Mi Jaula de Sombras Capítulo 22 Travesía Atlántica #3
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Capítulo 22 Travesía Atlántica #3

—Impacto en el centro —murmuré, manteniendo mis manos sobre las suyas un segundo más de lo necesario.

Valeria bajó el arma despacio y giró la cabeza para mirarme. Sus ojos brillaban con una chispa de satisfacción contenida.

—No está mal para una restauradora.

—Tienes mejor control de disparador que muchos agentes con años de servicio —reconocí con sinceridad—. La disciplina de taller te da una memoria muscular impecable.

Dejó la pistola limpia sobre la mesa y apoyó las palmas en la chapa metálica.

—Prefiero recuperar cosas rotas antes que romperlas, Adrián. Pero si tenemos que defendernos cuando lleguemos al sur, no pienso quedarme mirando.

—Lo sé. Y por eso nos mantenemos vivos.

Esa misma noche, el Cabo de Hornos cruzó la línea imaginaria del ecuador. El rumor sordo de los motores diésel marcaba un compás monótono y constante en las cuadernas, mientras el balanceo del buque se volvía más largo y pausado sobre las fosas del Atlántico Sur.

Encendí la pequeña lámpara de lectura fijada sobre la mesa plegable y desplegué sobre el tablero los documentos preparados por Ramos antes de nuestra salida de Lisboa, junto a un plano detallado de la ciudad de Buenos Aires que habíamos obtenido durante la escala de aprovisionamiento en Praia.

Valeria se sentó a mi lado, apoyando los codos en la mesa mientras examinaba los dos pasaportes argentinos con tapas azules y sellos consulares auténticos.

—Mateo Silva y Lucía Vega —leyó en voz baja, pasando la yema del índice sobre la fotografía plastificada y los hologramas de seguridad—. La calidad del grabado es impecable. Ramos no dejó nada al azar.

—Ramos utilizó identidades limpias registradas en el padrón electoral de Córdoba hace cinco años —expliqué, señalando los sellos de entrada y salida previos estampados en las páginas interiores—.

El perfil de Mateo Silva está registrado como perito en análisis de riesgos y seguridad para empresas de logística fluvial en la cuenca del Paraná.

El de Lucía Vega figura como catalogadora de colecciones privadas y peritaje de bienes muebles para galerías de arte en el circuito de Recoleta y Retiro.

Nos da una cobertura sólida para justificar ingresos, abrir cuentas bancarias básicas y alquilar un inmueble sin encender alarmas en la Policía Federal ni en migraciones.

Valeria asintió mientras sus ojos recorrían el trazado urbano del mapa porteño.

—¿Dónde buscaremos instalarnos?

Tomé un lápiz y tracé un círculo suave sobre dos sectores específicos.

—San Telmo o los límites de Monserrat. Son barrios con arquitectura antigua, pasajes peatonales y múltiples vías de escape hacia las avenidas principales.

Las construcciones del siglo diecinueve tienen muros gruesos que ofrecen aislamiento acústico y estructural.

Evitaremos zonas hipervigiladas como Puerto Madero o las torres modernas de Palermo, donde los sistemas de cámaras con reconocimiento facial cruzan datos con agencias internacionales de seguridad privada.

—¿Y respecto a las pruebas contra la red de Varel? —preguntó ella, señalando la memoria cifrada guardada en su maletín.

—Las copias de seguridad de los peritajes y las transferencias bancarias de las cuentas suizas ya están en manos del contacto de confianza de Ramos en la Audiencia Nacional en Madrid.

El juez de instrucción tiene base suficiente para emitir las órdenes de detención contra el círculo societario de Torres en Europa.

Nuestro objetivo en Argentina es permanecer invisibles durante los primeros noventa días, hasta que el proceso judicial sea público e irreversible.

Si Torres intenta enviar intermediarios al hemisferio sur para silenciarnos, tendrá que hacerlo con fondos congelados y sin cobertura institucional.

Valeria apoyó su mano sobre la mía, cubriendo el mapa con sus dedos.

—Hemos recorrido medio mundo para llegar aquí, Adrián.

—Y llegaremos enteros —le aseguré, entrelazando mis dedos con los suyos—. No dejaremos cabos sueltos.

Guardé los pasaportes y los planos en el bolsillo estanco de mi petate, aseguré el pestillo interior de la puerta y apagué la lámpara principal del mamparo, dejando únicamente encendida la bombilla tenue de la litera inferior.

Nos recostamos sobre las sábanas ásperas del camarote.

El aire conservaba un rastro tibio de aceite de linaza y metal limpio que se mezclaba con la brisa marina de los difusores.

Valeria se acomodó a mi lado, recostando la cabeza sobre mi pecho sano mientras su brazo rodeaba mi torso con delicadeza, cuidando la zona de la herida.

Sentía su calor y el compás pausado de su respiración contra mi piel.

En la penumbra del habitáculo, las cicatrices de viejos enfrentamientos y la herida reciente en mi hombro parecían desvanecerse ante la serenidad de su presencia.

A través del casco blindado de acero, el rumor rítmico del agua abriéndose al paso de la proa marcaba la marcha constante hacia un nuevo continente, mientras el cansancio acumulado de la fuga nos envolvía en un descanso reparador y profundo.