Capítulo 23 San Telmo
El estuario del Río de la Plata nos recibió con una franja parda de limo y niebla que desdibujaba las grúas portuarias.
Tras doce jornadas en el vientre del carguero Cabo de Hornos, entre la vibración sorda del diésel y el olor a sentina, pisar la dársena sur no trajo sosiego, sino una tregua precaria.
En la caseta migratoria, el funcionario selló los pasaportes despacio, sin apresurarse mecánica.
Los documentos facilitados por la red de Youssef en Tánger superaron los lectores ópticos sin activar alarmas.
Para los registros oficiales, mi nombre era Lucía Vega, restauradora sevillana; a mi lado, Adrián figuraba como Mateo Silva, técnico en seguridad física.
Nos instalamos en un primer piso de la calle Bolívar, a escasos metros de la plaza Dorrego, en el corazón umbrío de San Telmo.
El edificio del siglo diecinueve conservaba muros anchos de mampostería encalada, techos de cuatro metros con molduras carcomidas y duelas de pinotea que crujían con la humedad del río.
El balcón de hierro forjado daba a una calzada de adoquines oscurecidos por el hollín donde el tránsito vecinal se mezclaba con el eco de los colectivos.
Durante tres semanas tejimos una rutina de apariencias calculadas.
Adrián se empleó como asesor externo en una firma de seguridad patrimonial en Puerto Madero.
Aquella ocupación justificaba sus ausencias a deshoras mientras le abría paso hacia los muelles y los registros de la marina mercante.
Por mi parte, encontré trabajo en el taller de Don Horacio, un maestro dorador que mantenía su obrador en un zaguán del Pasaje San Lorenzo.
Don Horacio no me exigió recomendaciones ni indagó por qué una especialista formada en Madrid aceptaba una paga modesta por reintegrar imaginería virreinal.
Le bastó verme sostener una gubia curva y comprobar el pulso con el que desprendía un repinte para hacerme un hueco junto a su torno.
Llegué a creer que diez mil kilómetros de mar abierto bastaban para enfriar el rastro de la sangre.
Aquella tarde, el temporal del sudeste barrió la ciudad. El agua descargaba sobre las chapas de cinc del tejado con un tableteo sordo. Dentro del taller, el aire conservaba una tibieza cargada de virutas de cedro, cera de abejas, esencia de trementina y barniz de copal.
Sobre el fieltro del banco reposaba mi tarea: una talla de San Ignacio de Loyola del siglo dieciocho, procedente de una capilla del Alto Paraná.
La pieza, esculpida en madera de cedro paraguayo, mostraba la sobriedad expresiva del barroco guaraní.
Dos restauraciones parroquiales torpes habían sepultado la policromía original bajo capas de purpurina sintética, repintes al óleo con blanco de titanio y una costra de barniz oxidado que teñía el mantelete de un pardo betuminoso.
Don Horacio limpió una lezna de acero con un trapo impregnado en aceite de camelia, guardó la herramienta y se ajustó la boina de paño sobre las sienes plateadas.
—Tiene un temple extraordinario para el estofado, Lucía —comentó, señalando con el cabo de boj la zona donde el oro fino reaparecía bajo mi solvente—.
Ese temple al huevo sobre bol de Armenia rojo no perdona vacilaciones.
Muchos aprietan el bisturí y se llevan el pan de oro; usted sabe detenerse justo en la interfase de la resina.
—El estrato de aparejo es mínimo en la imaginería misionera —respondí, apartando una brizna de algodón con las pinzas—.
Los artesanos guaraníes trabajaban con yeso mate fino y cola de piel en capas delgadísimas.
Si reblandezco el aglutinante orgánico con una solución polar, el dorado se disuelve junto con el hollín superficial.
Por eso empleo una emulsión de alcohol bencílico y ligroína en proporciones ajustadas gota a gota.
El viejo artesano asintió despacio mientras se envolvía la bufanda de lana al cuello.
—El oficio no engaña a nadie. Cuando la madera es noble y la mano la respeta, la talla habla sola. No se quede hasta muy tarde, muchacha. La sudestada va a arreciar y la humedad se cuela por las junturas.
—Solo media hora más, Don Horacio —le aseguré—. Quiero consolidar la microfractura del manto con ciclododecano antes de que la humedad hinche la fibra del cedro.
—Bien. Eche el cerrojo al salir. Hasta mañana, Lucía.
El maestro empujó la puerta maciza. La campana de latón del dintel sonó una sola vez y el rumor de la lluvia en el callejón se apagó cuando el cerrojo exterior encajó en el marco.
Me quedé a solas bajo la luz neutra del flexo.
El silencio quedó ocupado por el repiqueteo del aguacero y el crujido de las maderas al absorber la humedad rioplatense.
Me coloqué las gafas de aumento y aproximé la lente a la faz del santo.
Las encarnaciones a pulimento sobre el cedro paraguayo conservaban el satinado que los imagineros lograban frotando el estuco con vejiga de cordero y polvo de hueso calcinado.
En los pómulos, el artesano colonial había extendido veladuras de laca de cochinilla y almagre sobre una base clara de albayalde puro.
Al deslizar la torunda húmeda por la comisura del labio de la figura, sentí esa serenidad táctil que solo el trabajo paciente me devolvía.
Mis yemas, habituadas a medir la resistencia microscópica de cada película de barniz, se desprendían por unos instantes del peso de las armas ocultas y la persecución que arrastrábamos desde Madrid.
Un crujido seco en el batiente posterior del callejón me obligó a suspender la mano en el aire.
La hoja de cedro del patio se abrió hacia dentro sin emitir chirrido alguno. Una silueta empapada se deslizó en el zaguán y cerró tras de sí con un movimiento continuo. Adrián bajó la tranca de hierro forjado, pasó el pasador de seguridad y apoyó la espalda contra la madera húmeda.
Llevaba el cuello de la gabardina alzado y el agua resbalaba en regueros oscuros por la lona encerada. El cabello negro se le pegaba a la frente en mechones chorreantes. Permaneció inmóvil junto a los estantes de secado, escudriñando las rendijas de la persiana hacia el pasaje.
—Apaga el flexo —susurró, sin apartar la mirada de las rendijas.
Dejé el hisopo en la cubeta metálica y presioné el interruptor. El taller quedó en penumbra, iluminado apenas por el resplandor amarillento del farol municipal a través de los cristales empañados. Me quité los guantes de látex; las palmas me sudaban frías.
—¿Qué pasa, Adrián? ¿Te han seguido desde el puerto?
—No vienen de la dársena —contestó, sin apartar los ojos de la callejuela—. Estaban apostados frente a nuestro portal en la calle Bolívar.
La boca del estómago se me encogió de golpe.
—¿En nuestro portal?
—Un Peugeot oscuro con matrícula provincial. Lunas tintadas y el motor encendido junto al bordillo durante más de dos horas. El tipo al volante no consultaba el teléfono ni leía; mantenía la vista fija en nuestro balcón.
—Podía ser un chófer esperando a un vecino...
—Un chófer no permanece a oscuras bajo la tormenta vigilando una vivienda sin luz —atajó—. Conozco la inmovilidad de un rastreador en plena espera.
Me acerqué a él. El olor a lana mojada, tabaco ajeno y lluvia fría emanaba de sus ropas. Me fijé en su postura: mantenía el hombro caído, protegiendo la zona donde el impacto de bala recibido en el muelle de Tánger le dejaba una cicatriz tirante con los cambios de presión.
—¿Qué hiciste?
—Esperé a que cometiera un descuido. Cuando bajó a encender un cigarro bajo el alero de la farmacia, salí por la cochera, crucé la calzada pegado a los contenedores y lo inmovilicé contra la pared con el cañón de la automática en la garganta antes de que pudiera meter la mano bajo la chaqueta.
Un escalofrío me recorrió la nuca.
—Dios mío... en mitad de la calle...
—La calle estaba desierta por el temporal y el agua tapaba cualquier forcejeo. Si le daba cinco segundos, habría marcado un número y habríamos perdido toda ventaja.
—¿Quién es? ¿Policía federal?
—Un sabueso a sueldo. Un detective privado que trabaja para una agencia de informes comerciales en Retiro.
—¿Una agencia porteña? —El frío me caló de golpe—. ¿Cómo pudieron encontrarnos? Cambiamos de embarcación en alta mar y pagamos el alquiler en mano con identidades limpias. Nadie en este país sabía quiénes éramos.
Adrián dio dos pasos hacia el centro del obrador. En la penumbra, sus ojos oscuros brillaban con una fijeza que me heló el pecho.
—El encargo vino directamente de Madrid. De Torres Consultores.
El nombre cayó en la habitación con el peso de una losa. Apoyé las manos sobre el borde de madera del banco para sostener el equilibrio. El aroma a cera y barniz de copal pareció agriarse en el ambiente.
—No puede ser... No contratamos suministros ni pisamos oficinas consulares; ni un solo recibo lleva nuestras firmas.
—No rastrearon papeles, Valeria. Rastrearon una búsqueda técnica.
La garganta se me cerró en un nudo seco.
—El sabueso cantó todo en cuanto sintió el frío del metal en la piel —continuó Adrián—.
Hace tres días, a media tarde, alguien accedió a los archivos restringidos del departamento de conservación del Museo del Prado desde un ordenador público de la Biblioteca Nacional, en Recoleta.
En Madrid saltó un aviso en el servidor de seguridad.
Cotejaron la dirección IP con las cámaras del vestíbulo y remitieron la captura facial al enlace de Torres en Buenos Aires esta misma mañana.