Mi Jaula de Sombras Capítulo 24 El Jaque Mate
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Capítulo 24 El Jaque Mate

El aire en el sótano de Puerto Madero olía a café recalentado y al vaho espeso del Río de la Plata que rezumaba por las juntas del hormigón.

Eran las cuatro y doce de la madrugada. En la nave subterránea, seis hileras de terminales informáticos zumbaban con un rumor monótono de disipadores.

Al fondo, cerca de las máquinas expendedoras, dos marineros filipinos mataban el tiempo frente a una pantalla de póker digital, ajenos a cualquier movimiento que no fuera el reparto de cartas.

Me mantuve de pie a tres pasos del cubículo donde operaba Valeria, con la espalda resguardada junto a una columna de carga.

Desde mi posición controlaba el ángulo muerto del tramo de escaleras y el reflejo verdoso del ventanuco enrejado que daba al muelle de servicio.

La lluvia del sudeste azotaba el cristal con descargas irregulares, arrastrando partículas de fuel.

Mantenía la mano dentro del bolsillo de la cazadora, con los dedos reposando sobre el picado de la empuñadura, mientras la vieja herida me enviaba un latido sordo, una advertencia física que el frío rioplatense despertaba en el tejido cicatrizal.

Valeria no levantaba la vista del monitor.

La luz blanca del fósforo le recortaba el perfil, acentuando la palidez de las mejillas y la línea recta de sus hombros.

Sus dedos se movían por el teclado mecánico con la misma cadencia milimétrica con la que manejaba el bisturí sobre un lienzo cuarteado: pulsaciones limpias, sin vacilaciones en los retrocesos.

—Estoy compilando el paquete de los certificados de Lisboa —no apartaba la vista del código—. Añado los espectros de reflectografía infrarroja y las microfotografías de estratos donde se aprecia el blanco de titanio moderno bajo el barniz envejecido artificialmente.

—¿El rastro financiero está vinculado de forma directa a las mercantiles de Torres? —pregunté, escrutando la penumbra del acceso superior.

—Está soldado —un chasquido seco acompañó la presión de la tecla de función—.

Las tres cuentas fiduciarias en Zúrich que pagaron las transferencias a Duarte Santos en Setúbal coinciden al céntimo con las pólizas aduaneras que el inspector portugués selló antes de ser ejecutado.

Si los fiscales abren este archivo, ningún perito en Europa podrá sostener que las obras eran piezas novohispanas legítimas.

Es una falsificación montada para el lavado de capitales del cártel.

—No les des tiempo para levantar cortafuegos. El enlace de fibra transoceánica de esta dársena saltará a los repetidores de Dakar en cuanto el volumen de datos supere los veinte megas.

Valeria ajustó los parámetros de compresión. En la pantalla se desplegó una estructura de carpetas cifradas bajo un protocolo de veinticinco caracteres.

Durante las semanas que habíamos pasado esquivando miradas en San Telmo, tras cruzar el Atlántico en la bodega del carguero, la había visto transformarse.

La restauradora que examinaba con devoción minuciosa las capas de temple y resina en los talleres de Madrid había asumido la lógica del asedio.

Sus ojos conservaban la precisión visual del peritaje, pero en su respiración ya no quedaba rastro del pánico que la atenazaba en los primeros días de fuga.

Sabía que los informes que custodiaba en su memoria externa eran más letales que un cargador lleno de nueve milímetros.

—Lanzamiento múltiple enrutado en cascada —anunció, con la voz templada por una concentración absoluta—.

El paquete principal va directo al buzón encriptado de Ramos en Asuntos Internos.

La réplica entra en el servidor de guardia de la Fiscalía Anticorrupción de la Audiencia Nacional.

Y las copias documentales van a los tres jefes de redacción de los periódicos de Madrid con los que Ramos coordinó la apertura.

—Ejecuta.

Valeria pulsó la barra espaciadora.

Una barra de carga azul comenzó a devorar el ancho de banda de la terminal marítima. Diez por ciento. Treinta y cinco. Ochenta. Durante doce segundos, el único sonido en el sótano fue el silbido del ventilador de la torre y el golpeteo del agua contra los adoquines del muelle exterior.

Un bloque de texto verde apareció en el vértice superior: Transmisión completada. Nodos verificados.

Valeria apoyó las dos manos planas sobre la mesa de formica y exhaló el aire despacio, dejando que sus hombros bajaran un milímetro.

Desconectó la unidad extraíble, ejecutó el script de sobreescritura aleatoria en el disco local para no dejar rastro y guardó el disco duro dentro de la funda de neopreno estanca.

—El golpe está dado. —Se puso en pie y se ajustó la bandolera cruzada al pecho.

En ese mismo segundo, el teléfono desechable que llevaba en el bolsillo interior emitió dos zumbidos breves. Extraje el aparato cubriendo el brillo con la palma. En la pantalla parpadeaba una única palabra cifrada remitida por Ramos: RECIBIDO.

—Ramos tiene la carga en Madrid —le confirmé, tomándola suavemente del antebrazo para enfilar la salida—. En dos horas las rotativas estarán imprimiendo las portadas con los nombres de las sociedades interpuestas de Torres. Vámonos.

El amanecer sobre San Telmo tenía el color del estaño oxidado.

Regresamos al piso de la calle Bolívar por el laberinto de pasajes adoquinados, sorteando los charcos donde flotaban hojas caídas y restos de hollín.

Subimos los dos tramos de la escalera de madera del caserón decimonónico pisando junto a la pared para mitigar el crujido de las tablas de pinotea.

Una vez dentro del apartamento, corrí los dos cerrojos de hierro, pasé la tranca de seguridad y bajé las persianas de lamas de madera hasta dejar solo una rendija horizontal que permitía vigilar la acera de enfrente.

El silencio del piso era espeso, cargado con el olor a humedad de los muros viejos y el aroma residual del café frío.

Valeria dejó la mochila junto al aparador de caoba, sacó la carpeta de cuero donde conservaba los certificados originales en papel verjurado con los sellos de lacre de Setúbal y los dispuso sobre la mesa auxiliar.

Aquellos documentos eran la última prueba física original; si los destruían, las defensas legales de Torres intentarían impugnar las copias digitales alegando manipulación telemática.

Me quité la cazadora, revisé el resorte del cargador de la pistola y la dejé sobre la mesilla de noche, al alcance inmediato de la mano. Me senté en el borde del colchón, observando la calle a través de la rendija.

—Descansa dos horas —le dije a Valeria, cuya silueta se recortaba en la penumbra de la cocina mientras llenaba un vaso de agua—.

Si Ramos consigue que el juez firme los autos antes de las diez, la policía judicial intervendrá las sedes de Torres en Madrid y tendremos una ventana de doce horas para salir de la provincia hacia el sur sin que nos pisen los talones.

Ella se acercó y se sentó a mi lado. Tomó mi mano derecha entre las suyas; sus dedos estaban fríos, pero su agarre era firme.

—¿Crees que Ramos aguantará la presión en el complejo policial? —preguntó en un susurro—. Torres tiene informadores en el ministerio que le deben favores millonarios.

—Ramos es un perro viejo de Asuntos Internos.

No se mueve por lealtad institucional, sino por supervivencia.

Sabe que si Torres cae, él se queda con la jefatura de la unidad; si Torres sobrevive, a Ramos lo encontrarán en una cuneta con un disparo en la nuca.

Va a empujar el sumario con todo lo que tiene.

Nos quedamos en silencio, escuchando el paso pausado de los minutos. Dormité a intervalos breves, con esa lucidez tensa que no llega a ser sueño: registrando el silbido de una cañería o el azote del viento en los aleros de zinc.

A las diez y dieciocho de la mañana, el temporal arreció. Una cortina de agua densa golpeaba los cristales de la fachada.

De pronto, el teléfono desechable comenzó a vibrar sobre la madera del aparador.

Tres pulsos cortos. Silencio de dos segundos. Tres pulsos cortos. La secuencia de emergencia máxima.

Me levanté, cogí el terminal y descolgué activando el altavoz mientras Valeria se colocaba a mi costado, conteniendo el aliento.

—Silva —la voz de Ramos llegó rota por interferencias electromagnéticas y un eco lejano de portazos—. Se pudrió la plaza.

—Habla claro, Ramos —ordené, manteniendo el tono bajo—. ¿Qué ha pasado con el auto del juez?

—El magistrado de la Audiencia Nacional firmó la orden de detención internacional y el bloqueo de activos a las nueve y diez —escupió el inspector con una agitación que intentaba disimular—.

Pero tuvimos una vía de agua en el juzgado.

El oficial mayor de la secretaría estaba a sueldo de los abogados del holding.

Antes de que el funcionario registrara el auto en el sistema informático, Torres ya tenía una copia del borrador en su teléfono.

Apreté el terminal contra la oreja, calculando en décimas de segundo los tiempos de despliegue del enemigo.

—¿Dónde está?

—Se esfumó de La Moraleja en un helicóptero privado hacia Torrejón —continuó Ramos, con la respiración entrecortada—.

En la base corporativa lo esperaba su reactor ejecutivo, un Dassault Falcon con matrícula de conveniencia.

Despegó con plan de vuelo directo hacia Sudamérica antes de que la Guardia Civil pudiera precintar la pista.

Los radares militares lo sitúan ya sobrevolando el océano.

Valeria apoyó ambas palmas en el borde de la mesa, clavando los ojos en el aparato.

—¿Viene hacia Buenos Aires?