Capítulo 25 Patagonia
El zumbido del terminal desechable sobre la consola bastó para quebrar la tregua que habíamos sostenido durante tres semanas en el entresuelo de San Telmo.
Yo estaba inclinada sobre la mesa, retirando con una torunda de algodón con alcohol isopropílico los restos de cera acumulados en una lupa pericial.
Al otro lado de la estancia, Adrián descolgó al segundo tono y activó el altavoz.
La voz del inspector Ramos llegó recortada por la estática, cargada con una sequedad que no presagiaba nada bueno.
En menos de un minuto, su informe demolió nuestra calma: Antonio Torres se había adelantado al auto de la Audiencia Nacional.
Horas antes de que la comisión precintara sus oficinas en Serrano y su residencia en La Moraleja, el banquero ya había vaciado sus cuentas en Zúrich, obtenido cobertura diplomática y despegado en un reactor privado hacia el cono sur.
No venía buscando un escondite pasivo donde aguardar la prescripción de sus delitos; venía a destruir los peritajes originales de Setúbal y a silenciarnos antes de que cualquier fiscal pudiera tomarme declaración bajo juramento.
Adrián cortó la comunicación. Desarmó el teléfono en tres piezas, partió la tarjeta SIM entre el índice y el pulgar y arrojó los restos al fondo de una taza con café frío.
—Recoge, Valeria —dijo con la respiración contenida—. Solo lo imprescindible: documentación, dinero y ropa térmica. Salimos en diez minutos.
A lo largo de los meses de huida, desde los refugios del Alentejo portugués hasta las pensiones en Madrid, mi cuerpo había aprendido a responder a sus alertas con disciplina inmediata.
Guardé la lupa en su estuche, desconecté el disco duro con las copias digitales de los análisis estratigráficos y lo acomodé dentro de su funda de neopreno.
Después tomé la carpeta con los certificados aduaneros de Setúbal y la guardé en el compartimento estanco de mi macuto.
Al rozar el papel verjurado con la yema de los dedos, sentí el relieve áspero de los sellos de plomo y lacre que Duarte Santos había estampado antes de morir; eran la prueba que demostraba cómo la red de Torres utilizaba el puerto luso para blanquear obras expoliadas bajo identidades falsas.
Adrián abrió el aparador. Extrajo su pistola de nueve milímetros y el arma compacta que me había entregado al llegar a Argentina.
Comprobó el ajuste de las guías y encajó el cargador con un chasquido seco.
Cuando me tendió mi arma, comprobé la posición del retén con el pulgar antes de guardarla en el bolsillo del chaquetón.
—¿Descartamos los vuelos comerciales? —pregunté ajustando las correas del macuto.
—Ezeiza y Aeroparque descartados —respondió—. Torres puede sobornar a cualquier funcionario o acceder a los manifiestos de vuelo antes del embarque.
—¿Cómo cruzamos el país?
—Por tierra. En Retiro los billetes se pagan en efectivo y nadie coteja identidades en las dársenas. Nos vamos a Bariloche. En los bosques cordilleranos tendremos cobertura natural y controlaremos los accesos con ventaja.
Dejamos una lámpara encendida para proyectar una sombra sobre las cortinas.
Bajamos por la escalera de servicio hacia el patio interior, sorteando los charcos del desagüe y el murmullo de televisores vecinos.
Salimos por el portón hacia el callejón lateral.
La noche de Buenos Aires nos recibió con una llovizna densa que arrastraba el tufo a asfalto recalentado y el humo lejano de las parrillas de la avenida.
Caminamos tres manzanas pegados a los portales, hasta que Adrián levantó el brazo en Independencia para detener un taxi libre.
—A Retiro. —Adrián se acomodó en el asiento trasero y pasó a través de la mampara un billete arrugado que zanjó cualquier conversación.
El conductor tomó el dinero, metió la marcha y se incorporó al tráfico bajo los semáforos empañados por la niebla.
El vestíbulo principal de Retiro era una marea humana bajo una estructura de vigas de hierro forjado y techos ennegrecidos por el hollín.
Por los andenes se mezclaban familias cargadas de hatos con peones que aguardaban los servicios nocturnos hacia las provincias.
En el ambiente flotaba un vaho denso de gasóleo y el serrín húmedo esparcido en las dársenas para absorber el barro.
—Quédate junto a las taquillas y vigila el pasillo —me susurró Adrián cerca de las cabinas telefónicas—. Voy a las ventanillas del sur.
—No tardes. —Apoyé la espalda contra el metal frío mientras repasaba el flujo de viajeros.
Adrián regresó cuatro minutos más tarde con dos pasajes a nombre de Mateo Silva y Lucía Vega. Diez minutos antes de las diez de la noche, el autobús puso en marcha el motor diésel, haciendo vibrar los cristales de la dársena, y maniobró con lentitud hacia la autopista.
Nos ubicamos en dos asientos de la planta baja, resguardados tras una cortina de terciopelo áspero que atenuaba el resplandor del pasillo.
Una luz azulada proyectaba perfiles alargados sobre el tapizado.
Cuando el traqueteo sobre la ruta se tornó constante, apoyé la cabeza en el hombro de Adrián.
El tejido de su chaquetón desprendía un olor a paño seco y lluvia fría.
A través de la tela percibía la tensión contenida de su cuerpo: no dormía.
Mantenía la mano dentro del bolsillo, rozando la empuñadura de la pistola, mientras sus ojos escudriñaban cada movimiento a través del reflejo del cristal delantero.
Durante las veintidós horas de travesía a través de la llanura pampeana y las mesetas patagónicas, el paisaje exterior se convirtió en una extensión oscura y solitaria, interrumpida por los destellos de silos de cereal o las luminarias de mercurio en General Acha y Neuquén.
El terreno fue quebrando en mesetas calizas y estepas interminables que el viento barría sin descanso.
Cada vez que el vehículo reducía la marcha en un cruce desolado o se escuchaba el rumor de pasos en la escalerilla superior, los dedos de Adrián se cerraban sobre el arma.
No aflojó la guardia en ningún tramo del camino.
El autobús apagó los motores en la terminal de Bariloche cuando las primeras luces del alba teñían de plomo los perfiles de la cordillera.
Al descender a la dársena, una ráfaga glacial nos golpeó en el rostro, trayendo un aire cortante cargado con la resina de los bosques altos y el humo tenue de las chimeneas lejanas.
Me subí el cuello de lana hasta la barbilla y solté una bocanada de vapor blanco que se deshizo en el acto. Mis dedos, habituados a la temperatura de los lienzos y a la fluidez de los barnices, tardaron varios segundos en amoldarse a la rigidez que el frío imponía en cada articulación.
—El aire corta la respiración. —Contemplé los macizos escarpados que cerraban el horizonte hacia el oeste.
—El temporal juega a nuestro favor —contestó Adrián cargando su macuto—. Con este viento nadie se detiene en la calle a examinar quién baja de los transportes.
—¿Ramos dejó algún contacto local?
—Ninguna persona física. Solo una consigna con llaves en una estafeta y unas coordenadas geográficas anotadas a mano.
Para eludir las cámaras del circuito de seguridad municipal, evitamos la hilera de taxis de la terminal.
Subimos a pie por una calle de grava hasta dar con un taller mecánico donde esperaba un sedán antiguo sin rótulos comerciales.
El dueño, un hombre de rostro curtido por la intemperie y manos manchadas de grasa mineral, apenas levantó los ojos de una culata de motor cuando Adrián le entregó el fajo de billetes acordado a través del canal ciego de Ramos.
—Hacia el brazo occidental del lago —le indicó Adrián al acomodarnos en los asientos traseros—. Bordeando la orilla hacia la zona de Llao Llao.
El coche avanzó a velocidad reducida entre coihues gigantescos y pendientes cubiertas por un manto espeso de nieve.
A nuestra derecha, las aguas oscuras del Nahuel Huapi rompían contra los cantos rodados de la ribera, levantando una espuma densa que se congelaba sobre las piedras.
Quince kilómetros más adelante, el conductor nos dejó al inicio de una pista forestal de ripio congelado, oculta tras un recodo pronunciado del bosque.
Adrián pagó la carrera y permanecimos inmóviles entre las matas de caña colihue hasta que el rumor del motor se extinguió en el fondo del valle.
Frente a nosotros, resguardada entre alerces centenarios y cipreses de la cordillera, se alzaba la cabaña.
Era una construcción sobria de troncos escuadrados levantada sobre un zócalo de piedra volcánica, coronada por un tejado a dos aguas cubierto por una costra de hielo.
Ramos había apalabrado el refugio a través de intermediarios al margen de cualquier registro catastral; constituía un enclave ciego, invisible para cualquier rastreo administrativo o judicial.
Subimos los tres peldaños del porche de madera.
Adrián introdujo la llave de hierro en la cerradura, forzó el giro del cerrojo oxidado y empujó la pesada hoja hacia dentro.
La estancia estaba sumida en una penumbra gélida.
El encierro de semanas dejaba un aire espeso, dominado por el poso seco de la ceniza en el hogar y los aceites del alerce.
—Entra y pasa la tranca —me indicó dejando su macuto sobre la mesa de pino—. Voy a revisar los accesos exteriores. No abras la puerta bajo ningún concepto, aunque oigas crujidos cerca del entablado.
—Ten cuidado en la bajada, Adrián —le advertí, observando los ventanales dobles—. Las lajas del sendero tienen placas de hielo resbaladizas.
—Sé por dónde piso. Revisa si hay leña seca junto a la estufa y pon agua a hervir.