Mi Jaula de Sombras Capítulo 23 San Telmo #3
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Capítulo 23 San Telmo #3

Fui al dormitorio y saqué mi mochila de lona del armario.

Guardé tres mudas térmicas, los pantalones de repuesto, un jersey grueso de lana y los dos discos duros encriptados donde guardaba los análisis de espectrometría, las pruebas del fraude de Varel y los movimientos de las cuentas suizas de Torres.

Envolví los viales de resina en paños de microfibra para amortiguar cualquier golpe y ajusté las correas.

Cuando volví a la sala principal, Adrián había apartado los papeles de la mesa de caoba y mantenía desplegado un mapa de carreteras de la República Argentina.

Me coloqué a su lado. Al inclinarse sobre el papel para marcar una ruta con la punta de un lápiz, advertí la tensión en sus omóplatos, donde la vieja herida le recordaba el precio de los descuidos.

—¿Hacia dónde podemos ir? —pregunté en voz baja—. Si Torres maneja contactos en los puertos y en las terminales de transporte de la capital, cualquier estación de ómnibus o tren será una ratonera.

Adrián trazó una diagonal con la mina del lápiz hacia el suroeste, cruzando la pampa húmeda en dirección a los valles precordilleranos del norte patagónico.

—Hacia la provincia de Río Negro —dijo—. El área de Bariloche y los lagos andinos.

—¿Por qué la cordillera?

—Porque el terreno del sur juega a nuestro favor.

En una ciudad como Buenos Aires, a Torres le basta con pagar a una agencia de Retiro para acordonar un barrio en cuestión de horas.

En la Patagonia las distancias son inmensas, los pueblos quedan separados por leguas de estepa y los caminos de ripio permiten sortear los controles de las rutas nacionales. Allí su dinero pierde efectividad.

Observé el mapa extendido sobre la madera lustrada. La inmensidad de aquellas líneas me produjo un vértigo callado.

—Huir al sur no resolverá esto, Adrián. Aunque nos escondamos en un bosque de lengas, Torres no va a frenar.

Cuenta con recursos financieros inagotables y con la estructura residual que Varel dejó organizada.

Si nos limitamos a correr de un escondite a otro, llegará un día en que no nos queden fronteras que cruzar.

Él alzó la vista del mapa. Sostuvo el lápiz con pulso firme, sin sombra de vacilación.

—No vamos al sur a esperar que nos acorralen, Valeria. Vamos a ganar margen para que los documentos que guardas en esos discos hagan saltar la estructura por los aires.

Apoyé los dedos sobre el mapa.

—Entonces tenemos que golpear primero. No podemos quedarnos agazapados en una cabaña esperando que el cerco se cierre.

Los informes de Estoril, el análisis químico de los pigmentos modernos y las transferencias bancarias de Zúrich tienen que llegar a manos de la Fiscalía en Madrid y de Asuntos Internos a través de Ramos.

Solo así Torres pasará de cazador a prófugo.

Adrián sostuvo mi mirada durante unos segundos. Asintió despacio.

—Ese envío requiere una conexión de alta velocidad no intervenida. En Puerto Madero hay terminales de enlace satelital para buques mercantes que operan al margen de los servidores civiles. Haremos la transmisión antes de cruzar el límite provincial.

—Cincuenta y cincuenta —le recordé, apoyando mi mano sobre la suya—. Hasta el final.

Adrián dobló el mapa con pliegues secos y se lo guardó en el bolsillo interior de la cazadora. Dio un paso hacia mí y me sujetó las manos. El roce áspero de su piel y la firmeza de su agarre disiparon el resto de vacilación que me oprimía el pecho.

—Se acabaron las identidades prestadas, Valeria. A partir de esta noche no existe Lucía Vega ni el taller de San Telmo. Te saqué de Madrid y cruzamos el Estrecho juntos; no voy a dejar que nadie nos quite lo que nos queda.

—¿Cómo salimos de la capital sin dejar registro? —pregunté.

—Tengo un contacto en un taller mecánico junto al Riachuelo, en Barracas. Un preparador que trabaja con vehículos fuera de inventario para transportistas clandestinos. Nos entregará una camioneta usada por dos mil quinientos dólares en efectivo, sin contratos ni transferencias a nuestro nombre.

—¿Es de fiar?

—Es un hombre que vive de cobrar en mano y olvidar las caras de sus clientes al segundo siguiente. Pasaremos por Barracas a las dos de la madrugada y tomaremos la ruta tres antes de que comience el tráfico pesado hacia el sur.

Nos movimos con precisión metódica para no dejar ningún rastro en la vivienda. Quemamos en el fregadero de cinc cualquier anotación manuscrita. Tras guardar los útiles de aseo, dejamos las llaves sobre el aparador junto al fajo de billetes que cubría el mes entrante.

Adrián apagó la luz de la lámpara.

Nos detuvimos un instante en la penumbra del recibidor. Desde la calle llegaba el golpeteo del agua contra las maderas de la persiana y el eco lejano de las bocinas de los remolcadores anclados en el antepuerto.

Adrián accionó el picaporte con cuidado, abrió una rendija hacia la escalera y comprobó que el descansillo continuaba desierto.

Ajusté la correa del maletín sobre mi hombro y salí tras él. El cerrojo encajó a nuestras espaldas con un chasquido sordo, y comenzamos a bajar los peldaños en la penumbra, dejando atrás el refugio de San Telmo para adentrarnos otra vez en la noche abierta.