Mi Jaula de Sombras Capítulo 24 El Jaque Mate #2
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Capítulo 24 El Jaque Mate #2

—Viene a por vosotros dos —sentenció Ramos con una aspereza amarga—.

Sabe que la prensa ha publicado los informes periciales y que el sumario está abierto, pero sus abogados le han garantizado que si destruye la carpeta física original de Setúbal y elimina a los dos peritos que pueden ratificar los análisis en sala judicial, el juicio se derrumbará por falta de prueba de cargo.

Ha activado a su red de seguridad en Argentina: pistoleros a sueldo y matones locales vinculados al puerto.

Tienen vuestro sector de San Telmo triangulado por el acceso a la biblioteca de hace tres días.

Están cercando la manzana ahora mismo. Tirad el teléfono y salid de ahí.

La llamada se cortó con un chasquido de línea muerta.

No vacilé. Lancé el móvil al suelo de baldosas y descargué el tacón de mi bota con todo mi peso sobre los circuitos, reduciendo el plástico y los chips a fragmentos triturados.

—Recoge la carpeta de Setúbal y el portátil —le dije a Valeria mientras me enfundaba la cazadora y pasaba la corredera de la nueve milímetros para introducir un proyectil en la recámara—. Vienen a limpiar el escenario.

Valeria no hizo preguntas. Introdujo los documentos originales en el compartimento estanco de la mochila, cerró las cremalleras impermeables, se calzó la mochila a la espalda y extrajo su pistola corta del bolso interior, comprobando el seguro con el pulgar tal como le había enseñado.

Me acerqué a la persiana y miré hacia abajo a través de la rendija.

En la esquina de Bolívar con Humberto Primo acababa de detenerse una camioneta negra con lunas ahumadas.

Cuatro hombres con impermeables oscuros y mochilas tácticas bajaron del vehículo sin cerrar las puertas con fuerza, desplegándose en abanico hacia nuestro portal.

—La entrada principal está muerta —susurré—. Tienen tiradores cubriendo el zaguán y la acera.

—¿La salida de atrás? —Valeria mantenía la mirada fija, serena.

—Por el patio de luces hacia el taller de Don Horacio. Sígueme pegada a mi espalda y no dispares a menos que te cierren el paso a un metro.

Salimos por la puerta de servicio de la cocina que daba al descansillo posterior.

El tiro de la escalera comunitaria olía a pintura fresca y a cañerías viejas.

Empezamos a bajar los peldaños de hierro fundido con movimientos cautos, apoyando las suelas de goma en los extremos de los escalones para evitar que la estructura vibrara.

Estábamos alcanzando el primer rellano cuando un impacto sacudió el edificio: arriba, en el descansillo principal, un ariete hidráulico acababa de reventar la puerta blindada de nuestro piso, astillando el marco de cedro contra el recibidor.

—Muévete —le ordené, empujándola con suavidad hacia el descansillo inferior.

Llegamos a la cancela del patio de luces, un rectángulo húmedo encajonado entre muros medianeros de cuatro alturas, cubierto por una maraña de tuberías de plomo y cables de luz. La lluvia caía a plomo sobre las baldosas rojas, rebotando en salpicaduras heladas.

De pronto, un tintineo de vidrios rotos resonó sobre nuestras cabezas.

En el tercer piso, un tirador asomó el torso por una ventana de guillotina, encarando una carabina automática hacia el patio.

Reaccioné por puro automatismo. Empujé a Valeria tras el pilar de mampostería que sostenía el depósito de agua comunitario, me afirmé sobre el suelo resbaladizo y levanté el arma con ambas manos.

El tirador comenzó a bajar el cañón para enfocar el blanco.

Antes de que pudiera apretar el gatillo, disparé dos veces seguidas.

Los proyectiles impactaron en la moldura de madera y en el pecho del agresor, que soltó el arma y cayó de espaldas hacia el interior de la habitación con un golpe sordo.

—¡A la escala, Valeria! —le grité, señalando los peldaños de hierro empotrados en el muro que separaba el patio del callejón del taller—. ¡Sube ya!

Valeria avanzó bajo el aguacero, aferró los travesaños de hierro oxidado y trepó con una agilidad limpia, ganando la albardilla superior en cuatro zancadas firmes antes de ponerse a cubierto tras un murete de ladrillo.

En ese instante, la puerta del zaguán inferior del patio se abrió de golpe.

Dos hombres con chaquetas tácticas irrumpieron en el espacio abierto: el primero portaba una escopeta de repetición con cañón recortado; el segundo avanzaba cubriéndole el flanco derecho con una pistola semiautomática de gran capacidad.

Esperé a que el hombre de la escopeta diera dos pasos hacia el centro del patio, donde los desagües formaban un remolino de agua sucia.

Salí de la cobertura del pilar, fijé el alza en el centro de su torso y apreté el disparador con tres detonaciones rítmicas.

El impacto de las balas lo levantó del suelo, proyectándolo hacia atrás contra los contenedores metálicos de basura.

El segundo pistolero reaccionó arrojándose detrás de una arqueta de cemento y vació medio cargador contra mi posición. Los proyectiles pulverizaron el revoque del pilar a diez centímetros de mis ojos, llenándome el rostro de esquirlas de cal y polvo abrasador.

El hombro herido me ardía por el esfuerzo de la postura y la tensión acumulada, pero obligué a mis pulmones a mantener un ritmo de respiración regular.

Me concentré en el sonido del mecanismo de su arma: seis detonaciones, una pausa, el chasquido metálico del cerrojo trabado al agotarse la munición.

En esa ventana de dos segundos salí de la esquina, corregí el ángulo y disparé dos tiros certeros al hueco del quicio donde el hombre intentaba encajar un nuevo cargador. El cuerpo se desplomó de costado, inmóvil sobre el suelo encharcado.

—¡Adrián, sube! —la voz de Valeria me llegó desde lo alto, dominando el bramido del temporal.

Aferré la escala de hierro, sintiendo el metal helado en las palmas, y subí los peldaños de tres en tres hasta alcanzar la cubierta de zinc del taller contiguo.

Arriba, el viento soplaba con fuerza, levantando láminas de agua de los tejados.

Valeria me tendió la mano para ayudarme a saltar el desnivel y nos deslizamos agachados por la vertiente de chapa ondulada hacia la claraboya de ventilación del taller de Don Horacio.

El maestro restaurador, tal como habíamos acordado en caso de evacuación de emergencia, había dejado la ventana entornada con una cuña de madera.

Forcé la hoja hacia fuera, me deslicé por el hueco y caí sobre el suelo de tablas del altillo, amortiguando el golpe con una flexión de rodillas. Valeria descendió un segundo después, recibida por mis brazos antes de tocar el suelo.

El taller de Don Horacio permanecía sumergido en una penumbra protectora, con su atmósfera inmutable de cera de abejas y virutas de cedro. El anciano no estaba; había recogido sus herramientas personales y cerrado el acceso principal horas antes, dejando el zaguán despejado.

Cruzamos la nave entre los bastidores cubiertos con lienzos blancos y alcanzamos el portón de carruajes que daba a la calle Humberto Primo.

Allí, estacionado bajo las ramas goteantes de una tipa centenaria, nos esperaba el viejo Peugeot gasóleo que habíamos adquirido días atrás con dinero en efectivo, con placas comunes de la provincia y el depósito lleno.

Abrí la cerradura con la llave manual, Valeria se deslizó en el asiento del acompañante acomodando la mochila entre sus piernas y yo me acomodé tras el volante.

Encajé la llave en el clausor y giré el contacto: el motor diésel arrancó con un traqueteo áspero y constante, llenando el habitáculo de una vibración familiar.

Metí la primera marcha y saqué el morro del vehículo hacia la calzada.

Dos manzanas más arriba, el destello azul de las sirenas policiales comenzaba a iluminar las fachadas de la calle Bolívar, atrayendo a las patrullas hacia el foco del tiroteo mientras nosotros nos deslizábamos en dirección opuesta, rumbo al distribuidor de la autopista 25 de Mayo.

Nos incorporamos al flujo de camiones y utilitarios que abandonaban la capital bajo el aguacero. A través del retrovisor vi desvanecerse los perfiles de los rascacielos de Buenos Aires entre la bruma del río.

Encaré la salida hacia la Ruta Nacional 3: una cinta de asfalto interminable que se abría paso hacia el sur, hacia la soledad abierta de la estepa patagónica y los bosques de la cordillera andina.

A mi lado, Valeria abrió la cremallera de la mochila, palpó el borde de cuero de la carpeta para asegurarse de que los certificados de Setúbal seguían intactos y levantó la vista hacia el horizonte plomizo que se abría más allá del limpiaparabrisas.

—Torres ya no tiene margen para esconderse en Madrid. —Una serenidad firme y dura asomó a su voz.

Ajusté el agarre del volante, sintiendo cómo el coche devoraba los primeros kilómetros de carretera abierta.

—Se le acabaron los intermediarios, Valeria. En el sur vamos a jugar en nuestro terreno.