Capítulo 22 Travesía Atlántica
El megapuerto de Tánger-Med zumbaba bajo los focos de vapor de sodio con la vibración sorda de una refinería en plena noche.
Hileras interminables de grúas pórtico recortaban sus esqueletos de acero contra la oscuridad del Estrecho, mientras el viento del levante arrastraba una mezcla densa de fuelóleo pesado y salitre mojado.
El laberinto polvoriento de la medina y los callejones encalados donde habíamos dejado atrás a los hombres de Varel quedaban sepultados por el traqueteo incesante de las cabezas tractoras y el choque metálico de los contenedores al asentarse en las bodegas de los cargueros.
Estábamos agazapados en el doble fondo de un camión isotérmico que transportaba cajas de caballa congelada hacia los muelles de atraque exterior.
El suelo de chapa de aluminio estriada transmitía cada bache del firme portuario, filtrando una escarcha que entumecía los tobillos y subía por las pantorrillas.
Mantenía a Valeria pegada a mi costado derecho, resguardándola entre mi cuerpo y el mamparo de poliuretano expandido.
Sentía el ritmo pausado de su respiración contra la solapa de mi chaqueta de cuero y la presión firme de su mano cerrada sobre mi antebrazo.
El hombro herido, todavía castigado por la sutura quirúrgica en el deltoides, descansaba apoyado contra la pared para absorber las sacudidas del trayecto sin sobrecargar los tendones lesionados.
Los documentos de tránsito y el salvoconducto debían bastar para cruzar el control secundario sin levantar alertas en la terminal. Pero a menos de cien metros del muelle cuatro, los frenos de aire comprimido del camión sisearon con una descarga violenta y el vehículo se detuvo de golpe.
A través del panel aislante llegaron voces secas en árabe magrebí, acompañadas por el golpe de una culata contra la chapa de la cabina.
El conductor intentó articular una respuesta en francés, pero el chirrido metálico de un pasador anuló cualquier réplica.
La compuerta trasera se abrió de golpe y una ráfaga de aire cargada de humedad marina invadió el compartimento.
El haz blanco de una linterna táctica cortó la penumbra, barriendo las cajas apiladas hasta clavarse en el rincón donde nos ocultábamos.
Un gendarme de aduanas asomó el torso por encima del estribo de acceso.
Sus pupilas se abrieron bajo la visera de la gorra al distinguir nuestras siluetas, y su mano derecha descendió de inmediato hacia el conmutador del transmisor fijado en su hombro.
Me moví antes de que completara el recorrido.
Salí del hueco apoyando el peso en la pierna sana, interponiéndome entre el cono de luz y Valeria.
Con un paso corto y fluido, le encajé la boca de mi pistola en el espacio blando bajo la mandíbula, forzando su cabeza hacia atrás contra el marco de la compuerta, mientras con la mano izquierda extraía del bolsillo interior un fajo compacto de billetes enrollados con cinta elástica.
—Ni una palabra —le advertí en francés, manteniendo el tono bajo, pegado a su oído—. Coges el dinero, aseguras el cerrojo exterior y dejas rodar el camión. O te quedas en este piso con un orificio de bala en el cuello.
El aduanero contuvo el aliento. El haz de la linterna descendió hacia el suelo helado.
Noté el latido desbocado de su carótida martilleando contra el cañón del arma.
Sus ojos oscilaron entre el fajo de divisas y mi mirada, midiendo el peligro real.
Despacio, aflojó la tensión de los dedos sobre el transmisor, estiró la mano enguantada para tomar el fajo y retrocedió con pasos cortos hacia el muelle.
El portalón de acero se cerró de un empujón y la barra de seguridad cayó en su guía con un chasquido metálico.
El motor diésel rugió de nuevo y el camión reanudó la marcha hacia la línea de atraque. Apoyé la espalda contra el mamparo, expulsando el aire retenido en los pulmones con una exhalación controlada.
—Limpio —susurró Valeria en la oscuridad, acomodando de nuevo su hombro contra el mío.
—Un soborno solo sirve si dejas claro que la alternativa es una bala en la cabeza —respondí, bajando el percutor del arma con el pulgar antes de devolverla a la funda sobaco—. En dos minutos estaremos junto a la escala.
El camión viró hacia estribor y frenó junto a los norays del muelle.
Cuando las puertas se abrieron por segunda vez, dos estibadores nos hicieron una seña rápida con el brazo para indicarnos el camino.
Frente a nosotros se alzaba el casco imponente del Cabo de Hornos, un carguero portacontenedores de bandera panameña con doscientos ochenta metros de eslora, castigado por las marcas de salitre del Atlántico Sur y coronado por una superestructura de nueve niveles que se perdía en la bruma del puerto.
Su derrota marcaba una escala técnica de repostaje en Cabo Verde antes de enfilar la travesía directa hacia el Río de la Plata.
Subimos por una escala de práctico suspendida sobre el agua negra del atraque, donde flotaban manchas irisadas de aceite.
El capitán, un marino letón llamado Vanags, de pómulos huesudos y mirada inexpresiva, nos aguardaba en la sala de derrota.
El espacio olía a café negro recalentado y tabaco rubio de picadura.
No formuló una sola pregunta sobre nuestras identidades ni sobre la rigidez con que yo protegía el hombro herido al cruzar el mamparo.
Se limitó a recibir el sobre de lona que le entregué, verificó el fajo de billetes con dos toques de pulgar y le hizo una seña con la barbilla al contramaestre, un marinero caboverdiano de complexión robusta.
El contramaestre nos condujo a través de pasillos angostos y escaleras empinadas con peldaños de fundición, hasta alcanzar un camarote de servicio ubicado en la tercera cubierta baja, muy por debajo de la línea de flotación.
El habitáculo medía apenas tres metros de largo por dos de ancho: dos literas tubulares atornilladas directamente a las cuadernas de acero, una mesa plegable de chapa galvanizada, dos banquetas fijas al suelo y un lavabo de hierro enlozado con grifo de agua desalinizada.
Para nosotros, después del acoso en Madrid y el tiroteo en la medina de Tánger, aquel espacio blindado representaba el primer perímetro seguro en mucho tiempo.
Valeria dejó sobre la litera inferior la bolsa de lona donde custodiaba los dictámenes periciales y las unidades de memoria cifradas que vinculaban a la red de Varel con el expolio del patrimonio europeo.
Valeria se quitó la chaqueta con un movimiento pausado.
—Voy a subir a popa. Necesito mirar cómo dejamos atrás la costa.
Comprobé el pestillo interior del camarote y dejé mi petate táctico sobre el suelo metálico.
—Vamos juntos. Las maniobras de desatraque mueven cabos de gran tonelaje bajo mucha tensión; no quiero que te expongas cerca de las bitas de tiro.
Subimos por las escalas interiores hasta ganar la cubierta principal de popa.
El viento del Estrecho nos azotó de lleno, disipando el olor a pescado y encierro que traíamos pegado a la ropa.
En el agua, dos remolcadores empujaban el costado de babor del carguero con un zumbido grave, mientras los motores principales entraban en régimen de trabajo, transmitiendo un temblor profundo a las planchas de acero bajo nuestras botas.
El buque comenzó a deslizarse hacia la bocana del puerto con una lentitud pesada.
Observé cómo las luces amarillentas de Tánger se desdibujaban entre la bruma marina y cómo, hacia el norte, los destellos del faro de punta Almina y la línea lejana de la costa andaluza terminaban por disolverse en el horizonte oscuro.
Dejábamos atrás la península, la Fundación, las órdenes de captura y los tentáculos de una organización que había estado a punto de costarnos la vida en cada esquina.
Me coloqué detrás de Valeria y rodeé su cintura con los brazos, atrayéndola contra mi pecho para protegerla del viento húmedo.
Ella apoyó la nuca en mi hombro derecho y cubrió mis manos con las suyas.
Sus dedos estaban fríos, pero su pulso era regular y constante, sin el temblor que acompaña al pánico.
—Ya no hay marcha atrás, Valeria —dije en voz baja, sintiendo el aroma limpio de su cabello mezclado con el salitre.
—No la necesito —clavó la vista en la estela blanca que las hélices abrían sobre el agua oscura—. Lo que dejamos atrás ya no era una vida.
—En quince días estaremos en Buenos Aires. Tendremos margen de maniobra para asentarnos antes de que puedan reorganizar su red de contactos en el sur.
Valeria giró levemente el rostro para mirarme. La luz de navegación de estribor proyectaba un reflejo verdoso sobre sus facciones serenas.
—Cincuenta y cincuenta, Adrián. Hasta el final del tablero.
Asentí en silencio, afianzando el agarre sobre su cintura mientras la quilla del Cabo de Hornos cortaba las primeras olas del Atlántico abierto.
Al sexto día de navegación, el continente africano no era más que una referencia lejana en el cuaderno de bitácora.
El mercante mantenía un rumbo constante a catorce nudos, navegando en una diagonal solitaria que evitaba las rutas marítimas concurridas para esquivar controles satelitales y patrullas de guardacostas.
El calor tropical comenzaba a calentar las planchas de acero de la cubierta principal hasta volverlas abrasadoras hacia el mediodía.
Busqué el resguardo de la sombra que proyectaba la toldilla de popa, junto a un banco de herramientas de carpintería naval y varios rollos de estachas embreadas.
Con el torso descubierto y la piel cubierta de sudor y salitre, trabajaba en la recuperación de la movilidad del hombro lesionado utilizando un sistema de cabos y poleas que el contramaestre me había facilitado a cambio de una navaja multiusos.