Capítulo 13 El Valor de una Firma #2
Habían reventado los anclajes hidráulicos del marco con una carga lineal de explosivo plástico.
La pesada hoja blindada de tres toneladas cedió hacia dentro con un chirrido agónico de metal retorcido, arrastrando pedazos de ladrillo y hormigón.
Una nube espesa y grisácea, saturada de nitrato quemado y polvo de cal hidráulica, invadió la sala, provocándome un ataque de tos que me quemó la garganta.
Me puse en pie a duras penas, apoyándome en la esquina de la mesa de peritaje. Alcancé a tientas el bisturí de acero quirúrgico que reposaba sobre la bandeja y oculté la hoja afilada tras la estructura del maletín de mi padre.
A través de la humareda no apareció ningún grupo de asalto uniformado ni la figura de Adrián.
Quien cruzó el umbral fue Konstantin Varel.
Vestía un traje azul noche de corte aristocrático, confeccionado a medida, sin una sola mancha de polvo sobre las solapas de cachemira.
Llevaba el pelo castaño peinado hacia atrás con gomina y sostenía en la mano izquierda un vaso de cristal tallado con dos dedos de licor ambarino que mecía con un movimiento lento y circular.
En la mano derecha empuñaba una pistola semiautomática con un silenciador cilíndrico de diez centímetros.
Caminaba sobre los escombros con una serenidad perturbadora, como un coleccionista paseando por las salas de una galería privada antes de una inauguración nocturna. Sus ojos, de un gris pálido y desprovisto de brillo, examinaron el desorden de la sala antes de posarse en mí con una fijeza gélida.
Detrás de él entró un hombre corpulento de cabeza rapada, vestido con una chaqueta táctica y armado con un subfusil corto. El escolta empujó la pesada hoja deformada para entornarla, bloqueando cualquier visión del corredor exterior.
—Señorita Soto —dijo Varel. Su tono, bajo y modulado, arrastraba una cadencia eslava que no restaba precisión a su castellano—.
Debo felicitarla por su constancia y por su resistencia física.
Pocos peritos habrían tenido la destreza de analizar veinticuatro tablas complejas en menos de ocho horas.
Es una pena que un talento tan refinado esté al servicio de fines tan poco prácticos.
Retrocedí un paso, manteniendo la mesa de acero como barrera entre nosotros.
—¿Dónde está Adrián? —Tragué saliva, obligando a mi garganta irritada por el humo a no flaquear.
Varel dio un sorbo reposado a su vaso sin que su semblante mostrara la menor alteración.
—El agente Silva ha demostrado una tenacidad encomiable en el pasillo.
Por desgracia para él, la fidelidad ciega a una placa policial nunca compensa la inferioridad numérica en un espacio cerrado.
Su estado actual carece por completo de relevancia para la conversación que debemos mantener usted y yo en este instante.
Apreté el mango del bisturí oculto tras el asa de caoba, sintiendo el metal frío en la palma de mi mano.
Dos hombres armados, la salida inutilizada y la incertidumbre desgarradora sobre la vida de Adrián.
Respiré despacio por la nariz, buscando la concentración absoluta que aplicaba en el taller al retirar un repinte sobre una tabla frágil.
—Usted ordenó el asesinato de mi padre —dije, sosteniéndole la mirada fija sin parpadear—.
Utilizó su prestigio académico y su firma para lavar cientos de millones de euros a través de la venta de cuadros atribuidos a maestros sevillanos.
Y cuando él descubrió la procedencia del dinero y amenazó con acudir a la fiscalía especial, usted hizo que simularan un accidente de tráfico en la carretera de Toledo.
Varel ladeó la cabeza con una mueca de condescendencia paciente, evaluando mis palabras con desdén.
—Su padre era un artesano extraordinario, Valeria.
Comprendía el comportamiento de los aglutinantes de aceite de linaza y los barnices de copal mejor que ningún especialista de su generación.
Pero cometió el grave error de confundir el comercio internacional del arte con una causa moral.
Cuando las inspecciones aduaneras en Amberes y Róterdam comenzaron a cerrarse, Julián perdió la serenidad y creyó ingenuamente que los burócratas de Madrid le ofrecerían un salvoconducto.
Yo no permito que una debilidad ética destruya una estructura comercial que ha costado dos décadas levantar.
—Esas obras no forman ninguna estructura comercial —repliqué, señalando con la barbilla los lienzos caídos en el suelo—.
Son fraudes modernos disimulados con solventes y pigmentos sintéticos de principios del siglo veinte.
El informe espectrográfico completo ya está en los servidores centrales de Interpol y de la policía española.
Esos cuadros no volverán a subastarse en Londres ni en Ginebra.
Varel no parpadeó. Avanzó dos pasos medidos hacia la mesa y depositó el vaso de cristal sobre la repisa de una estantería metálica.
—Un informe digital no es más que una cadena de impulsos magnéticos en un servidor remoto. Y cualquier expediente acusatorio queda neutralizado si la documentación pericial física acredita exactamente lo contrario.
Hizo un gesto seco con dos dedos en dirección al pasillo en ruinas.
La puerta volvió a chirriar sobre sus goznes y por la brecha apareció Duarte Santos, el inspector jefe de aduanas portugués.
Llevaba la guerrera del uniforme desabrochada por el cuello, la corbata torcida y una película pastosa de sudor cubriéndole la frente y las sienes.
Sostenía contra el pecho una carpeta de piel azul marino con el escudo dorado de la Autoridad Tributaria y Aduanera de Portugal.
—Buenas noches, señorita Soto. —Santos esquivó mi mirada mientras tropezaba con los pedazos de hormigón.
—El inspector Santos ha traído el acta de peritaje oficial —explicó Varel con una tranquilidad glacial—.
Un pliego timbrado, registrado en los libros de aduanas de Lisboa y con valor jurídico preferente ante cualquier tribunal de la Unión Europea.
En este documento usted redactará de su puño y letra una rectificación pericial completa, declarando que las veinticuatro obras son piezas originales pertenecientes a los talleres de Murillo y Zurbarán.
Santos colocó la carpeta abierta sobre la mesa de acero. Sobre el papel verjurado descansaba una pluma estilográfica de émbolo negro con adornos dorados.
—No voy a firmar ninguna mentira —dije con voz firme—. Ningún tribunal del mundo aceptará un folio manuscrito que contradiga un análisis de microquímica forense y espectrometría de masas.
Varel levantó la pistola con un movimiento continuo y apoyó la boca del silenciador en el centro de mi pecho. El contacto del metal frío me traspasó la tela de la camisa como una quemadura de hielo seco.
—Usted no está en condiciones de discutir procedimientos jurídicos, Valeria —siseó Varel, aproximando su rostro hasta que el aroma a sándalo rancio de su colonia me golpeó mezclado con el azufre del explosivo—.
Si redacta ese dictamen favorable y estampa su firma, saldrá de este palacio escoltada por el inspector Santos, con un pasaporte a otro nombre y dos millones de euros en una cuenta bancaria a su entera disposición.
Podrá abrir un taller de restauración en cualquier ciudad de América y olvidarse de este asunto para siempre.
—¿Y si me niego?