Capítulo 18 Travesía #2
La reacción fue una sacudida que me levantó la espalda de la lona.
El alcohol al noventa por ciento sobre la carne viva me abrasó las fibras con un ardor implacable.
Mi mano derecha subió en un reflejo ciego y le atenazó la muñeca con una fuerza desesperada, hundiéndole los dedos en los tendones mientras un aullido sordo, desgarrado, me reventaba en el pecho.
Valeria soportó el envite sin apartarse. No retiró el brazo ni aflojó la presión de sus rodillas. Con su mano libre me sujetó la nuca, sosteniéndome la cabeza contra su hombro mientras el aire me salía en jadeos cortos y convulsivos.
—Ya está —me dijo al oído, con un tono bajo y constante que funcionó como un ancla en mitad del vendaval—. La porquería está fuera, Adrián. Se acabó. Mírame. Mírame a los ojos y suelta la tensión.
Parpadeé para despejar las lágrimas provocadas por el dolor. Su rostro estaba a diez centímetros del mío. Tenía una gota de sudor corriéndole por la mejilla y la mirada fija en la mía, sin asomo de espanto.
Poco a poco, el fuego en el hombro se transformó en un latido sordo, soportable. La rigidez de mi espalda fue cediendo hasta que los omóplatos volvieron a descansar sobre la lona. Aflojé los dedos sobre su muñeca; las marcas rojas de mi agarre quedaron grabadas en su piel blanca.
—Perdona —murmuré, con la garganta completamente reseca.
—No tienes de qué disculparte —respondió, frotándose la muñeca con suavidad antes de volver a concentrarse en la herida—. El tejido está sangrando limpio. Eso es lo que cuenta.
Comprimió el lecho con una gasa estéril durante varios minutos hasta que la hemorragia disminuyó a un rezume controlado. Luego enhebró la aguja curva con el nylon del botiquín.
Con cuatro puntos de sutura bien espaciados, aproximó los bordes de la incisión, dejando el ángulo inferior libre para permitir el drenaje natural de cualquier seroma residual. Cubrió la sutura con una capa densa de pomada yodada y colocó apósitos secos.
Después, me pasó las vendas elásticas alrededor del torso: cruzando desde el hombro izquierdo sobre el pecho, rodeando la espalda y fijando el brazo contra las costillas para anular cualquier palanca de la articulación.
Cuando aseguró el último extremo con tiras cruzadas de esparadrapo, Valeria se dejó caer hacia atrás sobre un fardo de cabos, soltando el aire en una exhalación profunda y prolongada.
Tenía las mangas de la camisa arremangadas, las manos manchadas de yodo y sangre coagulada, y la respiración agitada por el esfuerzo continuado.
—Tómate esto. —Me pasó dos cápsulas de amoxicilina y un analgésico que sacó del fondo del botiquín.
Desenroscó la cantimplora de agua dulce y me ayudó a incorporarme unos centímetros para tragar las pastillas. El agua fresca me alivió la quemadura de la garganta.
—Tienes buen pulso para no ser cirujana —dije, apoyando la cabeza contra el madero de la cuaderna.
Valeria se limpió las manos con una gasa empapada en alcohol, frotándose los dedos con paciencia metódica.
—Un restaurador pasa miles de horas reconstruyendo lienzos desgarrados por la humedad y tablas comidas por la carcoma.
Hay que entender cómo reacciona cada estrato a la tensión antes de tocarlo con una lanceta.
Tu hombro no es muy distinto de un soporte de nogal del siglo dieciséis sometido a malos tratos.
Una sombra de sonrisa me asomó a los labios, la primera en muchos días.
—Me alegra saber que estoy a la altura de un retablo antiguo.
—El retablo no protesta tanto cuando le echas solvente —repuso ella, guardando el instrumental en la caja metálica con movimientos ordenados—. Ahora tienes que quedarte inmóvil. Si las costuras saltan con un pantocazo del barco, no pienso volver a abrirte.
—No me moveré.
Valeria dobló su chaquetón seco y me lo colocó con cuidado bajo la nuca para amortiguar los golpes del casco contra el mar.
Al apartar la mano, busqué sus dedos con los míos.
Se los envolví con la palma, sintiendo la textura áspera de su piel, el salitre adherido a sus nudillos y la firmeza tranquila de su pulso.
—Gracias, Valeria.
Ella me sostuvo la mirada durante un silencio largo en el que solo se escuchó el quejido de las maderas de roble resistiendo el envite del Atlántico.
—Aún no hemos llegado a ninguna parte, Adrián —dijo en voz baja—. Si los contactos de Torres tienen compradas las capitanías en Marruecos, de nada habrá servido limpiar la herida.
—Los intermediarios de Torres son eficaces en los despachos y en las notarías de Gibraltar —contesté, apretando ligeramente sus dedos—.
En el agua manda el patrón. Este barco lleva cuarenta años metiendo contrabando de tabaco por los bajíos de Larache sin tocar una baliza oficial.
Saldremos del ángulo muerto antes del alba.
Valeria no retiró la mano. Se acomodó junto a mi costado derecho, apoyando la espalda en el mamparo y vigilando el bolso estanco donde guardaba los cuadernos periciales y las copias del acta de Sintra.
Al cabo de una hora, la acción combinada del antibiótico y el analgésico fue aplacando el latido furioso del deltoides. La fiebre me aflojó el cerco sobre las sienes, dejando paso a una pesadez densa que me arrastró hacia el sueño.
En la duermevela, las imágenes del pasado volvieron a cruzarse con el traqueteo de la sala de máquinas: el despacho de la UDEF en Madrid, los expedientes lacrados sobre la mesa de caoba, la voz pausada de Torres asegurando que algunos patrimonios estaban por encima del código penal, el chirrido de los frenos en la carretera de Sintra y los fogonazos de los subfusiles bajo los pinos mojados.
Me desperté de golpe cuando el motor varió el régimen de vueltas, bajando de revoluciones con un silbido asmático.
La bodega estaba en penumbra. Valeria dormía sentada a mi lado, con la cabeza ladeada sobre mi hombro sano y la mano derecha aún cerrada sobre la solapa de mi camisa. Su respiración era acompasada, tibia contra mi cuello.
Me incorporé con lentitud, cuidando de no tensar las fibras del vendaje. La punzada en el hombro era un dolor sordo y localizado, sin el ardor tóxico de la infección. El drenaje había funcionado; la piel alrededor de las gasas estaba fresca.
Deslicé los pies sobre la cubierta y me puse en pie afirmándome en los maderos. La Estrela do Mar ya no cabeceaba contra las olas abiertas del océano; el balanceo se había vuelto suave, cadencioso, típico de las aguas abrigadas de una bahía.
Subí los peldaños de la escala de hierro con cuidado y empujé la trampilla de popa un par de palmos.
El aire frío de la madrugada me golpeó la cara, limpiándome de golpe el hedor a combustible y salmuera estancada.
Hacia el sur, recortada contra el horizonte donde empezaba a disolverse la noche, se extendía la línea baja y oscura de la costa africana.
Una ristra de luces anaranjadas parpadeaba en la distancia: las escolleras de poniente del puerto viejo de Tánger.
El patrón, con el chubasquero empapado y la colilla apagada pegada a la comisura de los labios, sostenía la caña del timón en silencio, gobernando el pesquero entre dos boyas ciegas para evitar las rompientes de la restinga.
Volví a bajar a la bodega.
Me arrodillé junto a Valeria y le toqué suavemente el hombro. Ella abrió los ojos de inmediato, alerta, con ese reflejo defensivo que se adquiere cuando la supervivencia deja de ser una hipótesis y se convierte en rutina.
—Estamos entrando al abrigo del cabo —le dije en un susurro—. En veinte minutos tocamos tierra.
Valeria se incorporó, palpó el bolso de cuero entre sus piernas para verificar que los precintos seguían secos y se frotó la cara con el dorso de la mano.
—¿El brazo aguanta? —Examinó el vendaje en la penumbra.
—Aguanta. —Le ofrecí la mano sana para ayudarla a ponerse en pie—. Ahora empieza la parte difícil.
Valeria me sostuvo la mano con firmeza y dio un paso hacia la escala.
—Esa parte ya la conocemos, Silva. Vamos a por ella.