Capítulo 17 El Muelle de Cascais
El barro arcilloso de los acantilados se pegaba a las suelas de mis botas con una densidad pegajosa, sumando un peso muerto a cada zancada.
Llevábamos más de cuarenta minutos descendiendo por las trochas pedregosas que serpenteaban entre los tojos mojados y los salientes de basalto, con la lluvia atlántica castigándonos la espalda.
Bajo el brazo izquierdo, apretada contra las costillas con una fuerza que me agarrotaba los tendones, protegía la cartera de cuero encerado.
Dentro se guardaban las actas de la Fundación Prado, los registros de aduanas sellados por Duarte Santos y el disco duro con el volcado pericial de los lienzos.
Si el agua salada penetraba el forro de goma impermeable, meses de peritaje y la única prueba material contra la trama de Torres se disolverían en una pulpa de celulosa inservible.
Adrián bajaba dos pasos por delante. Su hombro izquierdo caía con una ligera asimetría que solo alguien acostumbrado a medir proporciones al milímetro sabría interpretar; la chaqueta empapada disimulaba el apósito ensangrentado, pero la rigidez en su cuello revelaba que cada apoyo del pie en el suelo resbaladizo le arrancaba un dolor punzante en la clavícula.
Mantenía la mano derecha libre, pegada a la culata de la pistola enfundada bajo el anorak.
—Por aquí —susurró, frenando el avance junto a un murete de mampostería agrietado por las higueras bravas—. Salimos a la trasera de los tinglados de redes.
Me apoyé contra la piedra húmeda para recuperar el aliento.
El aire que entraba en mis pulmones estaba saturado de humedad salina y del hedor a gasóleo quemado que desprendían los pontones en marea baja.
A lo lejos, detrás de la cresta rocosa que acabábamos de dejar atrás, el resplandor anaranjado de la cabaña incendiada en Cabo de Roca aún teñía la base de los nubarrones con un tono cobrizo, semejante al barniz de almáciga envejecido al calor de un fuego directo.
—¿Ves movimiento en el acceso principal? —pregunté, frotándome los nudillos entumecidos contra la solapa para devolverles la sensibilidad.
—Todavía no —Adrián se inclinó sobre el pretil, escudriñando la hilera de farolas que iluminaba la dársena secundaria—. Los todoterrenos tardarán diez minutos en bordear el cabo por la carretera comarcal. Creen que seguimos atrapados en la cornisa del barranco.
—Santos conoce estos muelles. Si avisó a la policía marítima portuguesa, habrán cruzado una patrullera en la bocana.
—Ramos eligió el pantalán cuarenta y dos precisamente porque queda fuera del tiro de cámara de la capitanía.
—Giró el rostro hacia mí; sus ojos oscuros tenían ese brillo fijo, carente de fatiga superficial, que adoptaba cada vez que entrábamos en terreno hostil—.
El balandro tiene bandera de Tánger y papeles marroquíes de tránsito pesquero.
El patrón sabe lo que transporta y cobró la mitad del flete antes de que saliéramos de Madrid.
Saltamos el murete hacia el pavimento de adoquines desgastados.
El agua estancada en las rodadas de los camiones reflejaba las luces de vapor de sodio en franjas amarillentas.
Caminamos pegados a las paredes de chapa ondulada de los almacenes frigoríficos, donde el rumor continuo de los compresores amortiguaba el chasquido de nuestros pasos.
Mis dedos, habituados a la delicadeza microscópica de las pinzas de relojero y los pinceles de pelo de marta, se cerraban con una crispación firme sobre la correa del bolso.
La tela empapada de mi abrigo me pesaba sobre los hombros, pero la urgencia de la huida actuaba como un anestésico sobre los músculos agarrotados.
Llegamos a la cancela que daba acceso al pantalán cuarenta y dos. La verja de alambre galvanizado estaba entreabierta, balanceándose con el viento con un chirrido herrumbroso.
—El balandro es el de casco blanco y botavara verde —dijo Adrián en voz baja, indicando con la cabeza hacia el extremo del dique de madera flotante—. Dos defensas rojas a babor.
Avanzamos sobre los tablones encharcados.
El muelle crujía bajo nuestro peso, oscilando sobre los pontones de plástico con el vaivén del oleaje que rebotaba contra el cantil de hormigón.
Pasamos junto a dos lanchas de fibra con los fuerabordas cubiertos por lonas grasientas y un arrastrero auxiliar con las cuadernas cubiertas de verdín.
Al llegar al amarre cuarenta y dos, el espacio estaba desierto.
Me detuve en seco. La mirada se me clavó en el agua negra que chapoteaba contra los pilotes de pino.
—No está —murmuré. La boca se me secó al instante, como si hubiera aspirado una bocanada de polvo de creta seca.
Adrián se arrodilló al borde del muelle. Con la mano derecha recogió un cabo grueso que colgaba del noray de hierro fundido. La estacha terminaba en un corte limpio, sesgado en diagonal, con los hilos de nailon deshilachados por la fricción reciente de una hoja afilada.
—Ha soltado amarras hace menos de un cuarto de hora —dijo, arrojando el cabo al agua con un gesto seco—. Vio las columnas de humo en el acantilado o escuchó las transmisiones de radio de la guardia costera. No ha querido arriesgar la embarcación.
—El contacto nos ha vendido. —El frío de la noche se me coló de golpe hasta los huesos mientras contemplaba el noray desierto—. Ramos dijo que era de fiar.
—En este negocio nadie es de fiar cuando huele a pólvora y a policía judicial —Adrián se puso en pie sin apoyar el brazo izquierdo, balanceando el cuerpo con un movimiento calculado del torso—. Olvida al marroquí. Tenemos que salir de esta dársena antes de que sellen la verja.
Un aullido agudo rasgó la penumbra a nuestras espaldas.
Desde la carretera alta que descendía de Cascais, dos destellos azules comenzaron a rebotar contra los muros encalados de las naves industriales.
El sonido de los motores acelerando sobre el adoquinado retumbó en el recinto cerrado del puerto, acompañado por el chirrido de neumáticos frenando sobre gravilla húmeda.
—Acceso norte bloqueado —dijo Adrián, tirando de mi manga derecha para apartarme del centro del pantalán—. Vienen dos patrullas y un furgón sin rotular. La gente de Torres viene detrás.
—Hacia el pueblo no podemos cruzar —le advertí, señalando las farolas del paseo marítimo, donde ya se divisaban las siluetas de dos todoterrenos apostados en la rotonda—. Nos tienen cercados contra la escollera.
—Entonces salimos por el agua.
Corrimos hacia el fondo del muelle sur, sorteando pilas de nasas de alambre y cajoneras de plástico para sardina.
El muelle terminaba en un surtidor de combustible para la flota local, una caseta de madera con el tejado de uralita carcomido por el salitre.
Abarloado al último pilote, con la proa orientada hacia la bocana y el motor diésel traqueteando en vacío, cabeceaba un pesquero de madera de unos doce metros de eslora.
En la amura de babor, bajo capas superpuestas de pintura azul desconchada que dejaban al descubierto la veta oscura del roble, se leía con dificultad: Estrela do Mar.
Un hombre de unos sesenta años, con barba canosa recortada a tijera y chubasquero amarillo empapado, terminaba de asegurar una manguera de gasóleo en la regala de estribor.
Tenía las manos anchas, curtidas por décadas de salmuera y cabos de cáñamo, y se movía con la soltura de quien conoce el balanceo de una cubierta mejor que el suelo firme.
Adrián saltó a la borda de madera sin vacilar. La estructura osciló bajo su peso con un chasquido sordo.
—Valeria, la mano. —Extendió el brazo derecho hacia mí, afirmando la postura sobre la tablazón húmeda.
Le tendí los dedos y me impulsé sobre el madero húmedo, cayendo junto a la escotilla de proa con la cartera de cuero aferrada al pecho.
El patrón se dio la vuelta en redondo al escuchar el golpe de nuestras suelas. De un soporte metálico fijado a la caseta de gobierno descolgó un bichero de hierro con mango de fresno de dos metros de largo. Apuntó la punta aguzada directamente hacia el pecho de Adrián.
—¡O que é isto?! ¡Fora daqui antes que vos deite ao mar! —rugió en portugués, con una voz áspera moldeada por el tabaco negro y el viento del cabo.
Adrián no retrocedió un milímetro. Se mantuvo erguido, con los pies separados para compensar el cabeceo del barco y las palmas abiertas a la altura del pecho, en un gesto de calma calculada.
—Precisamos de passagem, mestre —le habló en un portugués fluido, con un tono pausado que buscaba frenar el nerviosismo del marinero—. Pasaje inmediato hacia el sur.
—¡Não levo ninguém! ¡Estou de saída para a faina em Setúbal! ¡Saiam do meu barco antes que chame a capitania!
—Mire hacia la rampa de descarga. —Señalé con la barbilla hacia la explanada superior, forzando un tono firme y medido que cortara la tensión.
A menos de doscientos metros, dos todoterrenos oscuros reventaron la barrera de madera del control de aduanas.
Los faros barrieron los tinglados, cortando la lluvia en haces deslumbrantes.
Cuatro hombres con impermeables oscuros y fusiles cortos descendieron de los vehículos, desplegándose en abanico hacia los amarres.
El patrón clavó la vista en los hombres armados. El mango del bichero vibró en sus manos huesudas.
—Isso não é a polícia marítima... —murmuró, reconociendo la postura de los tiradores.
—Es un grupo de asalto privado —dijo Adrián, metiendo la mano derecha con lentitud en el bolsillo interior de su chaqueta—. Si nos encuentran a bordo, abrirán fuego sobre este casco sin hacer preguntas. Y usted no llegará a Setúbal.