Mi Jaula de Sombras Capítulo 21 El Zarpazo en Tánger #2
54%

Capítulo 21 El Zarpazo en Tánger #2

Ortega desvió sus ojos hacia mí durante un segundo. Me midió con una mirada desprovista de emoción, como si examinara un objeto inservible antes de ordenar su desguace, y volvió a fijar la vista en Adrián.

—Una lástima —murmuró—. La restauradora cree que la dignidad frena el plomo.

—Las órdenes de Torres no tienen valor en esta orilla, Ortega.

No hubo aviso previo. Adrián dio un paso lateral desde el pilar y disparó dos veces seguidas con el brazo derecho.

El primer fogonazo rasgó la penumbra con un trueno violento.

La bala impactó en el pecho del sicario a la derecha de Ortega; el golpe contra el chaleco antibalas lo dobló por la mitad, haciéndolo retroceder tres pasos hasta tropezar con las piedras y quedar inmóvil.

El segundo pistolero reaccionó en el acto. Levantó su arma con silenciador y soltó tres disparos hacia la columna de Adrián. Los proyectiles reventaron la arcilla y el ladrillo a la altura de sus ojos, desprendiendo una nube de cal viva y adobe que le cegaron la visión.

El pilar se desmoronaba bajo el castigo del plomo.

Adrián se lanzó hacia delante en una arrancada súbita, embistiendo al tirador antes de que corrigiera la puntería.

Con la mano izquierda le trabó la muñeca armada desviando el cañón hacia los adoquines, mientras le hundía la rodilla derecha en el bajo vientre con fuerza.

El hombre soltó un quejido ronco y se dobló sobre sí mismo.

Adrián lo agarró por las solapas de la cazadora y giró el torso para usarlo como parapeto justo cuando Ortega abría fuego.

Tres disparos silenciados se hundieron con impactos sordos en la espalda de su propio hombre.

El cuerpo se convulsionó entre los brazos de Adrián y cayó inerte, arrastrando a Adrián hacia el empedrado en una maraña de miembros y sangre tibia.

Ortega no vaciló ante la baja. Dio dos zancadas laterales y encaró a Adrián a quemarropa, apuntando con el silenciador directamente a su cabeza mientras yacía atrapado bajo el peso del cadáver, sin margen para alzar su arma.

Vi el instante con la nitidez de un microscopio pericial: la postura erguida de Ortega, el dedo cerrándose sobre el disparador y los ojos de Adrián buscando apoyo para zafarse.

No lo pensé. No dudé.

Salí del abrigo de la pilastra, afirmé las botas en el suelo y extendí los dos brazos hacia Ortega.

Apreté el disparador tres veces seguidas sin dejar que el retroceso me levantara las manos.

El arma rugió con un estampido ensordecedor.

Las llamaradas iluminaron los muros de adobe con una luz viva.

Los proyectiles no tocaron a Ortega, pero impactaron en la pared de cal viva y ladrillo a escasos centímetros de su sien izquierda.

La detonación ensordecedora y la lluvia violenta de cascotes y cal viva estallaron contra la cara y los ojos de Ortega. El impacto de los fragmentos le arrancó un grito y lo obligó a cubrirse los ojos con el brazo izquierdo, perdiendo la línea de tiro y el equilibrio en el segundo crítico.

Ese fue el instante exacto.

Adrián apartó el cadáver de una patada y se incorporó como un resorte.

Acortó la distancia en una zancada y estrelló la culata de acero de su pistola contra la mandíbula de Ortega.

El golpe sonó como una rama gruesa al partirse.

Ortega se tambaleó hacia atrás, soltando el arma silenciada, que rebotó sobre las piedras con un tintineo sordo.

Adrián no vaciló. Pasó a su espalda, le cruzó el antebrazo derecho por la garganta y trabó la presa sujetándose el bíceps con la mano izquierda.

La violencia del esfuerzo le tensó el hombro herido hasta el límite; la tela de su cazadora se oscureció con sangre fresca por los puntos reventados, pero no aflojó.

Apretó con todo su peso hasta doblarle las rodillas a Ortega y clausurarle la entrada de aire.

Ortega manoteó a ciegas para zafarse. Con la mano derecha, Adrián alzó su pistola, le apoyó la boca del cañón en la base del cráneo y apretó el gatillo.

El estampido apagó cualquier resistencia.

Adrián soltó los brazos y dejó que el cuerpo cayera de bruces sobre los adoquines manchados de polvo y sangre.

El silencio cayó sobre el patio como una losa pesada, roto únicamente por su jadeo bronco y el estertor del primer tirador, inmóvil junto a la arcada.

El aire era una mezcla asfixiante de calcinación, nitrato quemado, adobe pulverizado y la brisa húmeda de salmuera que subía desde el Estrecho.

Bajé los brazos despacio. Los dedos me temblaban con una vibración diminuta y continua que no podía controlar, la misma reacción física involuntaria que sobreviene tras horas de tensión milimétrica sosteniendo un bisturí sobre una tabla de madera apolillada.

Sentía las palmas húmedas de sudor frío y un pitido persistente en los oídos por el estruendo de los disparos en un espacio tan reducido.

Adrián se volvió hacia mí. Tenía el rostro cubierto de hollín y polvo blanquecino, y la comisura de la boca manchada de sangre seca.

Cruzó el patio con pasos firmes pero precavidos, sorteando los cuerpos caídos, y se detuvo frente a mí.

Me puso las manos sobre los hombros; la presión de sus dedos me ancló al suelo.

Me examinó el rostro y la ropa en busca de heridas.

—Valeria... —su voz sonó rasposa, como si tragara arena—. ¿Te han dado? Dime si estás herida.

—Estoy bien —respondí. Tuve que tragar saliva para que las palabras salieran con claridad—. Estoy entera, Adrián.

Él exhaló una bocanada de aire caliente y me rodeó con los brazos, atrayéndome contra su pecho con una fuerza que me hizo sentir la dureza de su cuerpo y el latido acelerado de su corazón bajo la cazadora. Hundió la cara en mi cabello, respirando hondo.

—Has estado perfecta —murmuró contra mi sien, donde el polvo de cal se mezclaba con mi sudor—. Me diste la fracción de segundo que necesitaba para salir de abajo. Si no aprietas ese gatillo, ese tipo me habría ejecutado en el suelo. Tienes un pulso extraordinario, Valeria.

Le devolví la presión del abrazo, hundiendo mis dedos en la tela áspera de su espalda y sintiendo cómo el temblor de mis manos comenzaba a mitigarse poco a poco. Me aparté un palmo para mirarlo a los ojos.

—Tenemos que salir de aquí ahora mismo —dije—. Tres detonaciones sin silenciador habrán puesto en alerta a la policía y a los enlaces de aduanas de todo el barrio.

—Tienes razón.

Adrián se arrodilló junto al cadáver de Ortega.

Con la mano derecha registró los bolsillos interiores de su chaqueta de cuero hasta extraer un sobre de piel gruesa con cierre de broche.

Lo abrió con rapidez: dentro estaban los dos pasaportes argentinos intactos con los sellos consulares correspondientes, las acreditaciones falsificadas por Ramos y los billetes de pasaje marítimo.

Se guardó el sobre en el bolsillo interior del pecho, cerró la cremallera y recogió dos cargadores del suelo que guardó en su petate.

—El primer intento de Torres por liquidarnos en África ha fracasado en este callejón —dijo, mirando por última vez los tres cuerpos que yacían sobre la piedra azul—. Pero enviará a más gente en cuanto Ortega no confirme la baja por radio.

Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una firmeza que no admitía vacilaciones.

—Youssef nos tiene un enlace preparado a tres manzanas de aquí, en la salida de la puerta de Bab el-Fahs —continuó, guiándome hacia el arco de herradura para abandonar el patio—.

Un todoterreno nos llevará directos al muelle de carga de Tánger-Med.

El mercante Cabo de Hornos larga amarras hacia el Atlántico sur antes de que amanezca.

El capitán ya tiene la orden y el dinero en la caja fuerte.

—¿Cuánto margen tenemos? —pregunté mientras apresurábamos la marcha bajo la arcada, dejando atrás el hedor a pólvora y muerte.

—Menos de hora y media para cruzar el control aduanero y meternos en la bodega —calculó Adrián sin aminorar la carrera—. Si llegamos a ese barco, el rastro de Torres se apagará en mitad del océano.

Apreté sus dedos con fuerza y asentí. Echamos a correr pegados a los muros desconchados de la medina, con el viento frío del Estrecho golpeándonos de frente y las luces lejanas del puerto guiándonos a través de las sombras.