Mi Jaula de Sombras Capítulo 18 Travesía
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Capítulo 18 Travesía

El sonido de los pistones en el fondo del pesquero no concedía tregua.

Era un martilleo continuo que me subía por los talones y me sacudía la base del cráneo con la insistencia de un metrónomo oxidado.

La Estrela do Mar navegaba a siete nudos, cabeceando contra un mar de fondo que levantaba la proa antes de dejarla caer con un crujido sordo en los senos de agua negra.

Estábamos encajados en la bodega de popa, entre fardos de redes impregnadas de sal seca y pilas de cajones plásticos para sardina.

El aire allí abajo pesaba: una mezcla densa de gasóleo crudo, brea, escamas podridas en los imbornales y la humedad gélida del Atlántico que se filtraba por las juntas de la escotilla.

Intenté erguirme apoyando la palma derecha en el forro de madera, pero el cuerpo me negó la orden.

Un ardor espeso, similar al plomo derretido estancado bajo la piel, me devoraba el hombro izquierdo.

La inflamación había desbordado el vendaje improvisado de Cascais, extendiéndose en una masa caliente y dura hasta la base de la clavícula.

Podía sentir el pulso de la sangre atrapada, latiendo con un compás acelerado y sucio que me nublaba la vista por momentos.

Valeria estaba arrodillada frente a mí. La luz de mi linterna táctica, encajada entre dos cuadernas de pino, le recortaba los pómulos y la línea severa de la mandíbula.

Tenía el pelo castaño recogido en un nudo improvisado en la nuca y manchas de barro seco en el cuello de la camisa, pero sus manos se movían con una quietud deliberada.

—Quédate quieto —dijo. Su voz cortó la vibración del motor sin necesidad de alzarse.

—El patrón tiene que virar hacia el sureste antes de que amanezca —murmuré. La boca me sabía a cobre y a sed vieja—. Si nos acercamos a la derrota de los mercantes en San Vicente, los radares costeros nos van a marcar.

—El patrón sabrá lo que hace con su timón. Tú preocúpate de respirar.

Despegó la tira de esparadrapo que me cruzaba el pecho. El tirón sobre la piel viva me arrancó un bufido que tragué entre dientes, apretando la mano derecha contra la arpillera húmeda hasta que las fibras de cáñamo se me clavaron bajo las uñas.

El vendaje cayó sobre la lona. El tufo que desprendió el apósito era inconfundible: una acidez dulzona y rancia que reconocía de mis años patrullando barriadas portuarias.

Tejido necrosado y pus acumulado bajo presión.

Las dos puntadas de urgencia que me había dado en Lisboa habían cedido bajo el edema; los bordes del orificio de entrada tenían un color grisáceo, macerados por el sudor y el agua salada que nos había calado en la fuga de Sintra.

—La bala arrastró caliza de la cantera, restos de lana quemada de la cazadora y lodo del estuario —dijo Valeria, examinando la herida a tres centímetros de distancia sin que le temblara una pestaña—.

Está cerrado en falso por fuera y pudriéndose por dentro.

Si no abro el lecho y limpio el conducto hasta la fascia, la infección alcanzará el torrente en doce horas.

—No tenemos campo estéril, Valeria. Esto es la sentina de un barco de bajura.

—Tengo lo necesario para que no te mueras de un choque séptico en mitad del golfo de Cádiz —repuso, levantando la vista para clavar sus ojos pardos en los míos—. Y tú vas a aguantar el tipo.

La miré en la penumbra. No había vacilación en sus facciones.

En su mirada reconocí la misma concentración obstinada con la que, tres noches atrás en el taller clandestino, limpiaba un estrato de repinte oxidado sobre una tabla del cuatrocientos: la certeza de quien conoce la resistencia de la materia y sabe exactamente qué instrumentos aplicar para no destruir lo que subyace.

—La caja de chapa está junto a la bomba de achique —le indiqué con un movimiento de barbilla hacia el mamparo de proa—. Detrás del cuadro eléctrico.

Valeria se levantó con agilidad, compensando el balanceo del barco con una flexión suave de las rodillas. Cruzó la bodega sorteando los cajones vacíos y descolgó el botiquín metálico del soporte de hierro.

Regresó a mi lado y desplegó el contenido sobre un paño de algodón limpio: un frasco de aguardiente blanco de alta graduación, una botella de alcohol de noventa y seis grados, gasas precintadas, una bobina de hilo de nylon trenzado con aguja curva, un rollo de esparadrapo ancho de tela, pomada yodada y unas pinzas de acero de punta fina utilizadas para retirar anzuelos y espinas.

Metí la mano en el bolsillo del pantalón, saqué mi navaja de dotación y se la ofrecí por el mango de baquelita.

—La hoja tiene vaciado plano —le dije, midiendo el aire para que no se me quebrara la voz—.

Pásala por la llama antes de tocar nada.

Hay que abrir el canal longitudinal, despejar las fibras deshilachadas del deltoides y raspar la caliza del fondo.

Si dejas una sola mota de polvo mineral, la supuración volverá a empezar en dos días.

Valeria tomó el acero. Sus dedos rozaron los míos; su piel estaba fría por el salitre, pero su pulso era firme, pausado.

—He desincrustado barnices polimerizados sobre soportes de roble de cinco milímetros sin quebrar una fibra viva, Silva. No necesito un manual de despiece.

—Esto sangra más que una tabla flamenca.

—La tabla flamenca no puede quejarse. Tú sí, si te hace falta.

Valeria destapó la botella de aguardiente, vertió un chorro sobre la hoja para limpiar el lubricante del muelle y luego encendió el mechero de gas.

El filo de la navaja ardió durante cinco segundos con un resplandor azulado y espectral.

El aroma punzante del alcohol quemado se mezcló con el hedor a gasóleo y sentina, transformando el aire enrarecido de la bodega en una atmósfera de quirófano de trinchera.

Esperó a que el acero templara. Luego se colocó a horcajadas sobre mis muslos, asentando las rodillas a ambos lados de mis caderas para inmovilizar mi torso contra los bandazos del oleaje.

El peso de su cuerpo sobre el mío me ancló al suelo de la bodega; sentí el calor de sus piernas a través de la tela empapada y la cercanía de su respiración en la clavícula.

—Respira hondo.

Apoyó la mano izquierda sobre la parte alta de mi pecho, fijando la masa muscular con los dedos extendidos. Con la derecha, encaró la punta de la navaja en el extremo superior de la herida.

Hundió el filo dos milímetros y trazó una incisión limpia hacia abajo, abriendo el canal de la bala en toda su longitud.

El dolor no fue un fogonazo; fue un mordisco helado que de pronto se convirtió en fuego líquido recorriéndome el hombro hasta el codo.

Los músculos de mi abdomen y mis piernas se tensaron como cables de acero bajo su peso.

Mis dedos derechos se crisparon sobre el entablado de la cuaderna, clavándose en las aristas astilladas mientras un gruñido espeso y cavernoso se me atrancaba en la garganta.

No grité. Mantuve la mandíbula apretada con tanta fuerza que el esmalte de las muelas rechinó.

—Suelta el aire, Adrián —me ordenó con un susurro firme, sin levantar los ojos de la incisión—. No bloquees el diafragma.

Un borbotón oscuro de sangre estancada y exudado purulento brotó del corte, desbordando hacia la axila. Valeria fue retirando el líquido con gasas dobladas en cuatro, limpiando los márgenes con toques metódicos hasta dejar a la vista el lecho muscular.

Con la punta de la hoja cortó los restos de hilo quirúrgico macerado de las curas anteriores y los extrajo con un movimiento seco. Luego dejó la navaja sobre la chapa del botiquín y tomó las pinzas de acero.

—Entro a la zona profunda —advirtió—. Hay esquirlas rozando el plano del húmero.

—Sácalas de una vez.

El pesquero cogió una ola cruzada y escoró quince grados a estribor. Valeria amortiguó el golpe inclinando el tronco y bajando el centro de gravedad, sin que las pinzas variaran su ángulo de inserción un solo milímetro. La punta metálica hurgó en la carne viva con un chasquido sordo.

Noté la presión del acero raspando la fascia. El dolor me nubló los bordes de la visión con una pátina blancuzca, pero me obligué a clavar la mirada en las cuadernas del techo, contando los remaches de cobre que sostenían la cubierta superior: uno, dos, tres, cuatro...

—Primera esquirla —anunció Valeria.

El chasquido metálico de la piedra al caer sobre la gasa confirmó la extracción: una lasca triangular de caliza de Sintra, manchada de sangre oscura.

—Sigue. —Apreté los dientes ante la punzada de las pinzas.

Valeria volvió a introducir las pinzas. Trabajaba con la paciencia meticulosa que le conocía de los peritajes: separando las fibras dañadas sin desgarrar el tejido sano, buscando los cuerpos extraños al tacto, guiada por la resistencia microscópica de cada impureza.

Extrajo hebras carbonizadas de lana y una masa compacta de lodo mineral que taponaba el fondo del conducto.

Cada tracción me arrancaba una sacudida involuntaria en el diafragma, pero la firmeza de sus rodillas sobre mis caderas me impedía doblar el tronco.

—Queda una lasca mayor encajada junto a la cabeza del hueso —dijo, separando los bordes del corte con dos dedos enguantados en gasa—. Es la que está alimentando la bolsa de pus. Si tiro de ella va a sangrar con fuerza.

—Tira.

Introdujo las pinzas más hondo. Noté el choque del metal contra la superficie ósea; un escalofrío me recorrió la columna vertebral de abajo arriba. Valeria hizo presa en el fragmento y traccionó con apoyo firme, en un movimiento ascendente y continuo.

La esquirla cedió.

Una oleada de sangre limpia, de un rojo brillante y tibio, brotó de inmediato del fondo de la cavidad, lavando el tejido y arrastrando los últimos restos de exudado hacia el exterior.

—Canal limpio. —Dejó las pinzas y agarró el frasco de aguardiente—. Ahora viene lo peor.

—Échalo.

Vertió el líquido directamente en el fondo de la herida abierta.