Mi Jaula de Sombras Capítulo 12 Táctica de Sombras #3
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Capítulo 12 Táctica de Sombras #3

Una ráfaga de nueve milímetros arrancó esquirlas de la columna donde me cubría.

Los trozos de mármol me golpearon en la mejilla y en la solapa de la chaqueta como metralla menuda, pero mantuve la espalda pegada a la piedra sin asomar el cuerpo.

El ruido en el pasillo cerrado era atronador: un trueno continuo que hacía vibrar el suelo y llenaba el ambiente de un humo grisáceo con sabor a azufre.

Esperé el final de su ráfaga. Treinta disparos en fuego automático tardan menos de tres segundos en vaciar un cargador estándar.

En el instante exacto en que el chasquido del cierre del enemigo confirmó que el cerrojo quedaba retenido atrás sin munición, me asomé por el flanco bajo de la columna.

El tirador intentaba expulsar el peine vacío con la mano izquierda.

Le disparé tres proyectiles en secuencia rápida: dos al muslo izquierdo, por debajo del borde del chaleco, y el tercero a la base del cuello.

El hombre soltó el arma con un grito ahogado y se desplomó de costado sobre el suelo encharcado, agitando las piernas en un espasmo antes de quedar inmóvil.

El tercer mercenario, el que había resbalado al principio, rodó sobre sí mismo para buscar cobertura tras el quiebro del muro. Desde su posición a cubierto, sacó una granada de aturdimiento del correaje y tiró de la anilla con el pulgar.

Vi el brillo del pasador metálico caer sobre el agua.

Me arrojé hacia el interior del cuarto de mantenimiento, cerré la puerta de chapa a medias y me pegué contra el muro de carga con las manos sobre las orejas y la boca abierta para equilibrar la presión craneal.

La detonación de la granada sacudió el pasillo con un destello cegador que se filtró por las rendijas de la puerta, seguido por una onda de choque que reventó los cristales de las luminarias de emergencia y desprendió una cortina de cal y cascotes del techo.

El zumbido en mis oídos se convirtió en un pitido agudo y persistente, pero el impacto no me alcanzó directamente.

Salí del cuarto de mantenimiento antes de que el humo de la explosión se disipara.

El mercenario avanzaba por el pasillo con la pistola desenfundada, confiando en encontrarme aturdido en el suelo. Nos cruzamos a menos de dos metros de distancia a través de la humareda.

Levantó el arma, pero le gané la fracción de segundo decisiva.

Le desvié el brazo hacia arriba con un manotazo seco de la mano izquierda y le descargué dos disparos a quemarropa en el abdomen.

Los proyectiles perforaron la zona blanda bajo el chaleco.

El hombre dobló el torso hacia adelante, boqueando por la hemorragia interna; le apoyé la boca de fuego en la nuca y apreté el disparador una vez más.

Su cuerpo cayó pesado sobre las losas, salpicando el agua caliente acumulada en el suelo.

El pasillo quedó sumido en un silencio denso, roto únicamente por el siseo constante del vapor de la tubería rota y el goteo rítmico del agua que caía desde el techo dañado.

Me apoyé contra la pared para recobrar el aliento.

Un calor punzante en el hombro me avisó de que una esquirla de mármol o un rebote me había rasgado la tela de la camisa, abriendo un corte superficial en el músculo.

Me pasé la mano por la herida: sangre tibia, sin daño arterial ni pérdida de movilidad en el brazo.

El vendaje de compresión aguantaría hasta salir de allí.

A través del auricular de radio, la voz en ruso regresó con un tono de apremio descontrolado:

—¡Grupo B, respondan! ¡Informe de situación en el nivel menos dos! Santos dice que la policía judicial española ha emitido una alerta roja de captura y que los fiscales portugueses están bloqueando las aduanas del puerto. ¡Varel baja personalmente con el resto de la escolta! ¡Abran esa bóveda ya!

Varel no se retiraba. El ruso sabía que la validación del informe pericial de Valeria destruía su tapadera financiera y que su única salida consistía en ejecutar a los testigos y recuperar las obras para sacarlas esa misma noche por vía marítima hacia el norte de África.

Caminé hacia la entrada de la cámara acorazada, esquivando los cascotes y los casquillos que alfombraban el suelo.

Pulsé el interfono con el pulgar ensangrentado.

—Valeria.

La respuesta tardó un segundo en llegar, pero su voz sonó con una firmeza que me devolvió la calma:

—El informe está transmitido al cien por cien, Adrián. Las firmas digitales están validadas y el servidor de la Audiencia Nacional ha bloqueado la custodia de los veinticuatro lienzos. El peritaje es oficial.

—Bien hecho —dije, sintiendo cómo la tensión acumulada en las sienes cedía un milímetro—. Ahora apaga el terminal, guarda los tubos de ensayo en el maletín y pégate al fondo de la sala. Varel viene hacia aquí con el equipo pesado. Van a demoler el marco exterior.

—Adrián...

—No hables. Cúbrete la cabeza con los brazos y no te muevas hasta que yo entre a buscarte.

Solté el botón.

Cargué el subfusil con un peine nuevo, verifiqué que la recámara de la pistola estuviera lista y me agazapé tras el mostrador de mármol de la antecámara, con ángulo de tiro directo sobre el descansillo de la escalera principal.

En el extremo del pasillo, el sonido sordo de pisadas pesadas y el crujido metálico de herramientas de brecha anunciaron la llegada del escalón final. Apoyé los antebrazos en el borde frío de la piedra, fijé la vista en el umbral en penumbra y esperé el primer movimiento en las sombras.