Mi Jaula de Sombras Capítulo 14 Asalto al Subsuelo #2
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Capítulo 14 Asalto al Subsuelo #2

—Dispongo de especialistas que pueden vulnerar ese cortafuegos antes del amanecer —murmuró Varel, acortando la distancia—.

He replicado veladuras de Zurbarán y temple al huevo del Quattrocento con tal fidelidad que los conservadores del Louvre emitieron certificados de autenticidad sin pestañear.

Su protocolo digital no es más que un retraso menor.

Empujó el silenciador contra la frente de ella.

—Firme. Su protector ya debe de estar desangrándose en el pasillo. Nadie va a entrar por esa puerta para ayudarla. Santos ya tiene los precintos preparados.

Valeria desvió los ojos hacia el funcionario portugués, encogido en el rincón.

—Santos —dijo ella—. Explíquele a su socio qué ocurre cuando el sistema de inspección aduanera detecta una discrepancia en el registro de salida.

Explíquele si sus contactos en el muelle van a asumir una acusación por expolio y falsedad documental cuando los agentes de la PJ portuguesa reciban el aviso automático.

El inspector levantó la cabeza. Tenía el rostro descompuesto, con un brillo grasiento en las mejillas y la corbata desanudada sobre la camisa empapada.

—Tiene razón, Konstantin... —balbuceó Santos, tragando saliva con dificultad—.

El programa... se sincroniza con la base de datos de Lisboa cada cuatro horas.

Si no se introduce el certificado digital de la restauradora desde el lector físico, el escáner del muelle salta a rojo.

Los inspectores de guardia no van a saltarse el protocolo si hay un bloqueo del ministerio.

Varel torció la boca con un gesto de desprecio.

—¡Cállate, incompetente! —espetó sin girar la cabeza—. ¡Va a firmar aquí y tú vas a sellar la guía de transporte en la oficina del muelle aunque tenga que romperle los huesos de la mano uno a uno!

—Esa firma no le servirá de nada sin el código de acceso, Varel. —Valeria le sostuvo la mirada con una calma impenetrable—. Y no va a tenerlo.

Varel montó el percutor con un chasquido metálico.

Ese fue el instante.

Salí de la penumbra del dintel, encaré la Sig Sauer con la mano derecha y apoyé la base del armazón sobre la palma izquierda para amortiguar el latigazo del disparo, conteniendo la punzada aguda que me recorría el hombro.

Alineé el alza con la sien del mercenario de la cicatriz.

Apreté el disparador.

La detonación quebró la acústica del sótano con un golpe seco.

El proyectil entró limpio por el lateral del cráneo del guardia, arrojándolo contra el lateral del archivador antes de caer desplomado sobre el suelo inundado.

Su fusil golpeó las losas con un estruendo metálico y un reguero espeso empezó a disolverse en el agua que caía de los rociadores.

Santos dejó escapar un chillido ahogado y se metió debajo de una mesa de peritaje, cubriéndose la cabeza con la carpeta.

Varel reaccionó con la velocidad de un animal acorralado.

Pasó el brazo izquierdo sobre el cuello de Valeria y tiró de ella hacia atrás con violencia, usando su cuerpo como parapeto. Hundió la boca del silenciador en la sien y ocultó la cabeza detrás de su melena oscura, cerrando cualquier línea de tiro directa.

—¡Ni un movimiento, Silva! —gritó Varel. Su tono medido se había transformado en un ladrido áspero—. ¡Tira el arma al suelo o le atravieso el cráneo ahora mismo! ¡No llegarás a dar un paso!

Gané el interior de la cámara. Mis botas chapotearon en el agua acumulada, levantando salpicaduras turbias de cal y sangre. Mantuve la pistola en alto, con los brazos fijos y el punto de mira clavado en los cuatro centímetros de frente que asomaban por encima de la cabeza de Valeria.

—Suéltala, Varel. —Fijé el alza en el espacio entre sus cejas—. Si tu índice se contrae medio milímetro, te meto una bala entre los ojos antes de que tu dedo complete el recorrido.

—¡Tira la pistola, hijo de puta! —rugió él, presionando el silenciador contra la piel de ella con fuerza suficiente para hacerle una marca roja—. ¡Tírala o la mato aquí mismo!

—No entiendes de balística, Konstantin —respondí, desplazando el pie derecho medio paso en diagonal para abrir el ángulo de visión—.

Mi proyectil viaja a trescientos sesenta metros por segundo.

Tu impulso motor tarda el triple en cerrar la mano.

Estarás sin pulso en las losas antes de que la aguja percutora toque el fulminante.

Valeria me miró de reojo. Tenía una rozadura en el pómulo por la presión del brazo de Varel, pero sus ojos estaban fijos en los míos, analizando la distancia y el ángulo con una calma impresionante. No había angustia en sus facciones. Estaba esperando el momento exacto.

—¡Tengo gente arriba! —bramó el falsificador, retrocediendo despacio hacia el fondo de la sala mientras arrastraba a Valeria—. ¡Los salones están abarrotados! ¡No vais a salir de esta finca!

—Tus tres hombres del pasillo están muertos —repliqué sin mover el cañón—. Y los compradores están evacuando por los jardines porque el fuego ha tomado la planta baja. Las patrullas de la PSP acaban de bloquear los portones de la avenida. Se te terminó el margen.

—¡Es mentira! —gritó él, y el temblor de su antebrazo transmitió una sacudida al cañón apoyado en la cabeza de ella—. ¡El barco está fondeado en la bahía! ¡Tengo una infraestructura entera que tú no puedes tocar!

—No te queda nada. —A Valeria se le cortaba el aire por la presión del brazo en su garganta, pero no bajó el tono—.

El informe técnico ya está en el servidor central de Madrid.

Las veinticuatro piezas están registradas como falsificaciones y las cuentas bancarias de tu sociedad en Ginebra han sido bloqueadas por orden judicial.

—¡Cierra la boca! —Varel le dio un tirón violento hacia atrás—. ¡Tu padre murió creyendo que era un maestro y no pasaba de ser un restaurador mediocre que no supo cuándo aceptar un trato! ¡Y tú vas a terminar en la misma fosa!

—Mi padre te despreciaba, Varel —respondió ella, clavando los talones en el mármol para frenar su avance—. Y sabía exactamente lo que eras: un copista sin talento propio que necesita firmas ajenas para no morir de hambre.

—¡Santos! —aulló el ruso sin desviar el arma de la cabeza de Valeria—. ¡Sal de debajo de la mesa, coge el fusil del suelo y dispara a este tipo! ¡Muévete ya!

Desde el fondo de la estancia, el inspector portugués negó con la cabeza entre sollozos, encogiéndose aún más con las manos sobre la nuca.

—No puedo, Konstantin... —gimió Santos con la voz rota—. Las sirenas están en el patio... La policía nos va a acribillar a todos...

—¡Coge el arma o te pego un tiro a ti primero!

—Varel —dije, recortando otro medio metro hacia la izquierda para limpiar la línea de fuego—. Mírame a mí.

El falsificador desvió la mirada una fracción de segundo hacia la boca de mi pistola.

—El contenedor no va a salir del puerto de Setúbal —le dije, manteniendo la respiración lenta—. Y tu única posibilidad de salir caminando de este sótano es apartar la mano de Valeria ahora mismo.

—Si la suelto, disparas —masculló entre dientes.

—Si no la sueltas, disparo igual. La diferencia son dos segundos.

—¡No tienes ángulo limpio, Silva! —gritó Varel, hundiendo el silenciador hasta hacer brotar una gota de sangre en la sien de Valeria—. ¡Está pegada a mí! ¡Si tiras, la bala la perfora a ella primero!

—He disparado a blancos más reducidos. —Alineé el alza con el margen visible sobre la coronilla de Valeria—. Tu frente asoma tres dedos por encima de su cabeza. Con eso me basta.

El agua de los rociadores caía con un murmullo continuo y pesado sobre las baldosas anegadas, lavando el fango grisáceo y el reguero de nitrato quemado. La distancia entre nosotros se reducía a poco más de dos metros de suelo encharcado y un margen de maniobra milimétrico.

Valeria bajó apenas la vista hacia el estuche de caoba que sostenía entre las manos, calculando con precisión la distancia exacta hasta la espinilla de Varel.

Nuestras miradas se cruzaron durante una fracción de segundo.

Ajusté la posición del pie retrasado, sentí el tirón ardiente en la vieja herida del hombro y apoyé la yema del índice en el disparador, listo para el quiebre del movimiento.