Capítulo 14 Asalto al Subsuelo
La detonación de la carga hueca arrancó la hoja acorazada de sus goznes con un crujido de hierro desgarrado que retumbó en los cimientos del palacio.
La onda expansiva barrió el pasillo subterráneo en una ráfaga caliente cargada de yeso pulverizado y el olor denso del nitrato ardiendo.
El aire se volvió una masa gris que se pegaba a los labios con un sabor amargo a cal viva.
El estrépito me dejó un silbido agudo en los oídos, una vibración metálica que amortiguaba el rugido lejano de las alarmas en la planta superior.
No parpadeé. Me mantuve agazapado detrás del mostrador de recepción que había parado la primera lluvia de cascotes.
La encimera de nogal estaba partida por la mitad, con las molduras reventadas y una capa de polvo harinoso cubriendo la superficie.
Varel no había perdido el tiempo probando códigos ni buscando derivaciones en el cuadro de seguridad.
Había abierto la entrada a base de explosivo plástico para ganar los almacenes antes de que la policía portuguesa cerrara el perímetro exterior.
Y Valeria continuaba dentro de la cámara de conservación, al fondo de esa galería.
Me separé del zócalo de madera y avancé entre la niebla sucia.
El suelo estaba sembrado de fragmentos de bovedilla y cristales rotos.
Mis botas pisaron con cuidado sobre los restos, buscando los puntos ciegos del pasillo.
El cuadro eléctrico general que yo había destrozado antes de bajar mantenía el corredor en una penumbra rota únicamente por el parpadeo de tres balizas rojas de emergencia.
En esa alternancia de sombras y destellos carmesíes, la ventaja era mía.
Dos hombres con chalecos balísticos pesados cruzaron la brecha humeante del fondo. Un tercero cubría el flanco derecho, moviéndose pegado a la pared con el cañón de un fusil corto barriendo las esquinas.
En cuanto la baliza roja iluminó mi silueta junto a una pilastra, abrieron fuego.
El tableteo de las armas automáticas rebotó en la bóveda de cañón del pasillo con una violencia ensordecedora. Los impactos arrancaron trozos de estuco de los muros, proyectando lascas afiladas contra mi rostro.
Un proyectil me alcanzó en el hombro izquierdo.
Sentí el golpe como un martillazo seco que me desplazó medio paso hacia atrás, seguido al instante por una quemadura viva cuando el plomo desgarró el músculo superficial y la camisa quedó empapada de un líquido caliente.
El dolor me subió por el cuello hasta la nuca, pero apreté los dientes, me pegué al lomo de la columna y fijé la postura apoyando el costado ileso contra la piedra.
Asomé medio cuerpo por el flanco derecho antes de que reajustaran la puntería.
Alineé el alza luminosa con la visera del primer mercenario. El tiro salió seco, amortiguado por el eco continuo del tiroteo. La bala perforó el visor de policarbonato y el hombre cayó de espaldas, derrapando sobre la grava de mortero mientras su fusil salía despedido contra el zócalo.
Giré el torso sin pausa y solté una ráfaga corta con el subfusil hacia el segundo atacante, que intentaba avanzar hacia la cobertura de un archivador metálico.
Dos proyectiles le impactaron en la placa de blindaje y un tercero le entró de lleno por la base de la garganta.
Sus piernas cedieron de golpe; su cuerpo se desplomó hacia delante con un quejido sordo que se extinguió en el suelo.
El tercer guardia retrocedió hacia el hueco de la puerta reventada mientras vaciaba el cargador a ciegas.
Sus ráfagas barrieron una hilera de cajas de madera apiladas junto al muro: los embalajes se deshicieron bajo los impactos y decenas de catálogos de la subasta salieron despedidos, llenando el aire de pliegos blancos que flotaban en la humareda.
Avancé dos zancadas largas por el centro del corredor, acortando la distancia antes de que el hombre lograra encajar un peine nuevo.
Con el antebrazo izquierdo golpeé el cañón de su arma hacia el suelo mientras levantaba la pistola con la derecha.
Le apoyé la boca de fuego bajo la barbilla y apreté el disparador.
El mercenario se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo de baldosas.
Le retiré dos cargadores del chaleco táctico, los guardé en el bolsillo de mi chaqueta y seguí adelante sin detenerme a comprobar el pulso.
Desde la galería superior llegaba el rumor metálico de los extractores de humo y los gritos confusos de los asistentes huyendo hacia las cancelas del jardín. A través del respiradero del fondo entraba una ráfaga de aire húmedo procedente de la bahía de Cascais, con olor a salitre y brea.
En ese instante, los difusores contra incendios del techo cedieron a la temperatura acumulada.
Una lluvia densa comenzó a caer sobre el corredor.
Las primeras descargas salían pardas, arrastrando el óxido acumulado durante años en las tuberías viejas de la finca.
El agua fría empapó mi chaqueta en segundos, mezclando la cal del suelo con un reguero herrumbroso que volvía el mármol resbaladizo como una pista de hielo.
Los equipos de intervención de la PSP tardarían al menos ocho minutos en rodear el complejo y forzar los accesos inferiores. Estábamos solos en ese sótano.
Comprobé la recámara al abrigo de la última esquina: quedaban seis cartuchos en el cargador y uno en la recámara.
Avancé con el agua chorreándome por la frente y pegándome la tela ensangrentada a la carne abierta del hombro.
Al final del corredor, la puerta de la sala de restauración colgaba doblada hacia fuera, con el marco de acero torsionado por la detonación.
Por la ranura se filtraba la luz blanca y continua de las lámparas halógenas de trabajo.
Me pegué a la jamba, protegido por la sombra que proyectaba una vitrina rota bajo el aguacero de los aspersores. Bajé el ritmo de respiración, afiancé el apoyo sobre la pierna sana para descargar el hombro dañado y miré al interior.
En el centro del taller, Konstantin Varel mantenía a Valeria acorralada contra el banco de madera donde reposaba una tabla flamenca del siglo dieciséis.
El falsificador conservaba su abrigo de paño oscuro, manchado de polvo en las solapas y los hombros, y sostenía una pistola con silenciador orientada al rostro de ella.
Tenía las manos limpias, con esa textura lisa y pulida de quien ha borrado sus propias huellas dactilares a base de manipular disolventes y ácidos orgánicos.
Su postura era firme, sin aspavientos innecesarios.
Un último escolta, corpulento y con una cicatriz cruzándole el pómulo, cubría el flanco con un fusil de asalto pegado al pecho.
Valeria permanecía inmóvil. Mantenía la espalda recta contra el borde del caballete y apretaba contra su pecho el estuche de caoba con su instrumental de restauración, sosteniéndolo con los dedos firmes sobre los cierres de latón como si fuera un escudo.
El rostro se le veía cubierto de una película fina de sudor y polvo, pero no mostraba temblores.
Sus ojos oscuros estaban clavados en los de Varel con una fijeza gélida.
A tres metros de ellos, encogido junto a un archivador ignífugo, el inspector Duarte Santos temblaba empapado en sudor, abrazando una carpeta de piel azul con el membrete de la aduana portuguesa.
—No me obligue a ensuciar esta sala, señorita Soto —dijo Varel. Su voz sonaba baja, modulada con una cadencia tranquila que resultaba más amenazante que cualquier grito—. Ponga su rúbrica al pie del informe de conformidad. Termine esto ahora.
Acercó el silenciador hasta situarlo a tres centímetros de su frente.
—Arriba hay coleccionistas que pagan sin formular preguntas sobre la procedencia si el expediente pericial lleva el sello adecuado —continuó Varel—.
He colocado piezas atribuidas en Zúrich, Amberes y Hamburgo durante doce años sin que un solo comité científico cuestionara el craquelado ni los aglutinantes.
No voy a permitir que una técnico del Museo del Prado arruine una operación de veinticuatro millones de euros por una cuestión de escrúpulos.
Su firma en ese certificado es el único requisito que exige la capitanía de Setúbal para liberar el contenedor. Fírmelo.
Valeria tomó aire despacio, sin apartar la mirada del cañón.
—Esos compradores pagan esas sumas porque disponen de asesores que examinan los estratos con espectrometría Raman antes de transferir los fondos.
—Valeria mantuvo el pulso firme, sin una sola vacilación en el gesto—.
Un barniz envejecido con calor y resinas sintéticas canta en cuanto se somete a luz ultravioleta de onda corta.
—No intente darme lecciones sobre envejecimiento de capas pictóricas, Valeria. Conozco las fórmulas mejor que su departamento entero.
—Entonces sabrá también que los protocolos de exportación comunitaria cambiaron hace tres meses.
—Valeria no pestañeó, sosteniéndole la mirada frente al cañón—.
Mi firma manuscrita en esa hoja de Santos carece de validez sin el hash criptográfico generado desde la terminal pericial de Madrid.
En cuanto el cargamento entre en la dársena de Setúbal, el software de control aduanero cruzará el certificado con el servidor central de la fiscalía.
Si la validación no responde al token biométrico de mi tarjeta de perito, el sistema bloqueará el despacho de forma automática.
Varel entrecerró los ojos, pero mantuvo el arma firme.
—Y si aprieta ese disparador —continuó Valeria, elevando un milímetro la voz—, la terminal registrará la desconexión del enlace.
En menos de cinco minutos se activará un protocolo de retención patrimonial en la base de datos de Europol.
La policía marítima intervendrá las veinticuatro cajas en el muelle y usted se quedará con un lote de tablas invendibles y una orden de busca internacional con código rojo.
La tranquilidad en los rasgos del falsificador mostró una primera fisura.