Mi Jaula de Sombras Capítulo 23 San Telmo #2
60%

Capítulo 23 San Telmo #2

El recuerdo de aquella tarde me golpeó con la fuerza de un mazazo.

Me vi sentada en la sala de lectura de la calle Las Heras, bajo los techos altos de hormigón, rodeada por el murmullo de investigadores anónimos.

Recordé la duda obsesiva sobre los componentes aglutinantes de las misiones jesuíticas, la urgencia de contrastar los espectros de reflectografía infrarroja que yo misma había catalogado años atrás en el laboratorio del Prado...

y la ligereza con la que introduje mis viejas claves de usuario creyendo que la distancia me volvía invisible.

—Fui yo. —La confesión se me quebró en la garganta—. Fui yo.

Adrián no se movió. Su silencio pesaba más que cualquier reproche.

—Necesitaba contrastar una tabla de solubilidad de ceras para el retablo que Don Horacio guarda en el altillo —continué, apretando los dedos contra el delantal hasta clavarme las uñas en las palmas—.

Supuse que una consulta aislada a diez mil kilómetros pasaría inadvertida entre cientos de peticiones diarias.

—Duarte Santos —dijo él, apoyando una mano sobre el respaldo del taburete—.

Antes de que los hombres de Torres lo liquidaran en aquel sótano de Estoril, el inspector de aduanas portugués entregó hasta la última ficha de sus intermediaciones.

Varel y Torres sabían que Santos guardaba duplicados de tus dictámenes periciales, tus números de colegiada y tus métodos de análisis.

Torres no necesitó desplegar una cacería ciega por Sudamérica; le bastó con colocar una trampa digital en las bases de datos de Madrid y aguardar a que tu deformación profesional te hiciera morder el anzuelo.

Me llevé las manos a las sienes. La piel me ardía como si la hubiera frotado con disolvente puro.

—He destrozado todo. El refugio de Bolívar, los papeles de Tánger... toda esta calma precaria destruida por no contenerme frente a una pantalla.

Adrián acortó la distancia entre nosotros. Me tomó de las muñecas con un agarre firme, obligándome a bajar los brazos. Sus dedos estaban ásperos y calientes contra mi piel helada.

—Basta, Valeria. Castigarte no borra el rastro. El error ya está en juego. Lo único que decide si salimos vivos de esta noche es lo que hagamos en los próximos sesenta minutos.

Respiré hondo, buscando contener el temblor que me subía por los brazos.

—¿Qué más sabe ese tipo de Retiro? ¿Tienen sicarios en la ciudad?

—El detective es un peón intermedio. Su instrucción era confirmar que la mujer de la fotografía residía en Bolívar y pasar el informe a Madrid. Torres ofreció cuarenta mil dólares por la confirmación antes de movilizar a sus propios operadores.

—¿Operadores locales?

—Torres mantiene intereses en navieras del Plata y vínculos con sociedades fiduciarias en Montevideo. Puede contratar un grupo armado en Buenos Aires en pocas horas. Si el informe hubiera llegado a destino esta noche, antes del alba tendríamos a cuatro tipos reventando la cerradura.

—¿Qué hiciste con él? —pregunté, buscándole la mirada entre las sombras—. ¿Lo mataste?

—Un muerto en la calle Bolívar habría traído patrullas en media hora. Le rompí los dedos de la mano derecha, le quité el móvil y le dejé claro lo que le ocurriría si no seguía mis instrucciones. Lo obligué a llamar a su contacto en Retiro desde su propio teléfono antes de inutilizar el coche.

—¿Qué les dijo?

—Que la mujer de las cámaras era una turista española que acababa de tomar un micro hacia Mendoza para cruzar a Chile. Que la pista de San Telmo era falsa.

—¿Lo creerán en Madrid?

—El intermediario dio por buena la llamada, pero en la red de Torres nadie se fía de un reporte sin fotografías de respaldo.

Hemos ganado un margen de ocho o diez horas.

Mañana por la mañana chequearán las listas de pasajeros hacia la cordillera y verán el engaño.

Cuando entiendan la maniobra, mandarán gente directamente al piso de Bolívar.

Y si el departamento está vacío, empezarán a peinar los obradores y los anticuarios del barrio.

La frágil tregua construida entre estas paredes encaladas y las mañanas de lluvia sobre el Pasaje San Lorenzo se deshacía en un parpadeo.

—Tenemos que irnos ahora mismo —dije, desatando con prisa los lazos de mi delantal.

—Sí. Recoge únicamente el instrumental imprescindible y los soportes de memoria. Nos moveremos por los pasajes traseros, limpiaremos el piso y saldremos de la ciudad antes de que aclare.

—¿Y Don Horacio? Le prometí que terminaría la reintegración cromática del San Ignacio esta misma semana.

—Don Horacio no debe saber nada —respondió Adrián con voz firme—.

Si intentas despedirte o le dejas una nota, lo conviertes en un objetivo para los matones de Torres.

Si ignora quiénes somos y adónde fuimos, no tendrán motivo para apretarlo cuando vengan a husmear.

Su desconocimiento es su única protección.

Sus palabras no admitían réplica. En la clandestinidad, la cercanía con personas inocentes se convertía en una amenaza directa para ellas.

Doblé el delantal de lino y lo dejé sobre la banqueta.

Abrí mi maletín de cuero reforzado y comencé a guardar el instrumental pericial: los bisturís de hoja intercambiable, las pinzas entomológicas, el juego de lupas de precisión, los pinceles de pelo de marta y los viales con reactivos de solubilidad.

Cubrí la talla jesuítica con una sábana limpia de algodón para preservarla del polvo y aseguré los cierres metálicos de la caja.

Salimos del obrador por la puerta trasera que comunicaba con el Pasaje San Lorenzo.

La lluvia caía con fuerza constante sobre los adoquines gastados, formando charcos oscuros que reflejaban la luz mortecina de los faroles.

Caminamos pegados a las fachadas de mampostería, buscando el resguardo de las molduras.

Adrián avanzaba dos pasos por delante, con la mano derecha bajo la solapa de la gabardina, atento a cada portalón y a los recodos oscuros del empedrado.

Cruzamos Defensa esquivando las arterias iluminadas.

Entramos a nuestro inmueble por el portón de carruajes, una reja ennegrecida que Adrián abrió con una ganzúa sin encender linternas.

Subimos la escalera de servicio en silencio, apoyando las plantas en los extremos de los peldaños para evitar crujidos.

Al entrar en nuestro apartamento, el recibidor nos envolvió con su olor habitual a humedad estancada y cera para muebles. Adrián echó los dos cerrojos, trabó la hoja con la barra de seguridad y bajó las persianas de madera antes de encender una lámpara pequeña sobre la cómoda del salón.

—Diez minutos —dijo, consultando su reloj de pulsera—. Solo lo esencial. Ropa oscura, los pasaportes de reserva, el dinero en efectivo y el maletín técnico.