Capítulo 20 El Error #2
—¡Planta baja limpia! —anunció uno de ellos en castellano, con tono neutro y seco—. ¡Subid a la primera planta! ¡Asegurad la salida de la azotea!
—Muévete hacia la izquierda —le susurré a Valeria al oído, empujándola suavemente hacia el recodo del fondo—. Escalera de caracol. Despacio y pegada al muro.
Nos deslizamos por el corredor exterior.
El suelo de baldosas andalusíes estaba desgastado y crujía ante la menor presión, obligándome a apoyar el peso en la parte exterior de las botas.
La balaustrada de cedro no ofrecía ninguna protección balística frente a proyectiles de alta velocidad; cualquier disparo desde el patio atravesaría la celosía como si fuera papel de fumar.
Habíamos recorrido apenas cuatro metros cuando el hombre de la escopeta alzó la cabeza y detectó nuestro movimiento a través de los huecos de la celosía.
—¡Arriba, en el ala norte! —gritó.
El operador del MP5 que cubría la escalera principal levantó el subfusil en una fracción de segundo.
No le di tiempo a fijar el alza.
Me asomé por encima del pasamanos de madera, encaré mi SIG Sauer con la mano derecha y disparé dos veces al centro de masa del mercenario.
El estampido del nueve milímetros retumbó en el espacio cerrado del patio como un trueno atrapado en una cueva.
Los dos proyectiles perforaron la pechera del chaleco del asaltante; el impacto detuvo su avance en seco, haciéndolo trastabillar hacia atrás hasta chocar contra el borde de la fuente.
Cayó de costado sobre el polvo acumulado, soltando el arma con un estertor húmedo.
—¡Fuego de supresión! ¡Cubrid la barandilla! —bramó el hombre de la escopeta desde abajo.
Una ráfaga cerrada de proyectiles automáticos barrió el corredor alto.
Las balas de nueve milímetros silenciadas sonaron como latigazos continuos, desintegrando los paneles de cedro labrado en una nube de astillas y esquirlas punzantes.
Los proyectiles picaron los muros de yeso a la altura de mi cabeza, levantando una cortina blanca y sofocante de cal triturada que me nubló la vista durante un segundo.
Empujé a Valeria hacia el hueco de una hornacina en la pared, cubriendo su cuerpo con el mío mientras los impactos arrancaban trozos de mampostería sobre nuestras cabezas.
—¡Sigue hacia la escalera de forja! —le ordené a gritos sobre el estruendo de los rebotes—. ¡No te detengas por nada!
Valeria no perdió los nervios. Con los labios apretados y el rostro manchado de polvo blanco, corrió agachada por el pasillo hacia el recodo oriental, manteniendo la Walther empuñada contra el pecho.
El segundo operador del MP5 intentó ganar la primera planta subiendo los peldaños de mármol de dos en dos, cubriéndose tras el pilar de esquina.
Asomé medio cuerpo por el ángulo del muro, alineé los puntos fosforescentes del arma y solté un único disparo hacia el hueco entre el casco y el chaleco.
La bala impactó en la base del cuello del tirador; el hombre soltó el subfusil y rodó por las escaleras con un ruido pesado de correas y placas de blindaje rebotando contra los escalones.
El retroceso del arma me envió un latigazo de dolor directo a la sutura del hombro izquierdo, como si una brasa al rojo vivo se hubiera enterrado bajo mi piel.
Apreté los dientes para no soltar un quejido, cambié el cargador vacío por uno lleno con un movimiento fluido de la mano derecha y alcancé a Valeria junto a la escalera de caracol de forja negra.
—¡Sube tú primero! —le indiqué, colocándome en la base de los peldaños para cubrir el ángulo muerto del pasillo.
Valeria comenzó a trepar por la espiral metálica. Sus botas de cuero sonaban metálicas sobre la forja, resonando en el hueco vertical que conducía a la buhardilla de servicio.
Abajo, el tercer mercenario —el de la escopeta— comprendió que subir por la escalera principal era una trampa mortal.
Lo escuché avanzar bajo los arcos del patio, disparando cartuchos de postas hacia el techo artesonado para forzar nuestra retirada.
Los perdigones destrozaron las vigas de madera noble sobre nuestras cabezas, haciendo caer una lluvia de cascotes y cal viva que nos azotó los hombros.
Alcancé el descansillo superior de la buhardilla justo detrás de Valeria.
El espacio era estrecho, sofocante y olía a nidos viejos de paloma, paja seca y polvo de desván. Al fondo, una pesada trampilla de roble con una barra transversal de hierro oxidado cerraba la salida hacia las azoteas exteriores.
Valeria tiró del cerrojo con ambas manos, pero el óxido y la deformación de los tablones por la humedad marina del Estrecho mantenían el pasador atascado en el marco de piedra.
—¡Está trabado! —exclamó, apoyando el pie contra la pared para hacer palanca sin soltar el arma.
—¡Apártate! —le ordené.
La empujé hacia un lateral del desván, tomé impulso con la pierna derecha y descargué una patada directa con el talón de mi bota sobre el centro del travesaño de madera.
El marco crujió con una queja bronca, pero no cedió.
Por el hueco de la escalera de forja subían ya las pisadas pesadas del tercer asaltante, acompañadas por el chasquido metálico de un cartucho encajándose en la recámara de la escopeta.
—¡Silva! —rugió una voz áspera desde abajo—. ¡Tira el hierro si no quieres que la reviente contra los peldaños!
Volví a encarar la trampilla. Concentré todo el peso del cuerpo en un segundo impacto con la suela reforzada, golpeando exactamente sobre el anclaje del gozne inferior.
La madera vieja reventó con un estallido seco de astillas y herrajes arrancados. La trampilla se abrió de golpe hacia la intemperie, golpeando contra las tejas exteriores.
Una bocanada ardiente de siroco nos golpeó de lleno en el rostro.
El aire libre olía a arena recalentada, a humo de leña de las panaderías de la alcazaba y al salitre denso que subía desde los muelles del puerto viejo.
El cielo sobre Tánger era una masa turbia de tonos ocres y violáceos donde las ráfagas de viento arrastraban jirones de ropa tendida y el polvo rojizo de las colinas del sur.
—¡Arriba, sal ya! —le grité a Valeria.
La sujeté por la cintura con el brazo derecho, izándola hacia el vano de la azotea antes de salir yo detrás de ella.
En el instante en que mis botas tocaban la grava del tejado, la boca de una escopeta asomó por el marco astillado de la trampilla. El disparo de postas rasgó la madera a centímetros de mi cadera, esparciendo una nube de plomo y astillas en abanico que rebotó contra el pretil encalado.
Respondí sin mirar, vaciando cuatro proyectiles de mi SIG Sauer a través del hueco abierto de la buhardilla. Se escuchó un grito quebrado y el golpe sordo de un cuerpo rodando escaleras abajo por la espiral de forja.
—¡Al tejado contiguo! —le ordené a Valeria, señalando el murete de adobe que marcaba el límite con el taller de alfombras vecino, situado un metro más abajo—. ¡Salta y no te gires!
Valeria corrió hacia el borde del pretil, amortiguó el salto con las rodillas al caer sobre las tejas partidas del edificio anexo y rodó sobre el costado derecho para absorber el choque sin soltar la pistola.
Salté tras ella. El impacto contra el barro cocido de las tejas me arrancó un gemido sordo cuando el hombro izquierdo absorbió parte de la inercia contra el suelo de grava.
El dolor fue tan agudo que me nubló la visión por una fracción de segundo, pero me puse en pie de un salto, apoyando la espalda contra el depósito de agua mientras encañonaba la trampilla del riad que acabábamos de abandonar.
A lo lejos, en las callejuelas bajas de la medina, sonaron dos sirenas de la policía local y el chirrido de neumáticos pesados frenando en seco contra el empedrado del zoco.
El error de Valeria nos había arrebatado el refugio y los pasajes limpios hacia el sur, pero estábamos vivos y en movimiento.
La tomé con fuerza del antebrazo sano, obligándola a levantar la cabeza hacia el laberinto de azoteas blancas que descendía hacia la mezquita grande.
—Corre —le dije al oído—. La cacería acaba de empezar.