Capítulo 15 La Línea de No Retorno
El acero del silenciador me mordía el hueso de la sien derecha con la presión fría de una mordaza de carpintero.
Podía oler la mezcla agria que despedía Konstantin Varel: colonia de cedro descompuesta por el sudor y el vaho caliente de tabaco negro que me azotaba la oreja en cada bocanada entrecortada.
Su antebrazo me aplastaba la laringe, cerrándome el paso del aire hasta hacerme sentir los latidos de mi pulso retumbando en los tímpanos, como el goteo espeso de un barniz al caer sobre una cubeta de zinc.
A tres metros escasos, recortado bajo el arco de caliza agrietado por la explosión previa, Adrián no parpadeaba.
Sostenía la pistola con las dos manos, con la pierna derecha retrasada para repartir el peso y los brazos firmes a pesar de la mancha pastosa que empapaba la manga izquierda de su cazadora a la altura del deltoides.
Su respiración se mantenía pausada y serena, en abierto contraste con el temblor del hombre que me sujetaba.
En su rostro no había furia ni desesperación; solo una quietud mineral, la misma concentración que yo empleaba al retirar con bisturí un repinte al óleo sobre una tabla del siglo XVI a punto de quebrarse.
—Tira el hierro a las losas, Silva —escupió Varel.
El cañón se hundió un milímetro más en mi piel, rozando la raíz del pelo húmedo por los aspersores—.
Tíralo o le abro la cabeza ahora mismo. Los accesos están ardiendo y no pienso pudrirme en una celda por culpa de una restauradora de provincias. ¡Suéltalo ya!
—Si aprietas ese disparador, Varel, estás muerto antes de que el casquillo toque el suelo —dijo Adrián. La voz le salió del fondo del tórax, baja y seca—. No tienes salida negociada con la Judiciária y lo sabes. Tu única opción es que ella salga ilesa de esta sala.
—¡No me hables de leyes, expolicía! —bramó el ruso. Un temblor espasmódico le recorrió el brazo y sentí el roce del botón metálico de su puño contra mi mandíbula—. ¡Sé perfectamente quién te quitó la placa en Madrid! ¡No eres nadie!
En la esquina opuesta, semienterrado bajo cascotes de yeso y cables que chisporroteaban en el agua estancada, el inspector Duarte Santos gemía en el suelo.
El aduanero portugués se había hecho un ovillo, con las rodillas pegadas al pecho y la cara entre los escombros, abrazando la carpeta de cuero azul marino con los sellos del puerto de Alcântara.
—¡Santos, abre la esclusa de ventilación! —El cañón no se despegó ni un milímetro de mi sien—. ¡Muévete!
—N-no puedo... están arriba, Konstantin... —Santos apenas conseguía articular palabra con la cara pegada a los cascotes—. Se oyen las sirenas en la playa... Nos van a cazar a todos...
Varel torció la cabeza una fracción de segundo hacia la derecha, buscando la figura encogida del portugués.
Ese desvío fue todo lo que necesité.
En mis manos, pegado a las costillas por puro instinto desde el asalto a la cámara acorazada, aún sujetaba mi estuche de restauración: una caja maciza de caoba con cantoneras de bronce remachadas, cargada con espátulas de acero y tres frascos pesados de vidrio de laboratorio con solventes puros.
Abrí los brazos y dejé caer el cofre a plomo.
La caja se estrelló con un chasquido seco directamente sobre el empeine izquierdo de Varel.
El impacto quebró el hueso del pie y trituró los recipientes interiores. El estallido del cristal liberó de golpe medio litro de xileno y resina dammar, una mezcla cáustica que empapó el zapato de piel del ruso y desprendió vapores sofocantes al contacto con el mármol húmedo.
Varel soltó un alarido animal, doblándose cuando la pierna herida cedió bajo su peso. El cañón de su arma perdió la línea de mi cabeza, levantándose hacia las molduras del techo.
Me agaché de inmediato, buscando el suelo con las palmas.
El disparo de Adrián retumbó con una violencia atronadora en la bóveda.
El fogonazo iluminó las paredes de cal viva en un destello blanco.
El proyectil de nueve milímetros impactó en el puente de la nariz de Konstantin Varel.
El cuerpo del falsificador se sacudió en seco hacia atrás, los brazos abiertos y la mirada perdida, antes de desplomarse sobre el charco donde los químicos humeaban mezclándose con una mancha bermellona.
Caí de rodillas en el agua fría que cubría las baldosas.
Los vapores densos del xileno me quemaban la garganta y me arrancaban lágrimas ácidas.
Apoyé una mano en el granito para no perder el equilibrio, tosiendo mientras el eco del disparo se apagaba entre el aullido estridente de las alarmas de incendios.
Unas manos firmes me tomaron por los hombros y me levantaron del suelo.
—Valeria. Mírame.
Parpadeé para despejarme la vista. Adrián estaba inclinado sobre mí, con el rostro manchado de hollín y polvo blanco. Sus dedos me recorrieron el cuello, la clavícula y los costados con rapidez precisa, comprobando que no hubiera heridas de bala.
—Estoy entera —dije, aunque la voz me sonó rasposa—. No me ha dado.
—Tenemos menos de tres minutos antes de que la Judiciária tome el sótano —dijo él, respirando hondo. Enfundó la pistola bajo la cazadora con la mano derecha, mientras el brazo izquierdo colgaba con rigidez.
Miré el cadáver de Varel. Yacía inmóvil, con la mitad del rostro desfigurada por el plomo y los pies sumergidos en la balsa de agua y solvente.
El hombre que había manipulado las obras de mi padre, el intermediario que había tejido una red clandestina desde Oporto hasta Ginebra, era ahora un despojo inerte sobre un suelo encharcado.
—La carpeta —dije, señalando el rincón.
Caminé entre los cascotes hacia el inspector Santos. El portugués seguía pegado a la pared, con los ojos desorbitados por el espanto. Me incliné sobre él y le arranqué la carpeta de cuero azul marino de un tirón seco.
—¡Por favor... yo no he disparado...! —Santos se cubrió la cabeza con ambos brazos, encogiéndose entre los escombros—. ¡Me obligó Varel! ¡Tenía documentos contra mi familia!
—Cierra la boca —apreté la carpeta de cuero contra mi pecho con fuerza—.
Quédate ahí quieto y dile a la policía que Varel te trajo a punta de pistola.
Si mencionas nuestros nombres antes de que salgamos de la comarca, los socios que financiaban a Konstantin en Madrid se encargarán de que no llegues vivo al juicio.
Adrián me tomó de la muñeca con firmeza.
—Vámonos, Valeria. Ya.
Cruzamos el pasadizo subterráneo sorteando trozos de escayola desprendidos y charcos teñidos de yeso.
El olor a pólvora se mezclaba con el plástico quemado de los cuadros eléctricos.
Al fondo del corredor, los pilotos verdes de emergencia señalaban la escalera de caracol de hierro forjado que conducía a las antiguas bodegas de servicio y al muelle de carga posterior.
Subimos los peldaños metálicos de dos en dos. Mis botas resbalaban en el óxido húmedo, pero la mano de Adrián en mi espalda me sostenía el compás. En el rellano superior, empujó el portón de chapa con el hombro derecho y el vendaval del Atlántico nos golpeó de frente.
La lluvia caía en tromba, arrastrando el aroma amargo de los pinares de Sintra y el salitre de los acantilados.
El agua helada me limpió el polvo blanco de las mejillas y me despejó los pulmones del ardor químico.
A lo lejos, más allá de los jardines traseros y la verja de forja, los destellos azules de las patrullas iluminaban las copas de los árboles, bloqueando el acceso principal desde la costa.
—Agáchate —me indicó Adrián al oído, guiándome entre los setos de boj empapados.
Avanzamos pegados al muro de mampostería hasta alcanzar el callejón lateral donde habíamos dejado el sedán oscuro de alquiler, oculto bajo las ramas bajas de un laurel silvestre.
Abrí la puerta del copiloto y me deslicé en el asiento mientras él se colocaba tras el volante.
Adrián giró la llave sin encender los faros; el motor arrancó con un ronroneo contenido.
Metió primera y soltó el embrague. Las ruedas patinaron un segundo sobre el barro antes de morder la grava y empujar el coche hacia la pista forestal que trepaba a la sierra.
Al incorporarnos a la carretera comarcal, dos furgones de la Guarda Republicana pasaron a toda velocidad por la calzada inferior con las sirenas encendidas, proyectando un resplandor azul cobalto sobre el parabrisas anegado.
Adrián no aceleró; mantuvo una marcha constante en tercera, trazando las curvas cerradas entre la niebla para no llamar la atención ni forzar los neumáticos sobre el pavimento resbaladizo.
El habitáculo olía a lana mojada y al rastro inconfundible de la sangre.
Miré hacia el asiento del conductor. Adrián conducía usando únicamente la mano derecha, apoyando el antebrazo en la parte superior del volante, mientras su brazo izquierdo permanecía pegado al costado.
La tela de su cazadora estaba empapada desde el hombro hasta el codo, con un brillo espeso que no era agua de lluvia.
—Detén el coche en el próximo ensanche —alargué la mano hacia el tirador de la guantera.
—No podemos parar hasta pasar el cordón de Sintra —Adrián mantuvo la vista fija en la carretera, sorteando un charco profundo en mitad de la curva—. Hay patrullas rastreando la salida hacia Cascais.
—El retroceso de la pistola te ha reabierto la herida de bala, Adrián. Si pierdes el control del brazo por la hemorragia, nos iremos por un barranco antes de ver el primer control.
Abrí la guantera y saqué el estuche blanco de primeros auxilios. Me giré en el asiento, encendí la luz de lectura del parasol orientándola hacia abajo para que el resplandor no nos descubriera desde la carretera y le desabroché la cazadora con dedos rápidos.
La bala que le había rozado el hombro izquierdo en el muelle de Lisboa días atrás había vuelto a desgarrar la sutura. La carne estaba viva, enrojecida en los bordes y manando un reguero constante sobre la camiseta térmica.
—Apoya el codo en el reposabrazos central —le ordené, usando las tijeras para cortar la tela alrededor del impacto.