Mi Jaula de Sombras Capítulo 16 Cabo de Roca
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Capítulo 16 Cabo de Roca

El viento del Atlántico embestía los acantilados de Cabo de Roca con una pulsación sorda que hacía combarse las tablas de la cabaña.

El aire interior guardaba un poso espeso de salmuera y brea vieja procedente de los aparejos amontonados en una esquina; desde la sierra bajaba además un olor frío a resina húmeda.

Afuera, en la negrura del cabo más occidental de Europa, el oleaje reventaba contra los farallones de basalto en una cadencia continua que hacía vibrar el granito bajo mis botas.

Mantenía la posición junto al marco de la ventana norte, con la persiana bajada hasta dejar apenas dos centímetros de rendija.

Llevaba la Sig Sauer en la mano derecha, apoyada contra el muslo, con el seguro quitado.

Mi hombro izquierdo ardía bajo el vendaje compresivo: el proyectil de la finca de Santos no había tocado hueso, pero cada flexión del torso reabría la costra y empapaba la gasa en un calor pegajoso.

Acomodé la espalda contra el montante para descargar el peso del brazo y respiré hondo por la nariz, pausando el diafragma para mitigar la punzada.

Encendí la radio táctica tres segundos en la frecuencia secundaria encriptada. El canal emitió dos pulsos de tono corto: Ramos confirmaba que el enlace en la dársena de Cascais seguía despejado. Apagué el receptor y lo guardé bajo la cazadora.

En el centro del cuarto, iluminada por el haz tenue de la linterna, Valeria examinaba los folios extraídos de la cámara acorazada de Santos.

Sus dedos se movían con la calma metódica que le conocía desde el Prado.

Sostenía las páginas por las esquinas para proteger los márgenes antes de cotejar los sellos de aduanas con el informe de tasación.

Su rostro, afilado por las horas de persecución desde Estoril, mostraba la fijeza de quien sabe que cada línea de esa contabilidad significaba la salvación de su padre y el desmantelamiento de la red de Konstantin Varel.

—Los registros de la aduana de Setúbal coinciden con las actas del depósito —dijo sin levantar la vista—.

Santos firmó la salida de siete tablas hispanoflamencas atribuidas a colecciones particulares en 2021.

Tres terminaron en Ginebra mediante sociedades de Varel.

Esto anula cualquier cargo contra mi padre.

—Ramos ya tiene copia del sumario preliminar —respondí sin desviar los ojos del rodal de eucaliptos exterior—.

En cuanto entregues esa carpeta en el consulado español en Lisboa, el fiscal de la Audiencia Nacional emitirá el sobreseimiento.

Julián Soto saldrá del procedimiento antes de que termine la semana.

Valeria levantó la cabeza y sus ojos se detuvieron en la mancha oscura que empapaba la manga izquierda de mi jersey.

—Ese vendaje está saturado, Adrián. Si no limpiamos la herida, la infección te inutilizará el brazo en alta mar.

—Aguantará hasta que embarquemos en Cascais.

—No va a aguantar —replicó, levantándose con el maletín de primeros auxilios—. Siéntate en el banco. No nos iremos a ninguna parte con un apósito empapado en sangre vieja.

No discutí. Dejé la pistola sobre la repisa, al alcance de la mano, y me senté junto a la chimenea apagada. Valeria se arrodilló a mi lado. Con unas tijeras de punta redonda cortó la lana alrededor del hombro, exponiendo la piel inflamada y el vendaje improvisado de Sintra.

El olor a yodo y a gasa estéril desplazó el aire salobre de la habitación.

Valeria empapó un apósito en suero salino y lo aplicó con suavidad sobre los bordes de la herida para despegar la tela adherida.

Sus manos eran frías, pero el tacto de sus yemas tenía una delicadeza precisa, habituada a tratar superficies vulnerables sin quebrar nada.

—El orificio de entrada está limpio —murmuró, examinando el surco con la concentración que reservaba para los craquelados de un lienzo antiguo—. La bala rozó el deltoides y salió limpia sin tocar hueso. Has tenido suerte.

—La suerte no tuvo mucho que ver —dije, conteniendo el aire mientras ella limpiaba el coágulo—. Varel disparó a ciegas a través del cristal blindado cuando reventé el pestillo de la cámara.

Valeria detuvo los dedos sobre mi clavícula y me sostuvo la mirada.

—Mataste a Varel dentro de la cámara acorazada de Santos —dijo en un susurro grave—. Las cámaras grabaron el asalto. La Policía Judicial portuguesa y la Interpol tendrán la orden de captura antes del amanecer.

—Lo sé.

—Es una fuga sin retorno, Adrián. Ni las influencias de Ramos ni un recurso extraordinario van a frenar una orden europea de detención.

—Varel tenía el arma montada contra tu cabeza, Valeria —respondí con voz baja, sosteniéndole la mirada—.

Si tuviera que volver a derribar esa puerta blindada y ponerle esa bala entre las cejas para sacarte viva de ese sótano, lo haría ahora mismo.

No me arrepiento de haber apretado el gatillo ni de haber terminado con su red.

—Has destruido tu carrera y tu vida por salvar la mía.

—Mi vida policial terminó hace dos años en un despacho de Madrid —dije, sintiendo la presión de sus vendas sobre el hombro—. Esto no es un sacrificio. Sacarte con vida de esa sala era lo único que tenía que cumplir.

Valeria fijó la venda elástica con una tira de esparadrapo. Dejó las palmas apoyadas sobre mi pecho, sintiendo el ritmo pausado de mi respiración.

—El velero aguarda amarrado en una dársena secundaria de Cascais —continuó con la voz serena—. Zarpas antes de las cinco y media rumbo a Tánger.

—Es el único punto donde la patrullera deja un ángulo muerto en el radar —expliqué, posando mi mano derecha sobre sus dedos—. Con viento del noroeste cruzaremos la bocana del Tajo en cuarenta minutos y ganaremos aguas internacionales.

—No vas a marcharte solo.

Me quedé inmóvil, escrutando la determinación en sus facciones.

—¿De qué estás hablando, Valeria?

—Si tú subes a ese barco en Cascais, yo subo contigo.

—Tienes la documentación que limpia a tu padre en esa carpeta —le recordé, señalando la mesa de madera—. Tu taller en Madrid sigue en pie y Leonor te espera. Ramos puede organizar tu traslado a España bajo régimen de protección en cuestión de horas.

—No voy a volver a Madrid —respondió sin vacilar un solo milímetro—. No voy a encerrarme en mi taller a catalogar lienzos fingiendo que nada ha ocurrido mientras tú vives como un proscrito bajo una identidad prestada en el norte de África. Mi sitio está a tu lado.

—No sabes lo que implica vivir en la clandestinidad, Valeria. No habrá contratos oficiales ni la posibilidad de permanecer más de un mes bajo el mismo techo.

—Sé perfectamente lo que implica el exilio —dijo ella, acercándose hasta que sentí el calor de su respiración—. Y no pienso dar un paso atrás.

La miré en la penumbra del refugio. Su determinación tenía la misma fuerza lúcida con la que había desarmado las trampas de Santos y resistido a Varel. Pasé mi brazo derecho alrededor de su cintura y la atraje contra mí, sellando sus palabras con un beso hondo que disipó el frío de la cabaña.

Nos desplazamos hacia el camastro de madera encajado contra el tabique, lejos de las corrientes.

No hubo vacilaciones: solo la urgencia cruda de despojarnos de la ropa húmeda mientras el temporal aullaba contra el tejado.

La piel de Valeria, suave y templada, se convirtió en el único refugio frente a la tormenta.

La envolví entre las mantas de lana áspera, midiendo la presión sobre mi hombro herido para resguardarla con mi cuerpo mientras sus dedos me recorrían la espalda con una entrega silenciosa y feroz.

Nos encontramos en la oscuridad con una intensidad despojada de artificios, anclada al crujido de los maderos y al rumor sordo del Atlántico estallando contra los farallones del cabo.

La tregua se quebró cuarenta minutos después.

El primer indicio fue una vibración sorda que subió desde los cimientos de granito antes de que el oído captara el motor. Me separé con cuidado de Valeria y me incorporé, cogiendo la Sig Sauer mientras me vestía en la penumbra.

A través de la rendija de la ventana norte, dos haces de luz blanca cortaban la niebla entre los eucaliptos, subiendo por la pista de tierra batida.

—Valeria. Vístete. Tenemos compañía.

Ella se deslizó fuera del lecho en silencio. Se calzó las botas con rapidez, ajustándose la cazadora impermeable mientras cruzaba la bandolera con los informes y los pasaportes sobre el pecho.

—¿La Guardia Costera? —susurró junto a mi hombro.

—No —respondí, inclinando la cabeza junto al marco para calibrar el avance—.

Son dos todoterrenos negros sin distintivos ni luces de emergencia.

El primero apaga las luces cortas al llegar al claro; el segundo se queda en reserva cerrando la salida hacia Sintra. Es el equipo de contención de Torres.

—¿Han venido desde Madrid?

—Torres no delega la limpieza de testigos en la policía local. Sabían que teníamos los documentos de aduanas y enviaron a su gente en cuanto cayó la línea de Varel en Estoril. Quieren recuperar la contabilidad y enterrar el caso aquí mismo.

—¿Cuántos hombres son?

—Cuatro por vehículo. Llevan fusiles automáticos compactos y chalecos de asalto. Se despliegan en abanico para envolver el perímetro por los flancos.

Valeria miró las paredes de pino carcomidas.

—Estos tablones no frenarán una ráfaga.

—La madera no, pero la piedra de la chimenea sí. Agáchate y métete en el hueco del hogar. Pégate a los bloques de granito y no levantes la cabeza por nada.

Valeria cruzó el cuarto a gatas y se encajó en el ángulo protegido de la chimenea con la cartera apretada contra las costillas.

Afuera, el chasquido metálico de un cerrojo al alimentar recámara quebró el viento.

—¡Silva! —gritó una voz áspera desde el primer vehículo—. ¡Sabemos que estás dentro con la perito! ¡No tenéis salida hacia la costa ni hacia la carretera!

Permanecí inmóvil junto a la ventana, respirando con calma para templar el pulso.