiendo cada apoyo sobre la nieve para no abrir un surco innecesario que pudiera advertir nuestra presencia desde la distancia.
Lo observé detenerse junto a dos alerces que dominaban el camino alto de ripio.
Extrajo de su mochila los dispositivos pasivos de detección por infrarrojos y los sujetó a la corteza húmeda, disimulando las carcasas con musgo seco y fragmentos de corteza suelta.
Si alguien cruzaba el haz invisible en un radio de veinte metros, la pequeña unidad receptora que llevaba en el cinturón vibraría en silencio.
Luego avanzó hacia el cobertizo lateral para tender un hilo de monofilamento a ras de suelo entre dos raíces salientes, conectado a una clavija de alarma de circuito cerrado.
Al agacharse para tensar el cable bajo la escarcha, vi cómo su hombro herido se agarrotaba con una rigidez repentina.
La herida de bala sufrida en Madrid, consolidada en una cicatriz dura sobre el deltoides, acusaba el impacto del frío cordillerano.
Se detuvo unos instantes, soltó el aire despacio y rotó el brazo hacia atrás dos veces hasta que la articulación recuperó la soltura.
Ajustó el nudo con firmeza y prosiguió la marcha hacia la caleta del lago.
Allí abajo, medio oculta entre juncos helados y rocas volcánicas, examinó una barca de remos amarrada a un embarcadero rústico.
Comprobó los anclajes y la firmeza del casco de fibra de vidrio.
Teníamos una vía de escape despejada hacia la orilla opuesta si la pista de tierra quedaba comprometida por una partida de Torres.
Cuando Adrián comenzó a remontar la cuesta hacia el claro, el temporal arreció en copos espesos.
Me eché una manta de lana gruesa sobre los hombros y salí al porche.
Al escuchar el crujido de las tablas bajo mis pasos, su mano derecha bajó con un reflejo automático hacia la empuñadura del arma antes de que sus ojos reconocieran mi figura bajo el voladizo.
—Entra —le dije, apoyando las manos en la barandilla de madera helada—. La temperatura está desplomándose y llevas más de cuarenta minutos afuera.
Adrián subió los escalones, sacudiendo la nieve adherida a las perneras de su pantalón.
—Tenía que asegurar los accesos antes de que la nevada borre cualquier rastro —respondió. Tenía las mejillas enrojecidas por el viento y el vaho salía de su boca en bocanadas densas.
—El perímetro ya está cubierto. No puedes vigilar el bosque entero tú solo a diez bajo cero.
—En esta posición no tenemos patrullas amigas ni cobertura a la que recurrir si las cosas se complican —dijo, frotando los guantes para desprender el hielo de los nudillos—. Si los hombres que Torres contrató en Buenos Aires llegan hasta este rincón, no vendrán a negociar.
Me acerqué a él y abrí la manta para envolverle los hombros.
—El fuego ya calienta la estancia y he puesto agua a hervir. Pasa y tómate algo caliente.
—Si bajamos la guardia nos comen el terreno, Valeria.
—Esos sensores te darán margen para reaccionar si alguien cruza la loma, pero no te servirán de nada si tus reflejos fallan por agotamiento —repliqué, sosteniéndole la mirada con calma—. Llevas dos días en vela. Si te quiebras por cansancio, estaremos vendidos.
Adrián guardó silencio. Su respiración se fue acompasando con la mía en el espacio estrecho del porche. En sus ojos grises se adivinaba una fatiga profunda, contenida tras esa coraza protectora que levantaba cada vez que el peligro nos acechaba.
—No podemos permitirnos un fallo aquí —murmuró.
—Lo sé perfectamente. Por eso mismo entramos los dos.
Puse mi mano sobre su antebrazo y tiré suavemente de él hacia la puerta. Adrián cedió. Cruzamos el umbral, empujó la pesada hoja de ciprés y corrió los dos pasadores de forja hasta que el pestillo encajó con un chasquido en el marco de piedra.
En la sala principal, los leños de alerce y ciprés ardían con una llama viva y limpia, proyectando un resplandor dorado sobre los nudos de las vigas del techo.
El calor comenzaba a desplazar la humedad acumulada en las esquinas, llenando la estancia con la tibieza aromática de la madera que chisporroteaba en el hogar.
Serví dos cuencos de barro con una infusión humeante de hierbas silvestres que encontré en la alacena.
Adrián se quitó los guantes húmedos y el chaquetón, colgándolo cerca de la estufa para que el paño secara, y tomó asiento al otro lado de la mesa de pino.
Al apoyar los codos en la madera, flexionó el brazo lastimado con precaución; la tirantez de la cicatriz tardaría en disiparse bajo el efecto del calor.
—¿Cuánto tiempo calculas que resistiremos aquí? —pregunté, rodeando el cuenco caliente con las palmas para devolver la sensibilidad a las yemas de mis dedos.
—El tiempo necesario para que Ramos y la fiscalía formalicen el bloqueo de las cuentas internacionales de Torres —contestó tras dar un sorbo largo—. Si la Audiencia Nacional logra congelar sus fondos en Zúrich y Luxemburgo, se quedará sin liquidez para financiar a sus pistoleros en Argentina.
—¿Y si las órdenes de embargo se retrasan semanas?
—Seguiremos la ruta hacia el sur buscando un paso no vigilado hacia Chile a través de la cordillera. Pero este refugio nos da ventaja táctica: dominamos la única entrada por tierra y tenemos la barca lista en el agua si necesitamos evacuar por el lago.
Me recosté contra el respaldo de madera rústica, observando el crujido constante de las ascuas en el fondo del hogar.
La fibra del alerce, al calentarse, crujía liberando diminutas bolsas de resina atrapadas en el corazón del tronco, un sonido idéntico al que emitían los paneles antiguos de retablo cuando se sometían a los hornos de deshumidificación controlada en el taller de restauración.
Aquella analogía me devolvió, por un instante, a un mundo donde las fracturas podían soldarse con cola de conejo y espátulas térmicas, lejos de las balas y las identidades falsas.
Adrián observaba el mapa topográfico que había desplegado sobre la mesa, repasando con la uña las curvas de nivel que descendían hacia el brazo Tristeza del lago.
La luz de las brasas perfilaba los ángulos de su rostro, suavizando las líneas duras que la tensión constante había grabado en su frente.
—Esta noche me basta con saber que no sonará ningún teléfono —dije en voz baja, mirando el vapor que aún se elevaba de mi cuenco.
Adrián levantó la vista del plano. Dejó el jarro sobre la madera y sus dedos rozaron los míos sobre el tablero de pino, un contacto breve y sólido que transmitía una certidumbre más elocuente que cualquier promesa.
—Mañana revisaremos el canal de radio en la frecuencia de Ramos —dijo—. Por ahora, descansa.
El calor de la lumbre nos envolvía como una barrera protectora, mientras afuera el viento andino arreciaba contra los troncos del refugio con un rumor grave y continuo.
La nieve seguía cayendo sin tregua, borrando nuestras huellas en la espesura del bosque y sepultando cualquier indicio de nuestro paso hacia el confín del mundo.
Por primera vez en muchos meses, la noche nos pertenecía por entero.