Capítulo 20 El Error
El polvo rojizo del siroco se colaba por las rendijas de los cobertizos y picaba en la garganta como cal viva.
Apreté el paso en el último recodo de la medina alta, pegándome a las paredes encaladas para eludir la línea de visión desde las azoteas transversales.
El hombro izquierdo me latía con un ritmo sordo y punzante: cada zancada forzaba los puntos de sutura que Valeria había fijado la noche anterior, tensando la carne inflamada bajo la camisa empapada en sudor.
Había perdido al vigía de la cazadora técnica en el dédalo de callejones detrás de la mezquita de Sidi Bouabid, pero aquello no era una victoria; era una cuenta atrás.
Que la gente de Antonio Torres vigilara la bajada hacia la dársena significaba que el cerco sobre Tánger ya estaba en marcha.
Tenía el trato cerrado con Youssef para los pasaportes y el pasaje nocturno, pero necesitábamos dos horas de invisibilidad absoluta para movernos sin levantar sospechas en los muelles.
Llegué al portalón de cedro del riad. La madera, reseca por el sol del norte de África, amortiguó el contacto de mis nudillos. Golpeé tres veces a intervalos desiguales y pegué los labios a la rendija del marco:
—Trementina.
El cerrojo de latón corrió por dentro con un chasquido apresurado.
La hoja se abrió hacia el interior. Entré de costado, barriendo la galería en penumbra con la mano derecha apoyada en la culata oculta bajo la cazadora, antes de empujar la madera con la espalda y encajar la traba metálica en el pestillo.
Valeria estaba de pie en el centro de la estancia.
Llevaba el abrigo oscuro abrochado hasta el cuello y la mochila de lona terciada sobre el pecho.
Sus manos, habituadas a la precisión milimétrica del escalpelo sobre lienzos antiguos, sujetaban las correas con una fuerza desmedida.
No había en su postura la laxitud del alivio por mi regreso; sus hombros estaban rígidos y su barbilla se mantenía alzada en una actitud defensiva que conocía de sobra.
La carpeta con la documentación pericial asomaba bajo su brazo izquierdo.
—Tenemos que marcharnos ahora mismo —dijo. Su tono era bajo, contenido, pero la tensión le quebraba la respiración al final de la frase—. He cometido un error grave, Adrián.
Me detuve a dos pasos de ella. La luz dorada y sucia que entraba por el tragaluz superior dibujaba sombras duras sobre las baldosas de barro.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, bajando la voz al mínimo.
Valeria sostuvo mi mirada sin pestañear, aunque el pulso en su cuello era visible y acelerado.
—Utilicé el teléfono desechable que dejaste sobre la cama. Llamé a Leonor, al despacho de Madrid.
Sentí una sacudida fría en la base de la nuca. El cansancio acumulado tras la travesía desde Cascais y la caminata por el zoco pareció evaporarse, sustituido por una lucidez de combate inmediata.
—Te ordené no encender ese terminal bajo ninguna circunstancia —solté entre dientes, clavando los ojos en los suyos—. Era un canal pasivo para una emergencia extrema. Nada más.
—No podíamos pagarle a Youssef —respondió ella de inmediato, dando medio paso al frente para acortar la distancia entre ambos—.
No teníamos efectivo ni margen de maniobra.
Ordené una transferencia de quince mil euros desde la cuenta fiduciaria que mi padre mantenía en Ginebra, dirigida a la sucursal de la Banque Populaire en el Zoco Chico.
Utilicé mi clave de acreditación pericial para autorizar la provisión de fondos en ventanilla.
Cerré los puños a los costados, controlando la respiración para no dejar escapar la furia que me quemaba el pecho.
—Esa cuenta está en el radar de la investigación judicial desde el tiroteo de Sintra —le dije, forzando las palabras a salir despacio, como si cada sílaba pesara una tonelada—.
La UDEF no necesita una comisión rogatoria internacional para monitorizar movimientos telemáticos en tiempo real; las alertas de prevención de blanqueo saltan en los enlaces de aduanas en cuestión de segundos.
—Creí que tardarían días en cruzar las autorizaciones —admitió ella. Sus dedos se apretaron contra las hebillas de la mochila, pero no apartó los ojos—. Me equivoqué. Ramos me llamó a ese mismo número hace menos de diez minutos.
El nombre del inspector de la UDEF cayó en la habitación con el peso de una sentencia.
—¿Ramos?
—Tiene los servidores de la galería pinchados y a sus agentes revisando cada apunte contable —explicó Valeria, hablando con rapidez febril—.
Me advirtió de que la orden de cobro en Tánger apareció de inmediato en las terminales de control aduanero.
Los hombres que Torres tiene desplegados en el puerto interceptaron la alerta.
Ya saben que estamos en este sector de la medina y han enviado a su gente a cazarnos.
Exhalé el aire viciado por la nariz, sintiendo una punzada ardiente en la clavícula izquierda que me obligó a corregir la postura.
—Maldita sea tu impaciencia —dije, dándole la espalda para examinar el vano de la ventana que daba al patio interior—. Tenía los pasaportes cerrados. Tenía el embarque pactado para esta misma medianoche. Solo necesitabas quedarte quieta en esta habitación dos horas. Dos horas de disciplina.
—No iba a quedarme de brazos cruzados mientras tú te vendías en el puerto —replicó ella, y por primera vez asomó una vibración áspera en su garganta—. Pensé que podía resolver la liquidez con los recursos de mi familia. Asumo la responsabilidad, pero discutir ahora no nos va a sacar de aquí.
Me volví hacia ella. Su rostro estaba pálido bajo la luz tamizada de las celosías, pero la mirada permanecía firme, desprovista de llanto o histeria. En medio del desastre que acababa de provocar, mantenía esa obstinación pétrea que la empujaba a mirar el peligro de frente.
—Guárdate las explicaciones —corté, dirigiéndome al rincón donde descansaba mi petate—. El arrepentimiento no desvía el plomo. Si Ramos te dijo que vienen de camino, significa que sus todoterrenos ya están en el perímetro exterior.
Me agaché junto a la mesa baja. Abrí el petate con la mano derecha, evitando forzar el hombro dañado. Saqué dos cargadores suplementarios de nueve milímetros y los encajé en los bolsillos interiores de mi cazadora.
—Deja el maletín de madera —ordené sin mirarla—. Pesa demasiado y entorpece los giros en pasillos estrechos. Solo el ordenador portátil, la carpeta con los informes y el material de sutura en la mochila. Ajústate bien las correas al torso para que la carga no baile al correr.
Valeria no discutió. Se quitó la mochila, guardó los botes de antiséptico y los sobres de gasas estériles junto a los legajos del peritaje, y volvió a ceñirse los arneses de nailon con movimientos mecánicos y limpios.
De la parte posterior de mi cinturón extraje la pistola secundaria: una Walther compacta de polímero negro, ligera y fiable a corta distancia. Verifiqué la recámara, deslicé el seguro con el pulgar y se la ofrecí tomándola por la corredera.
Valeria dudó una fracción de segundo antes de cerrar los dedos sobre la empuñadura. Su mano era pequeña para el grosor del armazón, pero colocó el índice extendido sobre el lateral, por encima del guardamonte, exactamente como le había insistido durante las guardias en el refugio de Lisboa.
—Escúchame con atención —le dije, agarrándola por el hombro para fijar su atención—.
Esto no es un examen técnico ni una subasta de arte.
Si doblamos una esquina y aparece alguien armado, no gritas, no preguntas y no buscas las piernas.
Levantas los brazos, encaras el alza hacia el esternón y presionas el disparador hasta que el blanco caiga.
Si dudas medio segundo, estás muerta y me arrastras contigo. ¿Queda claro?
Sus ojos oscuros absorbieron la advertencia. Asintió con un gesto breve y seco.
—Queda claro.
—Pegada a mi espalda. Si abro fuego, te agachas y mantienes la cobertura hacia atrás.
Desplacé la corredera de mi SIG Sauer con un tirón corto para comprobar la alimentación del primer cartucho. Guardé el arma empuñada a la altura del costado y me acerqué a la cancela de madera que comunicaba con el corredor alto del riad.
El silencio que envolvía el edificio no era natural.
Se había extinguido el murmullo de los vendedores en la calle de abajo y el trino de los pájaros en el limonero del patio; solo persistía el zumbido seco del viento colándose entre las tejas y el crujido lejano de un madero al dilatarse por el calor.
Apoyé la frente contra el marco y miré por la rendija.
El corredor de la primera planta formaba un cuadrilátero sobre el patio interior, protegido únicamente por una balaustrada de cedro labrado con motivos geométricos.
En la planta baja, la fuente octogonal de azulejos permanecía seca, cubierta por una fina capa de polvo rojo.
La puerta principal de acceso a la calle era un portón macizo de dos hojas de roble reforzado con tachuelas de hierro.
Un crujido violento reventó la calma.
Abajo, en el zaguán, una detonación sorda sacudió los goznes del portón exterior. Una carga de ariete o un impacto hidráulico partió la traba de madera en dos astillas enormes. La hoja izquierda cedió con un chasquido cavernoso y se abrió de golpe contra el muro de cal.
Entraron tres hombres a paso ligero, desplegándose en abanico sobre las losas del patio.
Vestían chalecos tácticos oscuros sobre ropa civil, guantes de maniobra y auriculares de espiral transparentes.
Dos de ellos empuñaban subfusiles MP5 con silenciadores tubulares acoplados a la bocacha; el tercero, más corpulento, sostenía una escopeta de corredera corta con linterna acoplada al cañón.
Se movían con la soltura fría de profesionales habituados al asalto en recintos cerrados: cubriendo sectores cruzados, con las bocas de fuego orientadas hacia las esquinas superiores y las pisadas amortiguadas por suelas de goma blanda.
Eran mercenarios de Ortega. La guardia de choque que Torres utilizaba para limpiar escenarios sin dejar cabos sueltos.