Mi Jaula de Sombras Capítulo 19 El Zoco
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Capítulo 19 El Zoco

El olor a gasoil quemado del muelle pesquero se diluyó en cuanto dejamos atrás los tinglados de la dársena y nos internamos en las callejuelas de la medina.

Tánger amanecía bajo un cielo turbio que proyectaba sombras densas sobre la cal de los muros.

El aire no conservaba la frialdad atlántica de la travesía nocturna; era una corriente tibia, saturada de polvo de siroco y humo de carbón vegetal mezclado con comino.

Apreté los dedos en el asa de cuero de mi maletín.

La madera de nogal, reforzada con cantoneras de latón en las esquinas, tiraba de los músculos de mi antebrazo con un peso conocido.

En el doble fondo acolchado, entre carpetas de papel neutro y frascos de reactivos, guardaba los informes del Prado y las microfotografías de las tablas flamencas que sustentaban la acusación contra Héctor Torres.

Adrián caminaba medio paso por delante, pegado a la sombra de los aleros.

Llevaba una cazadora de lona oscura, comprada al amanecer a un estibador para sustituir la camisa ensangrentada que arrojamos por la borda antes de entrar a puerto.

Mantenía la mano diestra metida en el bolsillo y volcaba el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, protegiendo el hombro izquierdo de las sacudidas del pavimento irregular.

Lo observaba con la misma atención que dedico a un panel de roble agrietado por una tensión estructural.

Bajo la lona basta, el vendaje que le improvisé en la bodega de la Estrela do Mar inmovilizaba el brazo contra las costillas.

Tenía la piel del cuello pálida por la hemorragia de la noche anterior y el castigo de cuatro puntos de sutura aplicados sin más sedante que un trago de aguardiente portugués.

Aun así, su marcha conservaba un ritmo firme.

Sus ojos vigilaban los quicios de madera, las cancelas bajas y los soportales donde comenzaban a levantarse los cierres metálicos.

—Mantente a mi espalda, Valeria —murmuró sin volverse—. Si escuchas un grito o ves a alguien doblar la esquina con las manos ocultas en la chilaba, te metes en el primer zaguán y no te detienes.

—Sé moverme, Adrián —contesté, manteniendo el paso a su altura—. El que lleva cuatro puntos de nylon tirando del deltoides eres tú. Si fuerzas una zancada en falso, reventarás la sutura antes de cruzar la plaza.

Él no contestó. Bajó apenas los hombros y soltó una bocanada de aire entre los dientes, buscando aliviar el tirón de la clavícula izquierda sin perder la línea de marcha.

Entramos en el Zoco Chico por un arco de mampostería descascarillada, donde la humedad había carcomido el yeso hasta dejar al descubierto los ladrillos cocidos.

La plaza despertaba con un murmullo denso: aguadores con sombreros de paja y borlas de lana, campesinas del Rif que disponían montones de menta sobre plásticos negros y corrillos de hombres mayores fumando en las terrazas bajas.

Mi mirada, habituada a descomponer estratos pictóricos, leía la arquitectura como un soporte mutilado.

Sobre los muros de piedra, las capas recientes de cal no borraban las molduras coloniales ni los azulejos vidriados arrinconados en las esquinas sombrías.

Tánger parecía una encrucijada de identidades provisionales y pactos comerciales sellados en cuartos traseros.

Adrián se detuvo ante un portal angosto, encajado entre un almacén de alfombras y una botica que mostraba cuencos de azufre y raíces secas. Una placa de latón corroída por el salitre anunciaba en francés y árabe un taller de encuadernación y restauración de documentos.

—Youssef trabaja en la trastienda —dijo Adrián, tocando la madera de cedro con los nudillos—.

Durante años coordinó las rutas de enlace marítimo entre Algeciras y Tánger-Med.

Conoce los despachos consulares y a los intermediarios que manejan las remesas de pasaportes vírgenes.

Si alguien puede facilitarnos dos libretas limpias antes de la noche, es él.

—¿Es de fiar?

Adrián miró el suelo empedrado, endureciendo la comisura de la boca.

—En esta medina la fidelidad depende del margen de beneficio. Youssef cumplirá mientras entienda que vendernos le resultaría más ruinoso que cobrarnos.

Empujó la hoja de madera. Un badajo de bronce dio un golpe seco contra el marco.

El taller olía a cola caliente de piel y vapores de trementina.

En las estanterías descansaban legajos cosidos con cáñamo, infolios encuadernados en tafilete oscuro y frascos con pigmentos en polvo.

Sobre un tablero de corte iluminado por una lámpara de fuelle, un hombre menudo de rostro afilado y gafas de alambre recortaba los márgenes de una hoja manuscrita con una plegadera de hueso.

No se sobresaltó al vernos entrar. Apoyó la herramienta sobre una plancha de zinc, limpió el polvo de papel de sus dedos contra la chilaba de lana gris y levantó la vista hacia nosotros, fijándose de inmediato en la inmovilidad del brazo izquierdo de Adrián y en la empuñadura de latón de mi maletín.

—Llegas tarde, Silva —dijo en castellano, con el deje pausado del norte de Marruecos—. Y vienes acompañado. No mencionaste a una mujer cuando me enviaste el mensaje desde el pesquero.

—Las condiciones cambiaron en Cascais —repuso Adrián, dando un paso al frente para situarse en el centro de la estancia y mantener despejada la línea hacia la cancela—. Ella es Valeria Soto. Examinará los documentos antes de que hagamos cualquier pago.

Youssef apretó los labios con un gesto escéptico. Se quitó las gafas de lectura y las dejó sobre el mármol.

—Valeria Soto —pronunció, midiendo cada sílaba—.

La restauradora a la que la policía española atribuye la sustracción de piezas estatales en Madrid.

Vuestras fichas de búsqueda entraron en las terminales de aduanas hace cuatro horas, coincidiendo con el atraque del transbordador de Tarifa.

La policía portuguesa ha abierto diligencias tras el tiroteo de Estoril; el hombre abatido en esa finca manejaba contactos diplomáticos en Moscú y no van a dejar el asunto en manos de inspectores locales.

Tragué saliva, pero conservé la postura y apoyé el maletín sobre el borde del mostrador.

Me incliné sobre la mesa de trabajo donde descansaba el documento que Youssef manipulaba. La textura del soporte me resultó evidente al primer vistazo: un folio de pergamino que imitaba un tratado andalusí de medicina del siglo catorce.

—Este soporte apenas tiene medio siglo, señor Youssef —señalé, rozando con el canto de la uña el margen superior—.

La tonalidad no se debe al envejecimiento de las grasas de la piel, sino a un baño forzado de té negro y permanganato.

El craquelado de los trazos caligráficos muestra un sangrado periférico muy característico, propio de una plumilla de acero sobre vitela tratada con almidón industrial.

Youssef alzó la cabeza, mirándome por encima de las lentes con una chispa de curiosidad profesional.

—Tiene buen ojo, señorita Soto —respondió—. Hay coleccionistas en el bulevar Pasteur que pagan sumas considerables por estas piezas para colocarlas en sus despachos coloniales.

Aparté la mano del documento y lo miré a los ojos. —En el Prado llamamos a eso falsificación documental simple. Y si los pasaportes que nos va a entregar tienen la misma calidad técnica que este folio, no llegaremos vivos al control ferroviario.

Adrián apoyó la mano derecha en la madera del mostrador, cortando la digresión con un gesto seco.

—Vamos a lo importante, Youssef. Dos pasaportes españoles auténticos de la serie consular vigente, con identidades cargadas en el registro central de Rabat y sellos de entrada marítima validados.

El marroquí guardó las gafas en el bolsillo de su chaleco oscuro y cruzó los brazos sobre la chilaba.

—El presupuesto anterior ya no sirve, Silva.

Ciento cincuenta mil euros era la suma cuando solo os buscaba la guardia fronteriza.

Ahora vuestras caras están en las terminales de aviso urgente.

Gestionar esas dos cartillas y grabar los datos biométricos en la delegación exige sobornar a tres niveles administrativos.

El operador del consulado no tocará el teclado sin un anticipo inmediato de cinco mil euros en metálico.

—El acuerdo contemplaba la transferencia íntegra a tu cuenta en Funchal tras validar los chips —respondió Adrián con voz templada—. No llevo esa cantidad en billetes encima.

Youssef negó con un gesto seco de la cabeza. —Entonces no hay documentos. El volcado de datos se ejecuta a mediodía. Si el funcionario no recibe el adelanto antes de esa hora, las libretas se asignarán a trámites ordinarios y perderéis la oportunidad. El coste total sube a doscientos mil euros.

El silencio se instaló en el taller, roto únicamente por el crujido de las vigas del techo. Adrián cambió el ritmo de su respiración, pausándola como hacía cada vez que evaluaba una amenaza inminente.

—Estás tensando demasiado la cuerda, Youssef —dijo Adrián con voz baja—. No te conviene jugar a dos bandas.

—No soy yo quien os complica la salida, Silva —replicó el artesano, retrocediendo medio palmo hacia los anaqueles—. Son los dos tipos que desembarcaron esta mañana en el catamarán de Algeciras.

Adrián clavó la vista en él sin parpadear.

—¿Quiénes son?

—Españoles, complexión atlética y chalecos oscuros —explicó Youssef en un susurro—.

Fueron directos a la dársena vieja y abordaron al patrón de la Estrela do Mar.

Le fracturaron dos dedos contra una bita metálica para sacarle información.

El patrón acabó confesando que había dejado en la playa a un hombre con una herida en el torso y a una mujer con un maletín de restaurador.

Apreté el asa de cuero de mi caja de instrumental. La organización de Héctor Torres operaba con una celeridad asfixiante, desplegando recursos en la costa africana con la precisión de un equipo militar.

—¿Quién los asiste en la medina? —preguntó Adrián, con la mano derecha rozando la abertura de la cazadora.