Mi Jaula de Sombras Capítulo 12 Táctica de Sombras #2
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Capítulo 12 Táctica de Sombras #2

Acorté la distancia con una zancada profunda.

Con el antebrazo izquierdo bloqueé su muñeca armada contra la pared de piedra, anulando el ángulo de tiro, y le descargué la culata de mi nueve milímetros en el puente de la nariz.

El hueso se fracturó con un chasquido húmedo.

La sangre brotó de inmediato, cubriéndole los labios y la barbilla.

El hombre soltó un gemido gutural e intentó clavar la mano libre en mi garganta, pero le barrí el pie de apoyo con el talón de mi bota.

Cayó de espaldas contra las losas; antes de que pudiera apoyar los codos para incorporarse, le planté la rodilla en el esternón y le hundí el lomo de acero de la corredera en la sien.

El operador quedó inmóvil sobre el suelo, con la respiración rota en un jadeo inconsciente.

El pasillo recuperó una calma tensa, enturbiada por el olor a pólvora quemada y la nube de cal pulverizada que flotaba entre los reflejos verdosos del piloto de emergencia.

No había tiempo que perder. Agarré al primer mercenario por el cuello del chaleco y lo arrastré hacia el cuarto de mantenimiento.

Regresé por el segundo, tirando de sus correajes, y lo metí en el mismo habitáculo entre tuberías de desagüe y bidones de detergente industrial.

Cerré la puerta metálica de la estancia y pasé el cerrojo manual de servicio para que los cuerpos no quedaran visibles desde la escalera.

Me arrodillé junto a ellos y revisé el equipo requisado en menos de veinte segundos: dos pistolas compactas de nueve milímetros con sus cargadores llenos, cuatro peines adicionales para el subfusil, una linterna angular de baja intensidad y el transmisor de radio con auricular de botón y micrófono de laringe.

Me coloqué el auricular y ajusté la clavija en el receptor.

A través de la estática del canal cifrado, una voz áspera que hablaba en ruso con acento del Báltico transmitía órdenes sin titubeos:

—Puesto de control, aquí Grupo B. Hemos descendido por el pozo del montacargas hasta el nivel menos dos.

Estamos en la antecámara técnica. Grupo C mantiene el cerco en los accesos del jardín y Santos tiene a la policía local retenida en el perímetro exterior.

Procedan con la carga lineal sobre la bóveda.

Liquidación confirmada de cualquier testigo.

Apreté los dientes mientras escuchaba la frecuencia.

No eran meros matones contratados para asustar o robar; formaban una unidad de asalto entrenada para operaciones de limpieza sin dejar supervivientes.

Duarte Santos les había entregado los planos estructurales del edificio y las llaves maestras de las galerías técnicas.

Me acerqué a la puerta blindada y pulsé el botón del intercomunicador de la esclusa.

—Valeria.

La estática del altavoz siseó antes de dar paso a su voz, tensa pero lúcida:

—Adrián. He oído la ráfaga contra el techo. ¿Estás herido?

—Estoy entero —respondí, pegando la boca a la rejilla—. He neutralizado a los dos primeros exploradores. El grupo principal está bajando por el hueco del montacargas al final del pasillo. Vienen con explosivos plásticos y autorización para barrer el nivel. ¿En qué punto está la transmisión?

—El paquete con el dictamen de las veinticuatro piezas y los registros espectrográficos está cargado al noventa y dos por ciento —informó ella, con el sonido de fondo de sus dedos tecleando con ritmo constante—.

Las firmas del acta del Prado y la verificación criptográfica ya han entrado en la base de datos de la Fiscalía de la Audiencia Nacional.

En dos minutos el informe será inalterable en la red europea.

—En cuanto llegue al cien por cien, desconecta la unidad de almacenamiento, mete las micromuestras de pigmento en la caja de tu padre y échate al suelo junto al muro este, detrás de la bancada de acero —le ordené—.

Van a volar los anclajes de la puerta con carga lineal.

Si estás en la línea directa de la esclusa, la sobrepresión te reventará los tímpanos.

—Adrián, entra en la cámara antes de que lleguen —suplicó ella por el interfono—. Esta puerta resistirá si cerramos los cerrojos interiores.

—Si me encierro contigo nos atrapan como a ratas en un saco —repliqué con voz serena—.

Colocarán cargas de corte en el marco y nos ahogarán con gas o metralla.

Mi trabajo es contenerlos en este pasillo para que el informe entre limpio y no puedan sacarte de aquí.

Haz lo que te digo, Valeria. Confía en mí.

Un silencio de dos segundos cruzó la línea antes de que ella respondiera:

—Confío en ti. Ten cuidado.

Solté el pulsador del intercomunicador.

Me desplacé de nuevo hacia el centro del corredor, evaluando el terreno para el combate que se avecinaba. Disponía de mi arma reglamentaria con dos cargadores de repuesto, el subfusil incautado con cuatro cargadores de treinta proyectiles cada uno y dos pistolas secundarias.

El pasillo era un tubo de hormigón y mármol de tres metros de ancho, sin salidas intermedias excepto el cuarto de calderas a mi espalda.

Si el grupo de asalto avanzaba en bloque con escudos balísticos o potencia de fuego combinada, la única forma de frenarlos era romper su ritmo de avance en el primer cuello de botella: el quiebro en ángulo recto donde el pasillo del montacargas desembocaba en la galería principal.

Me acerqué a la esquina del recodo. A ras de suelo, una tubería de fundición de agua caliente corría paralela al zócalo.

Con la navaja táctica rasgué la cinta aislante de uno de los empalmes de purga y aflojé la válvula con un golpe de la palanqueta.

Un chorro fino de agua hirviendo a presión empezó a salir con un siseo constante, inundando las losas con una lámina resbaladiza y levantando un vapor denso que enturbiaba la visibilidad a la altura de las rodillas.

Cualquiera que doblara esa esquina a la carrera perdería tracción en las botas sobre el mármol mojado y el vapor distorsionaría las miras láser de sus armas.

Regresé a la cobertura de la tercera columna.

Apoyé dos cargadores del subfusil sobre el saliente de la cornisa de piedra, al alcance inmediato para facilitar la recarga en movimiento.

Expulsé el cargador del subfusil, comprobé con la yema del pulgar la colocación del primer cartucho y lo volví a encajar en el brocal con un empujón firme de la palma.

El chasquido metálico del retén sonó limpio en la penumbra.

El auricular de radio volvió a crepitar.

—Grupo B en posición frente al portón de acceso del montacargas. Desplegando en tres, dos, uno...

Un golpe metálico y seco retumbó al final de la galería. Las puertas de chapa del montacargas se abrieron con un chirrido de guías desalineadas.

Por el vano salieron tres hombres con cascos integrales y linternas tácticas encendidas bajo los cañones de sus subfusiles. Los haces de luz blanca cruzaron la penumbra como cuchillas, rebotando en el vapor que subía del suelo y proyectando sombras alargadas contra las columnas de mármol.

Avanzaban con disciplina militar: el hombre en punta cubría el sector bajo con el cañón orientado hacia el suelo; los dos laterales escaneaban las alturas y las esquinas con pasos cortos y sincronizados.

Esperé a que el primer operador pisara la zona encharcada junto a la tubería abierta.

En cuanto su bota delantera resbaló en la película de agua caliente y su torso se desequilibró unos centímetros, salí de la protección de la columna.

Alineé el alza del subfusil con el centro de masa del segundo hombre, que avanzaba a su derecha con el flanco descubierto.

Apreté el disparador dos veces. Dos detonaciones secas perforaron el aire.

Los impactos alcanzaron la placa pectoral con la fuerza de un mazo; el hombre retrocedió dos pasos tambaleándose, perdió el equilibrio sobre el mármol mojado y cayó de espaldas contra la jamba metálica del montacargas.

El operador de la izquierda reaccionó abriendo fuego automático en abanico.