Mi Jaula de Sombras Capítulo 21 El Zarpazo en Tánger
53%

Capítulo 21 El Zarpazo en Tánger

El aire de la azotea sabía a mortero desmoronado, a polvo de almagre y al salitre denso que el siroco levantaba desde el Estrecho.

La noche no traía alivio; el calor permanecía atrapado en las bovedillas de arcilla y en los muros de azul cobalto, despidiendo una pesadez seca que me resecaba la garganta.

Corrí tras Adrián por los terrados escalonados.

Mis botas resbalaron en tejas vidriadas y el cuerpo se me venció hacia el callejón.

La mano derecha de Adrián me atenazó del antebrazo y tiró con un balanceo seco para subirme a la chapa galvanizada.

El esfuerzo le arrancó un chasquido entre los dientes: vi cómo su hombro izquierdo caía unos centímetros, protegiendo los puntos de sutura que amenazaban con desgarrarse bajo la cazadora empapada de sudor.

—Abajo —susurró pegando la boca a mi sien—. La pasarela del taller de tintes cae tras la mezquita. Pégate al muro y no mires el empedrado.

Apreté los dedos sobre la empuñadura de la pistola compacta que me había entregado en la pensión.

El cuadrillado de polímero se me clavaba en la palma; durante diez años mis manos solo habían calibrado mangos de cerezo, bisturís del diez, hisopos con disolvente orgánico o espátulas térmicas para asentar barnices.

Aquel bloque de acero y polímero era un peso muerto concebido para quebrar la materia sin margen de reparación.

Un fogonazo rasgó la penumbra de la azotea vecina.

El estampido rebotó en el patio y un proyectil segó la moldura de estuco sobre mi cabeza, arrojándome una lluvia de arenisca y cal viva.

Adrián giró sobre sus talones, cargó el peso en la pierna derecha para descargar el costado herido, asomó medio torso sobre el murete y disparó dos veces seguidas.

Al otro lado de la cornisa, la silueta junto al aljibe cayó de espaldas con un crujido metálico sobre las planchas onduladas.

—¡Baja ya! —apremió Adrián, manteniéndose pegado a la cornisa con el arma lista.

Me descolgué por los peldaños carcomidos de la escalera exterior.

La estructura gemía a cada paso, despidiendo olor a resina seca y polilla.

Adrián descendió pegado a mis hombros, cubriendo el hueco superior con el arma alzada.

El eco de pasos sobre las tejas y las voces en español rebotaban entre las fachadas.

La gente de Torres no tanteaba a ciegas: conocían el terreno, se coordinaban por radio y avanzaban con la sincronización de operativos habituados al cerco.

Saltamos el último tramo desde dos metros.

El impacto contra los adoquines húmedos me sacudió las rodillas, pero la inercia nos empujó hacia delante por el dédalo de callejones de los curtidores.

Los obradores y cerrajerías permanecían clausurados tras planchas de hierro y cadenas.

El aire era una pasta densa de taninos, cuero macerado al cromo, orines antiguos y cal muerta.

La oscuridad era profunda, apenas rota por alguna bombilla mortecina entre fachadas.

—¡Han bajado a la mezquita! —bramó una voz a cincuenta metros—. ¡Cerrad la bajada al zoco! ¡Que no alcancen la avenida del puerto!

Las detonaciones rasgaron el callejón. Los impactos mordieron el yeso a la altura del pecho, levantando esquirlas que nos golpearon la ropa.

A mi derecha vi un tenderete callejero clausurado con sacos de arpillera.

Sin frenar, hundí el hombro contra los puntales podridos y empujé con todo mi peso.

La estructura cedió con un crujido, volcando tablones y sacos para cegar el ángulo de tiro.

—¡No te pares! —Adrián me aferró de la muñeca y tiró de mí al doblar un recodo.

Enfilamos una hendidura bajo un arco de herradura de arenisca desmoronada por el salitre. Parecía un pasaje transversal hacia una plazoleta donde romper el cerco. Doblamos la esquina a la carrera y frenamos en seco.

El camino moría allí.

Estábamos en un fondo de saco: un patio rectangular flanqueado por muros ciegos de adobe de cuatro metros cubiertos de cal azul descascarillada.

Al fondo, la única salida era una cancela de forja maciza rematada en lanzas que cerraba el huerto de una madraza en desuso.

Adrián sacudió los barrotes con ambas manos; el hierro no cedió.

Una cadena gruesa y un candado sellado por cardenillo y salitre bloqueaban la traba.

No había cerradura que forzar ni salientes para trepar.

El trote apresurado de los perseguidores se detuvo al otro lado del arco, a menos de diez metros. El cerco estaba cerrado.

—Es una ratonera —dije, apoyando la espalda contra el muro rugoso mientras intentaba acompasar la respiración.

El corazón me martilleaba las costillas con la misma cadencia lúcida que sentía en los dedos cuando sostenía una lupa binocular frente a una tabla renacentista a punto de fragmentarse: esa concentración helada donde cada detalle físico se amplifica y el pánico se transforma en pura atención sensorial.

Adrián me miró de frente. Sus ojos tenían la quietud de quien calcula trayectorias y ángulos muertos en una fracción de segundo.

—A la derecha, tras esa pilastra —me ordenó en un susurro áspero—. Tienen que entrar de uno en uno por la estrechez del arco. Si me muevo al centro, atraeré el primer fuego. No te descubras hasta que rompa su eje.

—Tengo nueve balas —dije, retirando el seguro con el pulgar. El chasquido metálico fue limpio y breve—. No voy a quedarme agazapada esperando que entren a fusilarnos.

Adrián colocó su mano derecha sobre mi muñeca. La piel de sus nudillos estaba cubierta de arañazos y polvo; la presión de sus dedos fue firme y templada.

—Solo dispara si intentan envolvernos por el flanco —dijo—. Si quemas el cargador a ciegas, el rebote en estos muros nos barrerá a los dos. Mantén la calma, Valeria.

—La mantengo.

Me encajé en el hueco de la pilastra de piedra.

La pared de adobe me transmitía una vibración seca.

Levanté el arma con ambas manos, asentando los pies en la separación de dos losas para estabilizar el tiro, tal como me había repetido en Lisboa.

La línea de mira apuntaba a la boca en sombra del arco de entrada.

La penumbra se quebró. Tres figuras penetraron en el patio con pasos medidos, distribuyendo el peso para no perder el equilibrio sobre las piedras irregulares.

Llevaban cazadoras de cuero oscuro, pantalones de faena y guantes tácticos.

En sus manos derechas empuñaban pistolas con silenciadores tubulares.

El que marchaba en cabeza se detuvo a seis pasos, dejando a los otros dos tiradores ligeramente retrasados para cubrir los ángulos.

Lo reconocí de inmediato por las descripciones periciales de las copias de la Audiencia Nacional: Ortega.

El ejecutor que Antonio Torres empleaba cuando las amenazas financieras o los sobornos a peritos de aduanas resultaban insuficientes; un hombre de rostro afilado y mirada opaca, acostumbrado a gestionar la violencia como un mero trámite administrativo.

—Silva —dijo Ortega con voz llana—. Habéis estirado la cuerda más de lo razonable. Pero la partida se termina en este rincón de Tánger.

Adrián permanecía erguido a dos metros de mí, cubierto a medias por la arista de un pilar, con la pistola apuntando directamente al pecho de Ortega.

—Te estás volviendo descuidado, Ortega —respondió Adrián con voz neutra—. En Madrid habrías necesitado dos coches menos para cerrar una manzana.

Ortega bajó apenas un centímetro el cañón de su silenciador, manteniendo el arma lista para disparar.

—No he venido a discutir de tácticas contigo, Silva. El señor Torres no tiene tiempo para persecuciones por el norte de África. Quiere la documentación de Setúbal y el asunto zanjado antes de que abran los juzgados en Madrid.

—Torres está acabado y tú pierdes el tiempo —replicó Adrián—. Los dictámenes periciales y las copias de los manifiestos de carga ya están en manos de Ramos y de la fiscalía anticorrupción. Aunque nos mates aquí, no vas a frenar el auto de registro.

Ortega negó con la cabeza, sin apartar la mirada de los ojos de Adrián.

—A mí no me pagan por interpretar leyes ni por preocuparme por lo que firme un juez de instrucción.

Me pagan por recoger lo que se cae de la mesa.

Y vosotros sois los únicos dos nombres que quedan en la lista.

Te propongo un arreglo razonable, Silva: entrégame la mochila con los papeles de la peritación y a la restauradora.

Entrégame a Valeria Soto sin un rasguño.

Hazlo ahora y te dejaré salir de este patio con los pasaportes argentinos y los billetes del mercante que te facilitó Youssef en el zoco.

Torres no tiene nada contra ti; solo eres un expolicía que se metió en medio por una causa perdida.

—¿Y dejarla en tus manos? —Adrián no bajó el encare ni un milímetro—. Sé cómo terminan los testigos que suben a tus furgonetas en la Costa del Sol.

—Terminan donde deben terminar los que no saben estarse quietos —Ortega ladeó la cabeza, imperturbable—.

Pero tú puedes conservar el pellejo. Si te obstinas, este patio de adobe será vuestro enterramiento.

Nadie va a reclamar dos bultos anónimos en una fosa marroquí.

Torres no permitirá que esa perito ponga un pie en Sudamérica después de lo que descubrió en las tablas de Varel.

Sé pragmático, Silva. Te cambio su entrega por tu billete de salida.

Salí medio paso de la sombra de la pilastra. El cañón de mi pistola se alineó con la barbilla de Ortega. Sentí el tirón de los tendones en mis antebrazos y el peso del metal transmitiendo su frialdad a través de mis palmas.

—No hay ningún trato que puedas poner sobre esta piedra, Ortega —dije. Mi voz sonó limpia, sin titubeos, resonando entre los muros de cal con la misma precisión con la que solía rechazar una atribución falsa en una mesa de tasación—. Ni contigo ni con el criminal para el que trabajas.