Capítulo 13 El Valor de una Firma #3
—Le dispararé al corazón en este mismo instante.
Santos redactará un atestado certificando que el agente Silva y usted fueron abatidos por una banda de ladrones de arte durante una inspección no autorizada, y un perito de mi nómina validará los cuadros a título póstumo.
El resultado financiero para mi colección será idéntico; la única variable en juego es si usted verá salir el sol sobre la bahía de Cascais o si la enterrarán en una fosa clandestina.
El cañón del silenciador me oprimía el pecho con una presión constante.
Noté el pulso galopando en la base del cuello, pero obligué a mis hombros y a mi respiración a permanecer en calma.
Necesitaba ganar tiempo. Obligar a Varel a dudar y desviar la iniciativa hacia un terreno técnico donde su dinero no tuviera influencia directa.
—Comete un error insalvable, Varel —dije despacio, sosteniéndole la mirada sin desviar los ojos—.
Mi informe pericial no es un documento corriente subido a un servidor ordinario.
Está protegido por un protocolo de bloqueo criptográfico vinculado a mi credencial oficial en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en el Ministerio de Cultura.
Varel entornó los ojos con una leve inclinación de la cabeza. La boca del silenciador no se apartó de mi pecho.
—¿Intenta ganar tiempo con un truco informático?
—Compruébelo en el reglamento de catalogación de bienes de interés cultural —respondí con una seguridad estudiada, modulando cada frase—.
La transmisión pericial que acaba de cerrarse requiere una segunda clave de confirmación presencial antes de treinta minutos.
Si esa clave de desbloqueo no se introduce desde mi terminal registrado, el servidor central asume de forma automática que la perito está actuando bajo coacción física o amenaza directa de muerte.
En ese momento, el sistema emite una alerta roja irreversible y solicita el embargo preventivo inmediato de los veinticuatro lotes a través de los sistemas aduaneros de Londres y Ginebra.
No habrá firma ni sello de Santos que permita mover un solo cuadro fuera de este palacio.
Varel mantuvo sus ojos clavados en los míos durante tres segundos tensos, evaluando el peso de mis palabras, antes de desviar la vista hacia la pantalla del portátil, donde un temporizador digital parpadeaba en cuenta atrás sobre un cuadro de diálogo protegido por contraseña.
—Santos —ordenó Varel con voz áspera, sin apartar el arma de mi pecho—. Verifique si ese protocolo de salvaguarda existe en la normativa española.
Santos abrió su maletín con manos torpes y temblorosas, hojeando varios boletines oficiales y notas de aduanas.
—Es... es verídico, señor Varel —respondió Santos con la voz quebrada por el pánico, secándose el sudor de la frente con un pañuelo arrugado—.
El Ministerio de Cultura español aprobó el protocolo de verificación en dos fases para obras maestras en tránsito aduanero exterior.
Si la perito oficial no ratifica el código hash antes de que expire el plazo, la custodia legal pasa de forma automática a los fiscales de Europol en los Países Bajos.
Si eso ocurre, la colección quedará bloqueada en cualquier frontera europea.
Varel expulsó el aire por la nariz en un bufido contenido. La compostura refinada de su semblante se quebró por primera vez, dejando al descubierto la frialdad calculadora del depredador acorralado por un detalle imprevisto.
—Tiene diez minutos para redactar el dictamen favorable en este pliego y desactivar la alerta en ese ordenador, señorita Soto —dijo, presionando el silenciador un milímetro más contra mi pecho—.
Si intenta introducir una clave falsa o añade una sola palabra ambigua en la redacción manuscrita, le aseguro que la muerte de su padre le parecerá un alivio comparada con lo que le haré antes de rematarla.
—Apártese —exigí, señalando la mesa de acero con un gesto seco de la cabeza—. Nadie puede redactar un informe pericial con una pistola clavada en las costillas.
Varel dio medio paso atrás y bajó el cañón de la pistola hacia mi abdomen, sin relajar el agarre del arma.
—Coja la pluma.
Dejé el maletín de caoba sobre la mesa metálica, ubicándolo con precisión junto a la carpeta azul de Santos.
Con los dedos todavía entumecidos por el frío, tomé la pluma estilográfica; el cuerpo de resina y metal pesaba en mi mano con una gravedad insólita.
El pliego en blanco aguardaba bajo la luz blanca de los fluorescentes, encabezado por el escudo de la República Portuguesa y los membretes de la Dirección General de Aduanas.
A menos de veinte centímetros, oculto en el compartimento de la caja de mi padre, descansaba el microdisco con las pruebas concluyentes del fraude y las micromuestras químicas que desmontarían para siempre el imperio de Konstantin Varel.
Inspiré con profundidad el aire cargado de humo y polvo de cal, apoyé el plumín de oro sobre la primera línea del papel timbrado y levanté la mirada hacia el hombre que creía haber comprado mi silencio.
—El valor de una firma —dije con una serenidad absoluta— depende exclusivamente de la verdad que uno esté dispuesto a defender con la propia vida.
Varel montó el percutor del arma con un chasquido metálico.
En la quietud sofocante de la bóveda subterránea, la punta de la pluma se posó sobre el papel, aguardando el primer trazo.