Mi Jaula de Sombras Capítulo 16 Cabo de Roca #2
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Capítulo 16 Cabo de Roca #2

—¡Escucha lo que propone Torres! —insistió la voz—. Entrega la carpeta de aduanas y la chica saldrá caminando. Si cooperas, os dejamos vía libre hacia el muelle. Si te niegas, demoleremos esta cabaña a tiros.

—Intentan fijarnos en el frente para que dos tiradores ganen la parte trasera —le susurré a Valeria sin apartar los ojos de la rendija—. Quieren abrir fuego cruzado.

—No van a dejarnos marchar —dijo ella desde la base de piedra—. Si entrego los papeles, seremos dos cadáveres más en el fondo del acantilado.

—No vamos a entregar un solo folio.

Esperé a que una ráfaga de viento sacudiera las copas de los eucaliptos. El tirador se asomó sobre el capó del todoterreno para comprobar el ángulo de la puerta.

Asomé el cañón por la rendija inferior y disparé dos veces en rápida sucesión.

El primer disparo reventó el faro derecho del vehículo, sumiendo el flanco oeste en la oscuridad; el segundo impactó en el hombro del tirador. El hombre soltó un alarido seco y cayó de espaldas en el barro, perdiendo el fusil en la cuneta.

—¡Tirador en la ventana norte! —bramó el jefe de equipo—. ¡Fuego de cobertura sobre la fachada! ¡Abrid fuego!

La respuesta enemiga fue un diluvio de fuego automático.

Tres fusiles dispararon simultáneamente contra la cabaña.

El estruendo de los proyectiles perforando la madera se convirtió en un martilleo ensordecedor.

Las balas atravesaron los tabiques de pino como si fueran cartón, arrancando jirones de astillas y fibra aislante que flotaron en una niebla de polvo blanquecino.

Los estantes colgados sobre la encimera colapsaron con un chasquido violento.

La vajilla de peltre y las botellas de parafina se estrellaron contra el entarimado, desparramando astillas de vidrio sobre las mantas del camastro.

El olor acre de la pólvora quemada saturó el ambiente, mezclándose con el polvo de cal que entraba en remolinos por decenas de orificios de bala.

Me arrojé al suelo y me arrastré sobre los codos hacia la chimenea, esquivando los cascotes que caían del techo. Me coloqué sobre Valeria, cubriendo su cuerpo con el mío y encajando la espalda contra el bloque de granito para escudarla de cualquier desprendimiento.

—¿Estás entera? —pregunté junto a su oído mientras el plomo seguía demoliendo las vigas superiores.

—Ilesa —respondió con la respiración entrecortada por el polvo—. Pero la estructura no aguantará otra pasada.

—No nos quedaremos a esperar que cambien de cargador.

—¿Por dónde salimos? Tienen la pista y los laterales cubiertos.

—Por abajo.

Señalé con la barbilla hacia el rincón sureste de la estancia, donde una alfombra de yute yacía empapada bajo una lluvia de astillas.

—Esta cabaña se levantó sobre los cimientos de un puesto de señales costeras de la Segunda Guerra Mundial —expliqué con rapidez—. Hay una galería vertical de ventilación que conecta directamente con una cornisa natural en el acantilado.

—¿Baja hasta el mar?

—Hasta una repisa ciega sobre las rompientes. El paso es estrecho y resbaladizo, pero queda fuera del ángulo de tiro. Si alcanzamos la línea de costa al abrigo de la noche, llegaremos a Cascais antes de que sospechen que hemos salido.

Un golpe sordo retumbó en el porche exterior.

Un segundo después, una botella incendiaria reventó contra la puerta principal y el fuego comenzó a devorar las tablas secas del porche con una voracidad salvaje. El humo negro se acumuló en el techo, descendiendo en una nube asfixiante que amenazaba con bloquearnos el paso.

—Quieren purgar la casa con fuego —dijo Valeria, tosiendo contra la manga de su abrigo.

—Nos movemos ya. Pégate a mí y avanza a gatas.

Nos deslizamos por el suelo, sorteando vidrios rotos y brasas que caían de las vigas. Llegué al rincón, aparté la alfombra de yute de un tirón y dejé al descubierto una pesada compuerta de roble reforzada con herrajes de hierro fundido.

Afiancé las botas contra el zócalo de granito y tiré del anillo con la mano derecha, aguantando la punzada sorda que me recorrió el hombro herido.

El cerrojo oxidado cedió con un crujido metálico; la trampilla se levantó de golpe, liberando una bocanada de aire helado y salobre que traía el rugido del océano.

Bajo la trampilla se abría un pozo vertical de seis metros, con grapas de hierro forjado empotradas en la roca viva.

—Baja primero, Valeria —le ordené, aguantando la compuerta con la espalda—. Afianza cada pisada en las grapas y mantén los ojos fijos en la pared hasta que toques fondo.

—Baja detrás de mí —respondió ella, asegurando la bandolera antes de meter las piernas en el pozo.

—Voy pegado a ti. Muévete.

Valeria se deslizó en el hueco con agilidad serena, buscando los apoyos de metal en la penumbra. En cuanto sus hombros quedaron bajo el nivel del suelo, me introduje en el conducto y bajé la compuerta de golpe, encajando el pasador interior en el marco de piedra.

El cerrojo trabó con un golpe seco, aislando el estruendo de los disparos y el crepitar del incendio que devoraba la cabaña sobre nosotros.

Descendimos por la garganta de roca caliza mientras el agua de las filtraciones resbalaba por las paredes, empapándonos la ropa y enfriando el hierro de las grapas. Al llegar al fondo, mis botas hicieron pie sobre una cornisa de basalto húmeda, cubierta de líquenes y conchas trituradas.

La fisura se abría directamente hacia el abismo del Atlántico.

Salimos a cielo abierto. El viento de Cabo de Roca nos golpeó de frente con una violencia demoledora: una masa de lluvia y salitre que nos lavó el hollín de los rostros en cuestión de segundos.

Cincuenta metros más abajo, el mar reventaba contra los farallones en un hervidero de espuma blanca que rugía en la negrura.

Arriba, en lo alto del acantilado, la cabaña ardía convertida en una inmensa pira de fuego que iluminaba las copas de los eucaliptos y proyectaba largas sombras sobre las dunas.

Los hombres de Torres continuaban disparando hacia el interior de las llamas, convencidos de que seguíamos atrapados bajo el derrumbe de las vigas.

Sujeté a Valeria por el brazo para afianzar su postura sobre la roca resbaladiza.

—El sendero bordea el acantilado hacia el sur —le grité al oído para superar el bramido del temporal—. Son algo más de dos kilómetros y medio entre los salientes rocosos hasta la dársena de Cascais. Tardaremos cuarenta minutos si mantenemos el paso constante.

Valeria se apartó el pelo empapado de los ojos, apretó la cartera contra su costado y me miró con esa calma inquebrantable que desarmaba la furia de la noche.

—Abre camino, Adrián. No pienso quedarme atrás.

Guardé la pistola bajo la chaqueta impermeable y me lancé hacia el saliente, guiando la marcha por la estrecha cornisa de piedra viva.

El sendero serpenteaba al borde del precipicio, suspendido entre la roca mojada y el rugido salvaje del océano.

Avanzamos juntos contra el vendaval, hombro con hombro en la oscuridad del cabo, dejando atrás las llamas del refugio mientras ganábamos metro a metro el camino hacia el velero que nos esperaba en la costa.