Capítulo 17 El Muelle de Cascais #2
Adrián extrajo el fajo compacto de billetes que quedaba del fondo de contingencia de Ramos: billetes de cien y doscientos euros, sujetos con una goma elástica, con las esquinas húmedas por el aguacero.
Con los dedos de la mano derecha se desabrochó el cronógrafo suizo de la muñeca contraria, un reloj de precisión con esfera de zafiro que conservaba de su época de operaciones.
Dejó el dinero y la pieza sobre la caja de madera de la bomba de achique.
—Ocho mil euros en efectivo y un cronógrafo que triplica esa cifra en cualquier casa de empeños de Lisboa —dijo Adrián, sin apartar los ojos de los del marinero—.
Solo tiene que cruzar la barra, bordear la costa hacia aguas internacionales y dejarnos en la bahía de Tánger.
Con esto compra gasóleo para meses de faena.
El patrón alternó la mirada entre el fajo de billetes sobre la madera salitrosa y las linternas que ya peinaban el muelle adyacente, a menos de sesenta metros de nuestra posición. Se le marcó un surco hondo en la frente, entrecerró los ojos castigados por el mar y tomó una decisión en un segundo.
Arrampló con el dinero y el reloj, embutiéndoselos en el bolsillo estanco del impermeable.
—Para o porão de ré. Agora mesmo —espetó, señalando una escotilla enrasada en la cubierta tras el puente de mando—. Entre as caixas de gelo e as redes velhas. Se fizerem um único ruído quando passarmos pelo posto da barra, juro por Deus que vos deixo no fundo do Tejo.
—No habrá ruido —aseguré, adelantándome hacia la trampilla.
El patrón soltó de un golpe la última amarra de proa, la lanzó a bordo con destreza y corrió hacia la rueda de timón dentro de la caseta.
El motor diésel bramó con una sacudida profunda al meter la marcha avante; el humo espeso del gasóleo invadió la cubierta, envolviéndonos en una niebla gris que nos ocultó de la vista del muelle.
Adrián tiró de la anilla de hierro empotrada en la madera de la escotilla. La tapa se abrió con un crujido pesado, liberando una bocanada de aire helado con poso de óxido rancio.
—Baja tú primero. Agárrate a las traviesas laterales, los peldaños tienen grasa de pescado.
Me deslicé por la abertura estrecha. Mis botas resbalaron en el primer escalón metálico, pero logré aferrarme con la mano derecha al montante de hierro mientras con la izquierda apretaba la cartera contra el pecho.
Descendí cuatro metros hasta que mis pies tocaron las tablas de pino de la sentina, cubiertas por dos dedos de agua grasienta y escamas transparentes.
Adrián bajó tras de mí con movimientos ágiles, aunque un leve tropiezo al apoyar el pie izquierdo reveló lo mucho que le costaba mantener el equilibrio sin el apoyo del brazo herido.
Encajó la tapa de madera sobre nuestras cabezas.
Desde el exterior, escuchamos el golpe metálico del cerrojo de hierro al correrse y el sonido sordo de una lona pesada desplegándose sobre la escotilla.
La oscuridad se volvió absoluta.
No era una penumbra tamizada como la de un taller de restauración con las persianas bajadas, sino una negrura sólida y claustrofóbica, donde los ojos no encontraban ninguna referencia geométrica a la que aferrarse. El olor a brea y salmuera concentrada nos envolvía como una mortaja húmeda.
El casco de madera dio un bandazo violento hacia estribor.
El motor aceleró a fondo, transmitiendo una vibración sorda que nos sacudió desde las plantas de los pies hasta la coronilla.
Por encima de nuestras cabezas, el agua del puerto azotaba las cuadernas con un golpeteo rítmico mientras el pesquero enfilaba el canal de salida de la dársena, alejándose del muelle de Cascais hacia la bocana abierta del estuario.
—Estamos fuera del alcance de los fusiles —dijo Adrián en la oscuridad. Su voz sonaba extrañamente cercana, apenas un susurro que competía con el rumor de los pistones.
—Por ahora —respondí, tanteando con las manos en la negrura hasta encontrar un montón de sacos de arpillera húmedos apilados contra el mamparo de popa—. Si la guardia costera recibe orden directa de interceptar el pesquero antes de rebasar el faro de Santa Marta, nos registrarán la bodega entera.
—No tienen motivo para sospechar de un arrastrero de bajura que sale con marea favorable. La lona de cubierta tapa la escotilla y el patrón no querrá perder el dinero que lleva en el bolsillo.
Me dejé caer sobre los sacos de arpillera.
El tejido áspero raspaba la tela de mis pantalones, pero la base era lo bastante estable para descansar el cuerpo exhausto.
Coloqué la cartera de documentos entre mis muslos y pasé las yemas de los dedos por los bordes de la cremallera de goma.
El sellado seguía intacto; el aire seco del interior del forro conservaba los documentos a salvo de la humedad corrosiva del barco.
Escuché el roce de la ropa de Adrián al sentarse a mi lado, seguido de una exhalación entrecortada que intentó silenciar apretando los dientes.
—Déjame ver ese hombro. —Tanteé el bolsillo interior del abrigo hasta rozar el cuerpo metálico de la linterna pequeña.
—Aquí abajo no podemos encender luces. El reflejo podría filtrarse por las rendijas de la cubierta.
—La escotilla está cubierta con una lona doble y estamos tres metros bajo la línea de flotación —repliqué con sequedad—. Además, no necesito una lámpara para saber que estás ardiendo en fiebre. Puedo sentir el calor que desprende tu cuerpo desde aquí.
Encendí la linterna tapando el cristal con la palma de la mano, dejando escapar únicamente un hilo tenue de luz rojiza entre mis dedos.
El rostro de Adrián apareció recortado contra la madera oscura del mamparo.
Tenía la piel pálida, con una tonalidad cenicienta que contrastaba con las manchas de hollín y barro seco que le cubrían la sien derecha.
Los labios estaban agrietados por la deshidratación y en su cuello, justo por encima de la clavícula izquierda, la piel mostraba un brillo tenso y rojizo.
Aparté con delicadeza la solapa de su chaqueta y desabroché los primeros botones de su camisa empapada.
El vendaje que le había colocado en el refugio de Sintra estaba saturado de un líquido oscuro y purulento que desprendía un olor inconfundible a tejido inflamado e infección incipiente.
La carne alrededor de la herida de bala estaba hinchada, formando un relieve duro que tiraba de los puntos provisionales como si fueran alambres a punto de quebrar.
—La bala arrastró caliza de la pared y fibras de la cazadora al interior del músculo —dije, retirando los dedos con cuidado—. El barro de los acantilados ha hecho el resto. Tienes una infección seria en el deltoides.
—Aguantará hasta Tánger —respondió él, apoyando la nuca contra las costillas de roble del casco—. Quedan catorce horas de travesía.
—No aguantará catorce horas sin drenar —le espeté con la misma precisión técnica que utilizaba al analizar un soporte dañado—.
Si esa bolsa de pus no se limpia antes de que alcancemos aguas abiertas, la fiebre te provocará convulsiones en mitad de la noche y la infección pasará al torrente sanguíneo.
Conozco la materia viva igual que conozco los soportes de madera antigua: cuando la putrefacción se instala bajo la superficie, no basta con taparla; hay que abrir hasta la capa sana y sanear cada milímetro.
Adrián me miró fijamente en la penumbra rojiza. En sus facciones no había reproche ni debilidad, solo una aceptación pragmática del peligro.
—En el mamparo de proa debe de haber una caja de primeros auxilios de la tripulación —dijo en voz baja—. Alcohol, gasas o al menos agujas de remendar redes.
—La buscaré en cuanto el barco pase la rompiente del cabo. Ahora quédate inmóvil y ahorra fuerzas.
El Estrela do Mar embistió de pronto la primera ola abierta del Atlántico.
El golpe sacudió la estructura: la proa se elevó varios metros en el vacío antes de desplomarse con un crujido sordo que hizo temblar cada cuaderna de la bodega.
El agua salada pulverizada por el viento golpeó la cubierta superior con la fuerza de una granizada, y un chorro fino de salmuera escurrió por las rendijas de los maderos, salpicándonos el rostro y los hombros.
El balanceo se transformó en un cabeceo pesado y continuo, el pulso áspero del océano abierto que comenzaba a engullirnos.
Adrián cerró los ojos y apoyó la espalda contra la madera, encajando las rodillas contra una cuaderna para no rodar por la sentina con cada vaivén.
Acomodé la cartera de documentos bajo mi brazo, me pegué a su costado para amortiguar el frío de la sentina y clavé la mirada en la oscuridad de la bodega.
Sabíamos que atrás quedaban las cenizas de Sintra y los hombres de Torres peinando el muelle de Cascais; por delante, solo nos esperaba una noche interminable sobre las aguas negras del golfo de Cádiz y una intervención a vida o muerte en el fondo de un pesquero clandestino.