Mi Jaula de Sombras Capítulo 11 Las Bóvedas #2
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Capítulo 11 Las Bóvedas #2

Adrián avanzó hacia el mostrador exterior, extrajo la placa de servicio y el documento con los membretes oficiales de la Audiencia Nacional, y los plantó sobre el cristal.

—Comisión pericial forense internacional, auto judicial trescientos doce —dijo en portugués, con un tono frío que no dejaba margen a dudas—. Inspección urgente de los lotes bajo depósito cautelar previo a la subasta. Compruebe la clave diez-cuarenta en su terminal.

El funcionario frunció el ceño, observó la acreditación plastificada y pasó el código de barras por el lector óptico.

La pantalla emitió un pitido grave y mostró el visto bueno del registro de cooperación jurídica.

El hombre dudó; recorrió con la mirada mi maletín de aluminio y la seriedad de Adrián, cuyos hombros anchos imponían una distancia insalvable.

—El inspector Santos no me ha notificado ninguna inspección para esta tarde —masculló el guardia con recelo.

—El inspector Santos conoce la resolución dictada por el juzgado de Lisboa esta misma mañana —respondió Adrián con aplomo—.

Si prefiere retener a dos peritos comisionados por el tribunal y asumir la responsabilidad disciplinaria por demorar una diligencia vinculada a un embargo preventivo, le doy mi número de placa para que lo haga constar.

El funcionario tragó saliva, bajó la vista hacia el sello oficial y pulsó el conmutador del panel. Liberó el torniquete y nos indicó el paso:

—Sótano dos, galería izquierda.

Descendimos por dos tramos de escaleras de hormigón crudo.

El aire se volvió frío y cargado de una humedad mineral con olor a cal apagada y a la grasa espesa de los extractores.

En los muros desnudos, canalizaciones de cobre y cables de alta tensión corrían sujetos por abrazaderas hacia el fondo del búnker.

Al final de la galería encontramos la antecámara del depósito judicial. Frente a nosotros se alzaba una puerta acorazada de acero pulido de treinta centímetros de espesor, equipada con teclado alfanumérico y una rueda de bloqueo de cuatro radios.

Adrián sacó el papel térmico con la clave temporal facilitada por Ramos. Tecleó los nueve dígitos. El panel emitió tres señales acústicas y los cerrojos neumáticos retrocedieron con un chasquido sordo. Adrián aferró el timón de acero, lo giró media vuelta a la izquierda y tiró de la hoja blindada.

—Adentro —susurró.

Crucé el umbral y encendí el interruptor general. Dos hileras de tubos fluorescentes parpadearon antes de bañar la nave con una luz blanca y aséptica.

La bóveda era un recinto amplio de hormigón armado, con suelo de resina epoxi gris. En el centro, colocados sobre caballetes y bastidores forrados de fieltro, reposaban los veinticuatro lienzos intervenidos a la red de Varel.

El ambiente encerraba un olor familiar para mi nariz de restauradora: el aroma penetrante del barniz de dammar fresco y la acidez de la trementina, envueltos en el rastro químico de los disolventes industriales.

No era el olor reposado de una colección del siglo XVII; era el rastro indiscutible de un taller clandestino trabajando a contrarreloj para secar óleos recientes.

Adrián ajustó la puerta acorazada hasta dejar solo una rendija de dos dedos para controlar el corredor. Se colocó junto a la jamba, con la diestra apoyada bajo la solapa de la chaqueta y la vista fija en el pasillo.

—Tienes la sala despejada, Valeria. Empieza.

Coloqué el maletín sobre una mesa metálica de peritaje, abrí los cierres y extraje el microscopio óptico y el ordenador blindado.

Me ajusté los guantes de nitrilo azul con un chasquido sobre las muñecas y me acerqué al primer lote: una Inmaculada Concepción atribuida falsamente a Francisco de Zurbarán.

Acerqué el cabezal con luz rasante a dos milímetros del manto azul de la figura.

—Primer análisis, lote Zurbarán —dije en voz baja, ajustando el enfoque mientras la pantalla mostraba la trama textil a doscientos aumentos—. La red de craquelado es un montaje forzado.

—Registra los datos —indicó Adrián sin apartar la mirada del corredor—. Que quede todo en el acta.

—Las grietas no responden a la tensión natural de trescientos años de envejecimiento —expliqué, tomando una micropipeta de vidrio con media gota de xileno—.

Forzaron la película pictórica en una prensa térmica y la enfriaron con nitrógeno.

Las microfracturas son paralelas, de aristas vivas, sin la deformación cóncava habitual en el barroco sevillano.

Apliqué la gota de disolvente en el borde inferior del lienzo, junto al doblez del bastidor. La pintura se ablandó en cuatro segundos, dejando una marca azul cobalto en la torunda de algodón.

—El aglutinante no está polimerizado —dicté mientras mis dedos registraban los valores en el formulario judicial—. Es resina sintética alquídica con secativo de cobalto. El cuadro se pintó hace menos de seis meses.

Pasé al segundo lienzo principal, una Santa Inés supuestamente fechada en 1640, montada en un bastidor de madera de castaño con sellos aduaneros de lacre en el reverso.

Apagué las luces de la bóveda. La sala quedó a oscuras, alumbrada solo por el brillo del terminal. Conecté la lámpara ultravioleta a doscientos cincuenta y cuatro nanómetros y proyecté el haz sobre la policromía de las carnaciones y el reverso del soporte.

Bajo la radiación violácea, el blanco del cuello y las manos de la figura despidió una fluorescencia verde azulada y uniforme.

—Aquí está la prueba pericial concluyente —dije, sintiendo la aceleración del pulso en las yemas de los dedos mientras tomaba tres microfotografías con el sensor calibrado—. El pigmento blanco no es albayalde de plomo.

Adrián se asomó desde el vano de la puerta:

—¿Qué componentes tiene?

—Dióxido de titanio anatasa y sulfato de bario precipitado.

Una mezcla industrial inexistente antes de 1923.

La autoría barroca es falsa. Y las etiquetas aduaneras del reverso contienen blanqueadores ópticos fluorescentes que reaccionan con fuerza bajo luz ultravioleta; simularon la pátina sumergiendo el papel en taninos de café y sales de hierro.

—Adjunta las imágenes y abre la pasarela de envío —ordenó Adrián con voz firme—. Nos queda poco tiempo.

Encendí los fluorescentes, volví a la mesa e inserté la tarjeta criptográfica en la ranura lateral del ordenador.

En la pantalla cargó el formulario de peritaje de la Fiscalía Europea y la Audiencia Nacional.

Verifiqué los hashes SHA-256 de las muestras, asocié los espectros ópticos y activé la firma electrónica.

La barra de transferencia comenzó a avanzar: diez por ciento... veinticinco por ciento... cuarenta por ciento...

El módem cifrado zumbaba mientras transmitía los paquetes de datos al servidor judicial de Madrid.

Adrián dio un paso atrás hacia el interior de la cámara y cerró la puerta de acero hasta dejar una hendidura de medio centímetro.

Su mano desabrochó la funda y empuñó la pistola, manteniéndola pegada al muslo con el cañón hacia abajo.

Contuve la respiración mientras la carga llegaba al cincuenta y ocho por ciento.

—¿Qué ocurre?

—Pasos en el descansillo de la escalera —la voz de Adrián llegó en un susurro de calma gélida—. Suelas tácticas sobre el hormigón. No es el guardia de la garita; bajan con paso ligero y cubren las esquinas.

Me acerqué a su lado y miré por la rendija.

Al fondo del pasillo, dos hombres corpulentos con chaquetas oscuras de faena y chalecos balísticos avanzaban pegados a las canalizaciones de la galería.

Llevaban pistolas automáticas desenfundadas con silenciador acoplado.

Uno de ellos sostenía una cizalla industrial y una llave con el emblema aduanero de Setúbal.

Eran los hombres de Duarte Santos. Venían a cortar los precintos y a sacar las obras antes de que la orden judicial quedase registrada.

—La subida va por el setenta y dos por ciento —dije, con los ojos fijos en la pantalla sobre la mesa metálica.

—Termina de enviar el expediente y no te muevas —indicó Adrián en un susurro pausado, apoyando la mano en el timón exterior—.

En cuanto el documento entre en la red, giras la rueda interior y bloqueas los cerrojos hidráulicos por dentro.

Si intentan forzar esta cámara necesitarán un equipo de oxicorte y tardarán media hora en perforarla.

—Adrián, no puedes quedarte fuera solo contra dos hombres armados en un pasillo sin cobertura.

—Mi trabajo es asegurar que ese dictamen llegue a la Fiscalía y sacarte viva de aquí —respondió, mirándome con una determinación despojada de dudas—. El tuyo es firmar la acusación contra Varel. Bloquea la puerta en cuanto el sistema confirme la entrega.

Ochenta y cuatro por ciento... noventa y dos por ciento...

Apoyé la mano en el teclado mientras el sistema procesaba el último bloque criptográfico.

—Noventa y seis por ciento.

—Prepárate para cerrar.

El cuerpo de Adrián se dispuso con la precisión de un resorte, listo para ganar el pasillo en el instante en que sonase el primer impacto.