Mi Jaula de Sombras Capítulo 19 El Zoco #2
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Capítulo 19 El Zoco #2

—Un intermediario del barrio de Marshan que gestiona transporte pesado hacia el sur —dijo Youssef—.

Les ha proporcionado dos vehículos con placas dobladas y radios de corto alcance.

Tienen enlaces en los accesos del puerto, en las pensiones del zoco y en la estación.

Quieren recuperar los documentos periciales que custodia la señorita Soto; a ti, Silva, tienen orden de ejecutarte en cuanto te tengan a tiro.

La frialdad de las palabras de Youssef dejó en evidencia nuestra situación: atrapados en un dédalo urbano, sin dinero físico para sobornar al enlace consular y con rastreadores bloqueando las vías de salida.

Adrián se inclinó sobre el mostrador, recortando la separación con el marroquí.

—Los pasaportes estarán listos a las ocho de la noche —dijo sin elevar el tono—. En el callejón de los Curtidores, tras la mezquita de Sidi Bouabid. Llevaremos los cinco mil euros en mano y el resto de la transferencia se desbloqueará cuando comprobemos las firmas electrónicas.

—Silva, si el operador no tiene el dinero a mediodía...

—El operador esperará —atajó Adrián—. Y tú te encargarás de que no toque esos números de serie. Si al anochecer intentas entregarnos a los hombres de Torres o los documentos no están listos, volveré a este taller. No habrá segundo aviso. ¿Ha quedado claro?

Youssef tragó saliva y desvió la mirada hacia el tablero de zinc.

—A las ocho —asintió con un hilo de voz—. Pero sin el dinero en efectivo, no habrá entrega.

—El dinero estará allí —zanjó Adrián.

Me sujetó del antebrazo con la mano derecha y me indicó la salida hacia la calle.

Al cruzar el umbral, la luz vertical del mediodía cayó sobre nosotros con fuerza. El Zoco Chico bullía de actividad: porteadores empujando carretillas cargadas de fruta, comerciantes de chilabas negociando a gritos y cuadrillas de muchachos esquivando a los transeúntes en las losas gastadas.

Descendimos pegados a las paredes de la calle de la Marina. El hombro de Adrián rozaba el mío en los tramos angostos; percibía el calor febril que desprendía su piel y la rigidez con que contenía el brazo izquierdo para que el desnivel del suelo no desgarrara los puntos de sutura.

—Debemos alcanzar el riad de la calle Ben Chimol antes de que vigilen ese sector —me dijo al oído, empujándome con suavidad hacia una esquina cubierta—. Allí podremos resguardarnos mientras resuelvo la obtención del efectivo.

—No hay modo de reunir cinco mil euros antes de las ocho sin activar las alarmas bancarias, Adrián —le recordé, vigilando los recodos de las casas vecinas—. Tus cuentas están bloqueadas por Asuntos Internos y la policía tiene intervenidas las sociedades mercantiles de mi familia en Madrid.

—Buscaré una salida —contestó con parquedad, con la nuca rígida y la mirada clavada al frente—. Lo urgente es confirmar que no nos han marcado a la salida del taller.

Nos detuvimos frente a un zaguán donde colgaban alfombras de lana y faroles de cobre. Fingí interesarme por un paño de telar mientras Adrián se situaba tras de mí, usando el reflejo de una bandeja de latón colgada junto a la jamba para observar la cuesta que habíamos dejado atrás.

La superficie metálica devolvía un cuadro nítido del callejón.

A unos treinta metros hacia arriba, recortado contra el arco de una plazoleta, se detuvo un hombre corpulento con la cabeza rapada, pantalón vaquero y chaleco técnico verde oliva.

No prestaba atención a los puestos ambulantes; mantenía el auricular presionado contra la oreja izquierda y recorría con la vista a cada persona que bajaba en dirección a la dársena.

—Adrián... —murmuré sin mover el cuello.

—Lo veo —respondió él, pegando su costado al mío—. Es gente de Torres. Están peinando el eje principal con apoyo de radio. Todavía no nos tiene localizados, pero está cerrando la bajada hacia el puerto.

En el reflejo del latón vi cómo el individuo cortaba la comunicación y clavaba la vista hacia nuestro portal.

La silueta cuadrada de mi maletín de peritaje llamó su atención.

El hombre dio dos zancadas hacia el centro del empedrado y comenzó a descender la pendiente con la mano derecha introducida bajo la solapa del chaleco.

—Camina despacio hacia el fondo de la tienda —me ordenó Adrián con voz neutra—. Cruza el patio trasero y sube la escalera de servicio hacia la calle alta. Yo cubriré el paso.

—No te voy a dejar solo con la herida abierta —protesté, apretando el maletín contra las costillas.

—No hay margen para discutir, Valeria. Si te capturan con los dictámenes periciales, todo se termina aquí. Camina. Ya.

Su mano diestra se hundió en el bolsillo de la cazadora, cerrándose sobre la culata del arma oculta. No había duda en su gesto, solo la misma determinación fría que le vi desplegar en los cobertizos de Sintra y en el muelle de Cascais.

Di media vuelta y me deslicé entre los fardos de tela apilados en la penumbra del comercio. El comerciante alzó las manos con sorpresa, pero Adrián dejó caer dos billetes sobre el mostrador de madera y le indicó con una seña seca que no hiciera ruido.

Cruzamos el pasadizo hacia el patio posterior. La salida daba a una rampa escalonada de piedra irregular que ascendía en zigzag hacia la parte alta de la alcazaba, alejándose del núcleo comercial.

Subí los peldaños a paso rápido, notando el esfuerzo en los gemelos y el tirón del maletín en los tendones del brazo.

A mi espalda, las pisadas de Adrián sonaban entrecortadas; cada escalón le exigía una respiración áspera provocada por la tracción del vendaje sobre la herida del hombro izquierdo, pero sus botas mantuvieron el ritmo sin ceder terreno.

Al alcanzar el último tramo de la cuesta, el callejón desembocó en una plazoleta silenciosa, cercada por muros altos cubiertos de buganvillas. El bullicio del zoco quedó apagado por la altura, sustituido por el ladrido lejano de un perro y la llamada a la oración que partía de un alminar cercano.

Nos detuvimos frente al portón de un riad con celosías de madera tallada.

Adrián sacó una llave de hierro del bolsillo, abrió la cerradura pesada y empujó la hoja hacia adentro. Nos deslizamos al interior y pasó el cerrojo de hierro con un golpe seco que nos aisló de la calle.

Nos quedamos quietos en el zaguán, envueltos en una penumbra fresca con olor a cal y tierra húmeda de macetas.

Adrián apoyó la espalda contra el muro encalado.

Cerró los ojos unos instantes y dejó caer la cabeza hacia atrás mientras su mano derecha subía con lentitud a presionar el vendaje del hombro izquierdo.

Una mancha rojiza asomaba ya por el tejido de la cazadora: el esfuerzo de la subida había desgarrado los puntos de sutura.

Me acerqué a él, deposité el maletín en las losas del suelo y levanté las manos para ayudarle a abrir la prenda.

—La herida está sangrando otra vez —le dije en voz baja, tanteando con cuidado los bordes de la gasa para comprobar la abertura.

Abrió los ojos y me sostuvo la mirada. La máscara de alerta se había replegado, dejando a la vista el agotamiento físico y esa vulnerabilidad contenida que solo mostraba cuando estábamos a solas tras una puerta trancada.

—No tiene importancia —susurró, cubriendo mis dedos con su mano diestra. El contacto áspero de su piel me devolvió la calma—. Lo decisivo es que hemos ganado margen hasta la tarde.

—Un margen sin dinero, sin pasaportes y con los rastreadores de Torres desplegados por la medina —le contesté, notando la presión firme de sus dedos sobre los míos—. Si no reunimos cinco mil euros en mano antes de las ocho, Youssef no soltará los documentos.

Adrián no respondió de inmediato. Levantó la vista hacia el tragaluz del patio central, donde la claridad del mediodía descendía sobre los azulejos de la fuente.

—Descansa un momento, Valeria —dijo al fin, retirando su mano despacio—. Subiré a inspeccionar la azotea y comprobaré los cerrojos de las ventanas. Luego resolveremos el asunto del dinero.

Lo vi dirigirse hacia las escaleras del patio con la espalda recta y el brazo izquierdo pegado al costado, negándose a mostrar el dolor de la articulación dañada.

Permanecí sola en la penumbra del zaguán.

Observé mi maletín de conservación en el suelo y el teléfono desechable que Adrián había colocado sobre la repisa de madera.

La cuenta suiza de mi padre y el registro pericial de la galería eran la única herramienta capaz de abrirnos un conducto de escape antes de que cayera la noche, aunque recurrir a ella supusiera encender una señal visible para quienes nos buscaban a ambos lados del Estrecho.

El margen en Tánger se estaba agotando.