Capítulo 15 La Línea de No Retorno #2
Adrián apretó la mandíbula y exhaló el aire por la nariz en un silbido sordo, pero no protestó. Su piel quemaba al tacto, un calor febril que contrastaba con el frío cortante que entraba por las juntas de las ventanillas.
Empapé dos gasas gruesas con povidona yodada y presioné directamente sobre la herida.
Sentí bajo mis palmas la contracción inmediata de sus fibras musculares y el latido desbocado de la arteria bajo la clavícula.
Con movimientos metódicos —los mismos que empleaba para fijar gasas de algodón sobre telas desgarradas antes de aplicar el consolidante—, coloqué un apósito estéril y pasé varias vueltas de venda elástica alrededor de su torso y su hombro izquierdo, ciñendo el vendaje con la fuerza justa para cortar el flujo sin anularle la movilidad.
Fijé los extremos con dos tiras cruzadas de esparadrapo ancho.
—Aguantará hasta que lleguemos al refugio —dije, guardando el material y limpiándome las manos con una toallita desinfectante.
—Gracias —murmuró él. Su mirada se desvió un segundo hacia mis manos antes de volver al asfalto—. Eres buena con las vendas.
—La madera vieja y la carne rota se parecen más de lo que crees: ambas necesitan presión constante y nada de titubeos.
Dejé el botiquín a mis pies y tomé la carpeta azul de Duarte Santos.
La abrí con cuidado de no humedecer las esquinas de los documentos.
En el bolsillo interior de la solapa venía encajada una memoria USB encapsulada en aluminio, sujeta con cinta adhesiva a un fajo de formularios mecanografiados con el membrete de la Alfândega de Lisboa.
Desplegué las hojas bajo el haz tenue de la lámpara. Eran manifiestos de tránsito marítimo internacional, permisos de exportación temporal de bienes culturales y extractos de liquidación bancaria de una entidad privada con sede en Ginebra.
Recorrí con el índice las columnas de cifras y códigos de contenedor.
Mi formación técnica me permitía desgranar la falsedad de un cuadro por los pigmentos o el soporte, pero aquellos papeles revelaban la ingeniería administrativa que permitía mover el fraude por los puertos europeos con total impunidad.
—Varel no era el dueño de la red, Adrián —dije tras examinar el tercer folio—. Era solo el artesano ejecutor. El intermediario sobre el terreno.
Adrián tomó una curva hacia el norte, ascendiendo por una pista encajada entre peñascos de granito y helechos mojados.
—Mira las cuentas de abono final —Adrián señaló con un movimiento de barbilla el margen del documento—. Santos no cobraba de Varel. Cobraba de una sociedad mercantil.
—Aquí está —señalé, leyendo el encabezado del asiento contable—. Los pagos por la salida de las tablas de mi padre y las piezas del taller de Sintra no iban a cuentas rusas. Se transferían íntegros a una firma fiduciaria en Luxemburgo: Vandermeer Holdings.
El coche guardó silencio durante unos segundos, solo roto por el golpeteo monótono de los limpiaparabrisas barriendo el aguacero.
—Antonio Torres —dijo Adrián. El nombre sonó cargado de la certeza que llevaba meses gestándose en la sombra—. Es la misma sociedad instrumental que bloqueó mi investigación en la UDEF antes de que me abrieran el expediente disciplinario y me expulsaran del cuerpo.
—Torres no solo blanqueaba el dinero en Madrid —añadí, revisando las fechas de los sellos aduaneros—.
Diseñó la operación entera. Usó a mi padre para certificar las obras legítimas de nuestra colección familiar, introdujo las copias maestras de Varel a través de los muelles de Santos y luego provocó el embargo judicial sobre la galería para que nadie pudiera reclamar los originales.
Me detuve en una anotación manuscrita en el margen del último folio, fechada hacía cuarenta y ocho horas con la letra nerviosa del inspector portugués.
—Torres sabía que la policía asaltaría el palacio de Estoril esta noche —dije, sintiendo un nudo amargo en el estómago—.
Hay una orden de liquidación de depósitos francos cursada desde Madrid ayer por la tarde.
Nos empujó hasta Lisboa para que desmanteláramos el taller de Varel.
Quería a Konstantin muerto o encerrado para cortar el único enlace que podía conectarlo con las falsificaciones.
—Nos utilizó como ariete —contestó Adrián, cambiando de marcha con un movimiento firme de la mano derecha—.
Si Varel nos mataba en el sótano, el problema se terminaba para él; si nosotros matábamos a Varel, la policía portuguesa nos cazaría como fugitivos y su nombre quedaría limpio en los tribunales españoles.
Guardé los manifiestos en la carpeta, extraje la memoria USB y la deslicé en el bolsillo interior de mi chaqueta, cerrando la cremallera.
—Santos cantará en cuanto los fiscales lo interroguen —dije—.
Y las grabaciones de seguridad de la finca estarán en manos de la Judiciária antes de que amanezca.
Saben que estabas allí, Adrián. Tu rostro está en los archivos policiales y la orden de busca y captura europea saltará en cuestión de horas.
No podemos cruzar la frontera de Badajoz ni acercarnos a un puesto de control.
—No vamos a volver por carretera —respondió él, aminorando la marcha al divisar un desvío de tierra sin señalizar que se adentraba en un bosque espeso de eucaliptos—.
Ramos dejó organizada la extracción antes de que perdiéramos la cobertura en Lisboa.
Hay un velero con pabellón holandés amarrado en una dársena privada de Cascais.
Zarpa antes del amanecer rumbo a Tánger.
—¿África? —pregunté, mirándolo de perfil bajo la penumbra del coche.
—En Europa estamos fichados, Valeria. En España Torres controla los juzgados y la policía portuguesa nos busca por homicidio. La única forma de desmontar a Antonio Torres es reconstruir la ruta del dinero desde fuera, donde sus abogados no tengan jurisdicción.
El vehículo abandonó el asfalto y se internó en la pista forestal, traqueteando sobre el lecho de agujas de pino y lodo.
A través de la cortina de agua, entre los troncos pálidos de los árboles, empezó a distinguirse el perfil recortado de los acantilados de Cabo de Roca.
El rugido sordo del océano rompiendo contra las rocas de basalto llegaba hasta nosotros, vibrando en la chapa del coche como un aviso lejano.
Adrián apagó las luces de cruce y avanzó los últimos doscientos metros a oscuras, guiándose solo por la línea blanquecina de la espuma marina en la rompiente.
Detuvo el motor junto a una vieja vivienda de pescadores abandonada, encajada entre las dunas bajas y el precipicio. El silencio cayó de golpe sobre nosotros, denso y cargado de salitre, interrumpido únicamente por el silbido constante del viento atlántico azotando las maderas del cobertizo.
Apagué la luz de lectura.
Miré a Adrián en la penumbra del habitáculo. Tenía el semblante endurecido por el cansancio y el dolor del hombro vendado, pero sus ojos permanecían serenos, fijos en la negrura que se abría hacia el mar abierto. Su mano descansaba sobre la palanca de cambios, a pocos centímetros de la mía.
Alcancé sus dedos y los cubrí con la palma. Su piel estaba fría por el temporal, pero el agarre de su mano fue inmediato, cerrándose sobre la mía con una fuerza contenida que no admitía dudas.
Habíamos dejado atrás los tribunales, los informes periciales limpios y la posibilidad de una vida al margen de la violencia.
La línea de no retorno no era un concepto abstracto ni una metáfora jurídica: era ese suelo de tierra mojada, el olor a pólvora y sangre seca en nuestras ropas, y la certeza compartida de que a partir de esa noche solo nos teníamos el uno al otro para llegar hasta el final.
—Vamos —dijo él en voz baja, soltando el freno de mano—. Hay que meter el coche bajo las lonas antes de que aclare.
Asentí en silencio, aferré la carpeta de aduanas contra mi pecho y abrí la puerta, dejando que el vendaval del océano me envolviera por completo.